martes, 14 de diciembre de 2010

“El mismo destino que los 30 mil”

Por Alejandra Dandan

Alejandro Parejo bajó de un avión primero postergado y después retrasado de Brasil y atravesó la ciudad para lograr sentarse a tiempo a declarar por primera vez sobre el secuestro y la desaparición de su mujer, Silvia de Raffaelli. Ella estuvo detenida en El Vesubio, pero él recién lo supo el año pasado, después de haber reanudado la búsqueda de la mano del Equipo Argentino de Antropología Forense. Bien, dijo Alejandro cuando le preguntaron cuál creía que era el destino de su mujer: “El destino de mi esposa no creo que sea distinto que el de unas 30 mil personas, creo que ese es el número que se maneja como desaparecidos: por eso estamos aquí, para intentar averiguarlo”.

Para 1976, Alejandro tenía unos 27 años, se había casado con Silvia, tenían dos hijos, eran maestros, habían empezado veterinaria y agronomía, pasaron a sociología, militaban en Montoneros –él en la después devastada Columna Oeste– y vivían en una casa de Villa Tesei. El 28 de diciembre a la hora de la siesta, Alejandro volvía a su casa en bicicleta y presenció el secuestro de Silvia. “Yo llegaba a casa y me pasaron dos autos: vi a una Chevy roja y creo que el otro era un Falcon oscuro, adentro había cuatro personas, y en la Chevy iban cinco: en el asiento de atrás, iba una mujer entre dos hombres que señala la casa”, contó. A él lo persiguieron. Pudo huir a la casa de sus suegros.

Después de algún tiempo, Alejandro pudo irse como refugiado del Acnur a Brasil y luego a Francia. Trabajó de camionero, de asistente en un geriátrico y terminó armado como vendedor de pieles de caballos, de conejo y de vacas con otro exiliado, un francés de las Ligas Agrarias.

El verano pasado, Alejandro se encontró a Ana María di Salvo, sobreviviente de El Vesubio. Recién entonces supo que su mujer había estado en el centro clandestino. Supo, por ejemplo, que para la Pascua del ’77 llevaron a El Vesubio un dorado a la parrilla para celebrarla.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

“Nunca más supe de mi compañera”

Por Alejandra Dandan

En el juicio por los crímenes cometidos en el centro clandestino El Vesubio, Juan Enrique Velázquez Rosano iba a declarar desde España, con su hija más grande. Pero ella nunca pudo llegar al Consulado, desde donde se hacía la conexión con Buenos Aires, porque en alguna de las fronteras internas del país tuvo problemas con sus papeles de residencia. Velázquez se sentó entonces solo a contar sobre su secuestro y el de su mujer, durante la dictadura.

A Juan Enrique Velázquez lo secuestraron el 18 de febrero de 1977 de la casa que se habían logrado comprar en Florencio Varela. En la audiencia realizada anteayer, una de las querellas le preguntó si, durante el operativo, los hombres de civil habían maltratado a sus hijos. “¿Golpeado? –dijo–. ¡No! Sólo jugaban con el de dos meses: se lo tiraban de un lado a otro.”

A él se lo llevaron unos días a un lugar que todavía llama El Infierno, y luego pasó a El Vesubio, donde pudo despedirse de Elba Lucía Gándara, su mujer, con una charla de diez minutos en el baño. El se iba y a ella, probablemente, iban a matarla, porque estaba “muy comprometida”. “Estuve dos meses hasta que me largaron –dijo–. A mis hijos no los pude ver por seis meses.” Juan Enrique es uruguayo, también lo era Lucía. “A mi compañera se la llevaron y hasta el día de hoy nunca más supe nada: me gustaría saber si se sabe algo de mi compañera –dijo al final–, me gustaría saber si está viva o está muerta.”

Tras su liberación, una vez fue a la casa de Florencio Varela, sólo para observar el estado de ruinas, el robo del televisor y de la radio, pero se fue, por el miedo. Hace años volvió con un abogado para ver qué había pasado. El nuevo dueño, un sodero, se sorprendió cuando le contó quién era, le dijo que pensó que estaba muerto y que compró la casa a la misma inmobiliaria de Florencio Varela que se la había vendido a él. La fiscalía de Félix Crous le pidió al Tribunal Oral Federal Nº 4 abrir una causa paralela: “Las derivaciones de los casos de lesa humanidad –dijo– también pueden ser delitos imprescriptibles”.

martes, 7 de diciembre de 2010

Testimonio de Noemí Fernández

“Una cosa tan brutal me rompió la vida”

Por Alejandra Dandan

Cuando la fiscalía le preguntó cuáles eran las secuelas que le había dejado el secuestro, Noemí Fernández Alvarez explicó que el cautiverio le rompió la vida: “Yo tenía veinte años, estaba estudiando y una cosa tan brutal me rompió la vida: me costó mucho superarlo. La primera vez que salí quedé muy mal psíquicamente, y físicamente tenía un estado lamentable. Durante las primeras semanas no me atrevía a salir a la calle. Mi deseo era ponerme en posición fetal, de donde deduzco que tenía una depresión brutal”.

Pasaron unos meses y volvieron a secuestrarla por unos días. Y luego, el mismo hombre que la primera vez la había liberado le dijo: o te vas del país o te matamos. Noemí se fue a vivir a España desde donde ayer declaró en la causa por los crímenes de El Vesubio: “Me tuve que venir con lo puesto y empezar de menos diez, porque el exilio no es empezar de cero: es menos que eso, uno llega a un país donde no conoce nada, viene muy mal. Y en Madrid, de hecho, estuve enferma: tuve que recibir tratamiento médico y psicológico y creo que ahora estoy increíblemente bien para lo que viví”.

Desde el consulado argentino en Madrid, esa mujer que ahora es abogada volvió a hablar de su secuestro y el de su compañero Horacio Ramiro Vivas, como lo había hecho ante la Conadep. Cuando los integrantes del Tribunal Oral Federal 4 le preguntaron si había tenido actividad política, social o cultural antes del secuestro, Noemí confirmó que no. Que finalmente la largaron porque consideraron que había caído de “garrón”.

A las 21 del 2 de junio de 1976, ella llegaba con su pareja a la casa de la calle Echeverría, en Belgrano. Irrumpieron unos hombres sin uniformes, armados, y luego de destrozar buena parte de la casa, golpearon a Horacio mientras le hacían preguntas. Al cabo de una hora se lo llevaron, ella se quedó con los tres hijos: “No me preguntaron nada, me quedé unas dos horas tratando de calmar a los niños y viendo con quién los podía dejar”. Cuando consiguió calmarlos y salió, en el zaguán se encontró a una patota. Le taparon los ojos y la subieron a un coche. Calculó que eran más de cinco personas las que se movían con ella, con otros dos autos. Ese fue el comienzo del primero de los dos cautiverios. “La marcha se hizo muy rápida, al cabo de una hora el coche se paró ante lo que supongo una verja o tranquera, y se oyó que se abría el portón.”

El Vesubio estaba a metros del cruce del Camino de Cintura y la Autopista Riccheri. Apenas llegó, la desnudaron y la sumergieron en agua helada. “Me metían la cabeza y me preguntaban el nombre de guerra. Yo resistí todo lo que pude. No sé cuánto tiempo habrá pasado cuando me ahogué y no tuve más conciencia, hasta que me doy cuenta de que estoy cerca de una chimenea, porque oía trepidar el fuego, estaba atada y me estaban reanimando.” Unas voces decían que se les estaba yendo o se les había ido. Y ella todavía siente que no sabe si estaba viva o muerta. Pasó de un sábado a un miércoles en esa inconsciencia, hasta que despertó. “Estaba aterrada, con los ojos vendados, desesperada: hablaba y preguntaba dónde estoy, qué pasa. Me dieron una paliza brutal porque ahí no se podía hablar: aprendí rápidamente que no se podía.”

En el espacio donde estaba había unas diez o veinte personas. Los ojos vendados, las colchonetas inmundas. “Había guardias, cinco o seis personas organizadas en turnos de 24 por 48 horas.” Se ocupaban de mantener vivos a los secuestrados, y de ponerlos a disposición de los torturadores, que entraban y salían del centro clandestino, llegaban en autos, despertando a los perros. “Se oía ladrar perros, recuerdo esos detalles porque estaba aterrada, creía que venían a torturarme a mí, como efectivamente me tocó en más de una ocasión.”

Noemí Fernández Alvarez mencionó la picana eléctrica, pero antes de seguir le preguntó al Tribunal si quería detalles sobre la tortura. En línea con lo que están intentando hacer algunas querellas, para las que la tortura ya está probada, el presidente del tribunal, Leopoldo Bruglia, la alentó a hacer lo que quisiera. “Tenían como un elástico –contó ella–, nos ataban los manos y pies a cada extremo, estaba totalmente desnuda, nos aplicaban picana al tiempo que nos interrogaban con golpes intercalados, amenazas, gritos, en fin, una situación espantosa. Fueron al menos dos ocasiones y luego nos dejaban tirados y maltrechos, y otra vez nos llevaban a aquella habitación donde nos tenían depositados. Pasábamos frío y hambre.”

En ese mismo lugar estaba Haroldo Conti: “Estaba muy herido, anímica y físicamente muy mal. Recuerdo el día que se lo llevaron”. Ese día, un guardia anunció el traslado de ocho personas a Neuquén: entre ellos estaban Conti y también Noemí. Pero, al día siguiente, sólo siete de los ocho se fueron: todos excepto ella. “Cuando yo desesperada pregunté por qué no me llevaban, una de las guardias menos inhumanas me dijo que me tranquilizara, que los que se habían llevado iban a ser boleta.” Noemí está segura de que Conti estaba en ese grupo. Dijo que fue el 20 de junio, se acordaba de la fecha porque era el tercer domingo de junio, Día del Padre: “Y yo sabía que Conti tenía un niño muy pequeño y pensaba en la ironía del destino, que justamente se lo llevan el 20 de junio”.

También está convencida de que, en el mismo lugar, estuvo con ella Raymundo Gleyser. Los guardias hablaban del cineasta. En el sótano había otras tres mujeres a las que llamó “las veteranas”, porque parecían llevar meses ahí: Analía Magliaro, Alicia Carriquiriborde, Alicia Delatorre.

Entre los acusados de El Vesubio, hay cinco hombres del Servicio Penitenciario, eran los guardias y están detenidos, y tres militares, que están fuera de prisión. Noemí habló de dos de ellos para dar cuenta de lo que llamó como su “rocambolesca” liberación: “Una de las guardias me dice que el Coronel me quería dar la libertad, pero el Alemán no. Me sacaron para entrevistarme, una vez con el Alemán y otra con el Coronel, que al parecer era el que más mandaba. Al final me interrogaron los dos y al tiempo me sacaron en un coche. Yo estaba aterrada, pero me decían: ‘tranquila’. Me dejaron en la calle, dijeron que me soltaron por orden del Coronel”. El Coronel es, aparentemente, el capitán Asiglia, alias el Francés, ese hombre perfumado del que hablan una y otra vez las víctimas. La bestial imagen del Alemán corresponde al penitenciario Alberto Neuendorf, alias Neuman o Hitler, que fue jefe del centro clandestino y está muerto.

En noviembre del ’76 volvieron a secuestrarla durante una semana. Y el 18 de ese mes viajó a España.

Continúan los testimonios

“Eran unos cinco, con botas”

María del Carmen Vidal, madre de Jorge Watts, sobreviviente del Vesubio, fue la primera testigo. Con sus 82 años y una increíble vitalidad, contó que una patota tocó a su puerta la madrugada siguiente del secuestro de su hijo Jorge. Ella preguntó quién era, a lo que recibió como respuesta la amenaza de tirarla abajo. “Eran unos cinco, con botas”, describió y le preguntaron donde estaba su hijo, pero Jorge ya había sido secuestrado ese mismo día por la tarde. También contó sobre las averiguaciones que llevó adelante hasta que su hijo apareció detenido en la Unidad 9. “Yo no quisiera acordarme más de esto, pero no queda más remedio” reflexionó María del Carmen.

A continuación fue el turno de Sergio Ortiz, secretario político del Partido de la Liberación (ex Partido Comunista Marxista Leninista, antes Vanguardia Comunista). Ortiz repasó la historia del partido y de sus militantes, y detalló que son 19 los “compañeros de Vanguardia Comunista desparecidos”. Y fueron 12 o 13 los estudiantes de la Facultad de Ingeniería que pertenecían a Vanguardia Comunista y fueron víctimas de la represión ilegal. Por aquella época Luis Cristina era el secretario general de la organización.

También aclaró que el 24 de marzo de 1976 se dictó un decreto-ley que disolvía al Partido Comunista Marxista Leninista (ex Vanguardia Comunista).

30 de noviembre de 2010
Madre e hija
Susana Laxague fue detenida junto a su hija, Marina Kriscautzky, y su pareja, Rubén Kriscautzky. Susana y Marina declararon en la audiencia. Rubén se encuentra desaparecido.

La noche del 14 de agosto de 1978 había pasado por su casa la mujer de Hugo Waisman a contarles y advertirles sobre el secuestro de su marido y sobre una “secuencia” de varias detenciones que estaban sucediendo. En la madrugada de esa misma noche una patota se hizo presente.

Susana contó que fue llevada junto a su hija en un auto hacia el Vesubio. En el camino, la caravana de vehículos se detuvo en varias oportunidades, posiblemente para realizar otras detenciones. La testigo relató, entre otras cosas, que en el baño del centro de detención había un libro de Leopoldo Marechal colgado de un alambre para ser utilizado como papel higiénico. También contó que le permitieron despedirse de Rubén.

Las partes le preguntaron a Susana sobre los gritos que se escuchaban en el Vesubio, a lo que respondió: “son recuerdos que he tratado de no tener presentes”. Luego contó que envió varias cartas a distintos obispos por la desaparición de Rubén. Solo uno de ellos le respondió “de manera racional, el resto nos recomendaron que rezáramos”, indicó.

Por último agradeció al tribunal y también el funcionamiento de la justicia, y remarcó la “liberación emocional que sería saber donde están los restos” de su marido.

Luego declaró Marina, la hija de Susana, quien fue llevada al Vesubio junto con su papá y mamá cuando tenía 13 años. Marina relató que también llevó a su perrita, descripción en la que muchos sobrevivientes coinciden.

A pesar de las tres décadas que han pasado, la memoria de Marina sobre aquel momento traumático se conserva intacta. Ella describió con asombroso detalle la ropa que estaba usando aquella madrugada del secuestro, pero aclaró: “todo el recuerdo lo tengo en silencio, como una película sin sonido”, junto a un “recuerdo vago de gritos espeluznantes”.

Un 29 de noviembre, pero hace 33 años

Eva Reynolso, esposa de Roberto Luis Gualdi, contó como aquella madrugada del 18 de agosto de 1978 golpearon la puerta de su casa y al grito de “policía” un grupo de personas armadas entró, revisó toda la casa y sin ningún tipo de explicaciones se llevó a su marido. Roberto permaneció desaparecido 23 días, luego de los cuales apareció en una comisaría de Villa Insuperable, y de allí fue trasladado a la Unidad 9 de La Plata. Eva murmuró entre lágrimas “la nena lloraba, preguntaba por el papá”.

A continuación, Marta Potenza, hija de Antonio Ángel Potenza, indicó que precisamente un 29 de noviembre secuestraron a su papá, 33 años atrás. Relató en detalle el momento del secuestro y describió que le pusieron un trapo en la cabeza cuando se lo llevaron. Al día siguiente Marta intentó hacer la denuncia ante una comisaría de Merlo pero no se la tomaron y le dijeron “‘este tipo de cosas pasan, tiene que esperar unos días y va a aparecer’”, explicó la testigo y agregó: “nunca más volvimos a ver a mi papa”. Las próximas noticias que tuvo de su padre fueron en el proceso judicial de 1985, pero Marta evitó el contacto con sobrevivientes del Vesubio porque “lo que leí en el diario del Juicio a la Juntas era terrible”, afirmó.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Dos testimonios punzantes

Mauricio Weinstein
Diana Austin y Débora Benchoam declararon por videoconferencia desde Estados Unidos. La primera de ellas era compañera de Elizabeth Käsemann y contó que por aquellos años concurrían juntas a manifestaciones de estudiantes.

El 8 de marzo de 1977 iban a encontrarse, pero Elizabeth “no apareció en mi casa”, relató. Tres días después, Diana fue golpeada y secuestrada por una patota que irrumpió en su departamento y se robaron todo “menos la cocina y la biblia hebraica”, indicó. La llevaron a un lugar que no pudo identificar ya que estaba vendada. Allí la bajaron a un sótano y comenzaron a hacerle preguntas y a golpearla: “Evidentemente ella estaba allí, en otra pieza”, dijo, en referencia a Elizabeth.

También relató las conversaciones posteriores que tuvo con el padre de Elizabeth y el rol de la embajada alemana en aquellos tiempos: “le decían que Elizabeth no existía”, contó.

A continuación, Débora Benchoam relató la noche de su secuestro, cuando presenció la ejecución de su hermano. Ella estuvo detenida sin proceso por más de cuatro años y medio. Durante dicho lapso “mi novio Mauricio Weinstein y varios de mis amigos desaparecieron y estuvieron en el Vesubio”, les indicó a los miembros del tribunal.

Débora, su hermano Rubén, Alejandra Naftal, Juan Carlos Martiré y Mauricio eran estudiantes secundarios y parte del auge político de esa época en Argentina: “Nuestro sueño de un país justo y sin desigualdades”, indicó. Con el golpe militar se prohibieron las actividades en los colegios, los centros de estudiantes y también las reuniones de más de tres personas, pero “nosotros continuábamos con los militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES)”, explicó, lo cual era considerado actividad clandestina. Luego se enteraron de los secuestros de varios compañeros y se fueron de sus casas para protegerse. “Yo estaba con Mauricio y pasábamos días y noches en colectivos, en hoteles y varias veces utilizábamos el consultorio de su padre, pero siempre con el terror de lo que podía pasar”, describió la testigo, mientras el papá y la mamá de Mauricio escuchaban en un denso silencio entre el público de la audiencia.

Su hermano Rubén, cansado de ir de un lugar a otro, fue a dormir a la casa familiar el 24 de julio de 1977. La madrugada del 25 de julio, una patota irrumpió y fue directamente a la habitación que Débora y Rubén compartían. “Cuando nos incorporamos a mi hermano le disparan dos tiros y a mi me llevan. Él tenía 17 años y yo 16”, relató la testigo. Luego la llevaron al pasillo con su padre y la esposa de él, donde les vendaron los ojos y los ataron de pies y manos. Mientras se la llevaban de la casa, los secuestradores le repetían una y otra vez que la iban a matar por judía y subversiva.

Un mes después la trasladaron al penal de Devoto, donde permaneció detenida sin proceso alguno durante más de cuatro años y medio. Allí, gracias a una tía de Débora, pudo tener contacto epistolar con Mauricio a través de cartas y poesías sin nombres; él no quiso irse del país. Débora recién se enteró del secuestro de su novio cuando el teniente Sánchez Toranso del I Cuerpo del ejército la interrogó en la cárcel y le dijo que Mauricio le mandaba saludos, que él lo había visto.

Débora contó que cuando estaba por llegar la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, hicieron un pabellón para menores en Devoto: “éramos 12, todas con el mismo patrón de abuso, violación y tortura atroces”.

Finalmente Débora reflexionó sobre la represión hacia la juventud: “Nuestras actividades secundarias de volanteadas, de pintadas, de bibliotecas populares fueron reprimidas en forma brutal. A nosotros nos desparecieron, nos torturaron, estuvimos detenidos ilegalmente por tiempo prolongado sin ningún tipo de legalidad. Fuimos brutamente perseguidos y singularizados”.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

El trabajo de nombrar a los desaparecidos

Luis Fonderbrider y Patricia Berardi, del EAAF, declararon en el juicio de El Vesubio

Los miembros del Equipo de Antropología hablaron de su intervención en la identificación de cuerpos de la masacre de Monte Grande y el triple homicidio de Del Viso, dos episodios en los que había víctimas que estuvieron secuestradas en El Vesubio.

Por Alejandra Dandan

Esta vez el ingreso al infierno se hizo desde los cementerios. Los cementerios del conurbano bonaerense aparecieron como los territorios a los que se destinaba parte de los secuestrados de los centros clandestinos de la provincia. Y uno de los engranajes desde donde se operó el trabajo estructural de la desaparición. Dos integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) reconstruyeron en la sala de audiencias de los tribunales de Comodoro Py cómo dieron cuerpo y nombres a muchos de quienes permanecieron alojados en El Vesubio. Entre otros, los fusilados de la masacre de Monte Grande. Y de Laura Feldman, la estudiante del Carlos Pellegrini cuyo cuerpo fue identificado junto con otras cuatro personas tras la apertura del juicio.

Luis Fonderbrider juró decir la verdad antes de sentarse, frente a la platea vacía de los acusados: ninguno de los represores de El Vesubio estuvo en la sala. Sólo permanecieron dos de los múltiples abogados defensores, uno de ellos dedicado durante buena parte de la audiencia a leer concentradamente una novela.

Fonderbrider explicó lo que hace el EAAF, el equipo dedicado a investigar lo que sucedió con las víctimas de la violencia política en Argentina a partir del trabajo de exhumación de los cuerpos de los desaparecidos. Los destinos de las víctimas, señaló, fueron esencialmente tres: enterramientos como NN en cementerios municipales de todo el país; enterramientos clandestinos en centros de detención o áreas militares como en Santa Fe y Arana y el arrojarlos desde aviones al Río de la Plata.

En la provincia de Buenos Aires –dijo– todos los cementerios del primer cordón recibieron inhumaciones de NN. En 1987, el EAAF realizó un estudio para determinar el número aproximado de inhumaciones clandestinas en los 125 departamentos bonaerenses: quería saber si entre 1970 y 1984 había cambiado la población de personas NN en los cementerios. Para eso, pidieron información sobre el ingreso de los datos. Quince distritos no contestaron porque los libros estaban en poder de la Justicia, pero el resto de las respuestas les permitió indicar que entre ’76 y ’77 el perfil de los NN había “cambiado radicalmente”: aumentó el ingreso de NN y las edades bajaron. “Históricamente los NN eran gente mayor, que moría en vía pública o en hospitales –dijo–, eran hombres y no había causas traumáticas.” En esos dos años, en cambio, los ingresos fueron producto de muertes violentas, aumentó el número de mujeres y bajaron las edades: en total encontraron un exceso de 1100 NN con patrones diferentes a los NN históricos. “Nos hizo pensar que quedaban sepulturas por recuperar y era dificultoso porque muchos cuerpos pasaron al osario.”

El EAAF intervino en varias etapas de la investigación de El Vesubio. Entre ellas, dos casos emblemáticos: la masacre de Monte Grande y el triple homicidio de Del Viso. La llamada masacre de Monte Grande sucedió el 24 de mayo de 1977, cuando fusilaron a 16 personas en una casa del centro de esa ciudad. Los cuerpos fueron enterrados como NN en el cementerio municipal y los nombres se difundieron a través de la prensa con noticias que hablaban de la muerte de “subversivos” en un falso enfrentamiento. El EAAF trabajó en el caso a partir de 1986 a pedido de la Cámara Federal porteña. Revisaron actas de defunción, compararon los libros del cementerio y la información de la prensa. El relevamiento indicó que se había enterrado a 16 personas: 11 varones y 5 mujeres. Todos tenían sepulturas individuales. Supieron que el mismo día del entierro se los exhumó para tomar las huellas dactilares y se los volvió a enterrar, tal como lo contó durante las audiencias uno de los empleados del cementerio. A lo largo del tiempo, encontraron cierta discordancia –frecuente en otros lugares– entre los certificados de defunción y las zonas de entierro. Entre otras razones, dijo Fonderbrider, porque los procedimientos se hacían fuera de hora y sin personal adecuado. Cuando llegaron, notaron que los cuerpos ya no estaban en la zona en la que supuestamente debían estar. Según los libros, nueve se habían identificado y reconocido, pero los otros habían pasado al osario general.

El presidente del Tribunal Oral Federal 4, Leopoldo Bruglia, preguntó varias veces por esos números: eran 16, 9 se reconocieron. ¿Y los otros 7?, preguntó nuevamente. “No estaban en la sepultura –dijo Fonderbrider–, fueron trasladados al osario, lo que haría la identificación imposible: para hacer más espacio dentro del osario, a los cuerpos se los va rompiendo, se van transformando en polvo, lo que vuelve más difícil que quede algo.”

La investigación por el triple homicidio de Del Viso los condujo a uno de los depósitos judiciales de La Plata. En 1984, la Justicia había ordenado exhumaciones masivas que se hicieron de forma “acientífica”, recordó: “Las hacían los sepultureros con palas mecánicas y lo que sucedió en muchos casos es que en una bolsa había más de un cuerpo, dejaron muchos restos en las sepulturas, se mezclaron y llevaron a depósitos judiciales”. Algunos permanecieron en bolsas durante 15 años, a veces volvieron a los cementerios, a los osarios, a veces se destruyeron. Cuando el EAAF se puso a trabajar en La Plata había 100 bolsas con restos de cuerpos. Seleccionaron cinco que habían venido del cementerio de Grand Bourg, donde estaban enterrados los cuerpos. Con la información “antemorten” sobre una de las tres víctimas avanzaron: tenían características generales, sus rasgos odontológicos, las particularidades del cabello. “Seleccionamos uno compatible con Leticia Akselman –dijo–, observamos las lesiones en el esqueleto, los trazos de la fractura, el tórax, los miembros superiores, inferiores, las lesiones de los proyectiles de armas de fuego que coincidían con la autopsia.” Por las lesiones de bala, entendieron que Leticia tenía fracturas compatibles con acciones de defensa, y que recibió los disparos de la muerte cuando estaba extendida en el suelo.

También del EAAF, Patricia Berardi reconstruyó el camino de los cinco cuerpos que fueron identificados en el último tiempo: Laura Isabel Feldman, Ofelia Cassano, Generosa Fratassi, Hugo Manuel Mattion y María Luisa Martínez. Habló del funcionamiento de los dos cementerios donde aparecieron: Lomas de Zamora y Avellaneda. El primero, un lugar donde los enterramientos no se hicieron en áreas marginales, sino en todo el lugar, con fosas NN intercaladas entre las de personas con sus nombres. En Avellaneda, en cambio, tuvieron que generar un yacimiento arqueológico para trabajar sobre los cuerpos: estaban alojados en el área 134, un lugar marginal, en el extremo del cementerio, ubicado frente a Villa Corina. La zona funcionó entre abril de 1976 y septiembre de 1978, y la reconocieron por la información de los sepultureros. Les indicaron que ahí había 19 vaqueras o fosas comunes y 18 fosas individuales. Durante la dictadura se tiró abajo un paredón para que los camiones pudiesen ingresar directamente. Los cuerpos se arrojaban de forma invertida para que entrara más cantidad. La vaquera más grande contenía hasta 32 cuerpos: “Pasado un año, un mes o un día, todavía no se puede saber –dijo–, se volvía a abrir para colocar otro cuerpo, por eso son lugares con más de un momento de depósito”.

martes, 9 de noviembre de 2010

Amplian la acusación a 8 represores de El Vesubio

La fiscalía en el juicio oral contra ocho represores que actuaron en el centro clandestino de detención de El Vesubio amplió hoy la acusación y les imputó cinco nuevos homicidios agravados.

El pedido del fiscal Félix Crous recayó sobre los acusados Robert Carlos Zeolitti, Ramón Erlán, Humberto Gamen, Pedro Durán Saenz, Hugo Pascarelli, José Maidana, Diego Chemes y Ricardo Martínez, por los homcidios agravados en perjuicio de Ofelia Cassano, Generosa Fratassi, Hugo Manuel Mattion, María Luisa Martínez y Laura Isabel Feldman.

Los cuerpos de la víctimas, asesinados fraguando enfrentamientos, habían sido enterrados clandestinamente como NN en los cementerios de Avellaneda y Lomas de Zamora y fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense con posterioridad al inicio del juicio.

Fratassi y Martínez eran partera y enfermera del hospital Iriarte de Quilmes, que fueron secuestradas porque avisaron a la familia de una secuestrada en el Pozo de Quilmes que había sido llevada a dar a su luz a su hija en ese hospital, por una comisión policial encabezada por el médico policial Héctor Vergéz.

El nacimiento de la niña fue tachado del libro de partos y nunca se expidió cédula de defunción ni se supo del cadáver de la niña, que uno de los menores reclamados por las Abuelas de Plaza de Mayo

viernes, 5 de noviembre de 2010

Una partera y una enfermera secuestradas después de atender a una desaparecida

“Le contaron a la familia”

El doctor Justo Blanco atendió el parto de la desaparecida Silvia Isabella Valenzi, que estaba secuestrada en el Pozo de Quilmes. La partera y la médica que avisaron a su familia del nacimiento de una niña fueron llevadas a El Vesubio.
   
Por Alejandra Dandan

El aún es médico especialista en obstetricia. La persona que en 1977 atendió en el Hospital Isidoro Iriarte de Quilmes a una parturienta secuestrada en el Pozo de Quilmes. El hombre que le impidió a un grupo de tareas entrar a la sala de parto, que logró saber que se llamaba Silvia Mabel Isabella Valenzi y las condiciones del secuestro. Que ayudó a nacer a una niña, que denunció lo que sucedió y luego sufrió las consecuencias con la explosión de una bomba en la puerta de su casa. Es el doctor Justo Horacio Blanco. Durante su relato en los Tribunales de Comodoro Py lloró, y les arrancó lágrimas hasta a los guardias.

El caso del hospital de Quilmes es uno de los nudos del juicio oral por los crímenes del centro clandestino de El Vesubio. El 1º de abril de 1977, una patota encabezada por el médico policial Jorge Antonio Bergés llevó a Silvia Mabel Isabella Valenzi a dar a luz por un parto prematuro. Dos empleadas del hospital avisaron clandestinamente a su familia que ella estaba en ese lugar. Eran la partera Genoveva Fratassi y la médica María Luisa Martínez de González; ambas terminaron en El Vesubio. Blanco declaró en el marco de esa causa, como lo había hecho otras veces incluso en los Juicios por la Verdad.

“Ubico el caso y ubico las circunstancias”, respondió dedicadamente al juez Leopoldo Bruglia a cargo del Tribunal Federal Oral Nº 4. “Yo era médico de guardia, obstetra –dijo–. Un lunes entra en la maternidad un grupo de policías encabezado por el médico de policía Bergés, a quien conocía de antes por mi especialidad. Traían una detenida en franco trabajo de parto.”

“Eran las once de la noche, aproximadamente. Bergés se fue de inmediato, quedaron algunos policías que quisieron entrar a la sala de partos y yo me opuse porque es un medio quirúrgico y no correspondía. Extrañamente para esos tiempos, me hicieron caso y pudimos tomarle declaraciones como corresponde para hacer la historia clínica.”

La mujer le dijo entonces quién era, le explicó que estaba “detenida”, con un embarazo de siete u ocho meses. Blanco la revisó, la encontró con ocho centímetros de dilatación. “Le pregunté si había sido torturada y me dijo que sí, y colegimos que debido a esas torturas se adelantó el parto.” Isabella dio a luz una nena de 1,800 kg, ostensiblemente prematura, dijo él, por lo cual la pusieron en Neonatología. “Después la internamos en una sala de puerperio, de inmediato fue acompañada por los policías. Ese día hubo mucho trabajo, no dormimos –explicó–, entonces vi cuando se la llevaban, a las pocas horas, en la caja de una camioneta no identificada.”

Sólo dos o tres personas lo oían desde la parte de atrás de la sala, el espacio destinado a un público que en el caso de El Vesubio suele estar ganado por el vacío. En medio de la nada con dos o tres personas, lloraba una mujer policía. “Dicho hecho sucedió en las primeras horas de la mañana –agregó–, yo mismo le informé por igual al director del hospital y al jefe del Servicio, el doctor Iriarte, ya fallecido, y el doctor Oscar García, también fallecido.”

Blanco tuvo tiempo de decir algo más. “Debido a mis declaraciones anteriores, los represores que por supuesto quedaron me pusieron una bomba que me voló el frente de mi casa; fue 1987, afortunadamente –dijo llorando– no estaban mis hijos ahí.”

Las querellas hicieron pocas preguntas. “Este hecho es el único que hubo en el hospital en el que trajeran a una parturienta, esto va por mi opinión –explicó–, pero creo que la intención era apoderarse de ese recién nacido que necesitaba atención de Neonatología para sobrevivir, porque era un caso delicado, los otros no necesitaban atención especial.”

También habló de las otras dos mujeres. Explicó que conoció a las dos. Dijo que, según sus datos, pocos días después fue detenida Genoveva, cree que en el hospital. “Y el informe que también tengo es que ella y la obstetra se encargaron de informar a la mamá de la chica que ella había tenido un parto en la maternidad.”

¿Que pasó con la beba?, le preguntaron. “La beba es un misterio para mí”, dijo él. “Sé que desapareció, sé también que no hubo certificado de defunción y sé que no hubo cuerpo al que velar. Qué pasó, no lo sé. En algún momento he preguntado a alguna de la gente de Neo de ese tiempo, me dijeron que había fallecido por su misma prematurez, pero no tengo ningún conocimiento que me avale esa afirmación.”

martes, 12 de octubre de 2010

Un bombero recogió dieciseis cuerpos


Era común ir a buscar cadáveres”

 Por A. D.

Daniel Aníbal Cassimelli casi no habla. Tiene un tatuaje del Che Guevara estampado bajo un remerón, pero nadie lo advierte. Los integrantes del Tribunal Oral Federal 4, que juzgan los crímenes cometidos en el centro clandestino El Vesubio, lo ametrallan a preguntas. Intentan pedirle detalles sobre qué pasó ese amanecer de mayo de 1977 cuando alguien llamó al Cuartel de Bomberos de Monte Grande, donde él permanecía como bombero voluntario, para ordenarles que fueran a levantar dieciséis cadáveres de una casa en el centro de la ciudad.

“Era la época de la subversión –dijo–, lo común era ir a buscar cadáveres a las casas o Ezeiza.” Hasta ahora nunca había declarado. Durante la última dictadura era bombero voluntario del cuartel de Monte Grande y trabajaba durante el día en el Centro Atómico de Ezeiza. Le tocó cargar el cuerpo de Silvio Frondizi cuando lo llamaron para decirle que lo retire de los bosques de Ezeiza, y caer en el interior de una casa del Camino de Cintura a buscar otros tres muertos de la represión. “Yo vivía en el cuartel, estaba en Monte Grande y esa mañana nos llaman para ir a levantar los cadáveres”, indicó. Estaba a unas quince cuadras de la casa del bulevar Buenos Aires, donde se había producido la masacre.

Cuando los llamaron estaba amaneciendo. En el lugar se estaba yendo una patrulla militar con hombres con ropa de fajina y armas. De pocas palabras, Cassimelli habló frente al pelotón de penitenciarios acusados por el juicio. En la parte trasera, en cambio, la sala estaba casi vacía habitada por un minúsculo grupo de visitantes.

“Lo que vimos eran cadáveres adelante, en la parte del jardín, en la casa y en el fondo”, indicó. Los cuerpos que estaban en el jardín eran dos o tres, señaló, ubicados adentro de un Ford Falcon, abajo de un árbol al que recordó como un gran pino. Adentro de la casa había un living y algunas habitaciones. En el living había dos o tres cuerpos y en las habitaciones otros. Los primeros cuerpos estaban entre un sillón y una mesa ratona donde todavía había una botella de ginebra. “Adentro no veo armas –dijo–, en las paredes había impactos de bala y pequeños pedazos de vidrio en el piso, sí me acuerdo de que el hall principal era rojo de sangre.”

En total, explicó, eran dieciséis cuerpos: diez hombres y seis mujeres. Los cuerpos tenían heridas de bala. Incluso los del fondo tenían disparos en el frente y en la espalda. Los militares difundieron en aquel momento el episodio como producto de un enfrentamiento. Pero Cassimelli señaló que no hubo muertos de parte de los militares, ni nadie que se retirara en ambulancia.

Cassimelli salió del salón de audiencia. Hablaba de que también él tenía parientes que habían desaparecido. De los muertos en Ezeiza. Y de una idea que habían tramado con uno de sus compañeros: “Tuvimos ganas de poner un cartel que dijera prohibido tirar cadáveres”.

domingo, 10 de octubre de 2010

Testimonio por la desaparición de Pablo Miguez, secuestrado a los 15 años



“No se sabe nada de lo que pasó con Pablo”

En la causa que investiga los crímenes cometidos en El Vesubio, Lila Pastoriza relató su encuentro con Míguez en la ESMA: “Me contó que lo habían torturado delante de su madre para que ella diera los datos de una hipoteca o una casa que tenían”, dijo.

 Por Alejandra Dandan

“No es que haga diferencias pero es un caso especial”, dijo Lila Pastoriza. “A 33 años no se sabe nada de lo que pasó con Pablo, nunca nadie dijo nada. No sé por qué razón lo llevaron por distintos campos, si es que estaba tomada una decisión, si la estaban retardando. Lo sometieron a un deambular por los centros clandestinos, hay puntas para investigar qué pasó con él, hay gente que lo decidió y gente que lo ejecutó, que eran los dueños de la vida. Que hablen, no porque eso vaya a resolverlo, sino que permitiría avanzar con el conocimiento de la verdad. Si la conciencia les pesa, decirlo los va a aliviar.”

Lila Pastoriza es una de las sobrevivientes de la ESMA. Ya había declarado en el juicio por los crímenes en el centro clandestino de los marinos, pero el miércoles pasado la convocaron como testigo en la sala donde se investigan los crímenes del Vesubio. Pablo Míguez es el adolescente de 15 años secuestrado el 12 de mayo de 1977, a la madrugada, de una casa de Avellaneda. Lo secuestraron con su madre Irma Beatriz Sayago o Violeta como la llamaban en el centro, y Jorge Antonio Capello, su compañero. Pablo pasó varios meses en El Vesubio, y seguramente después del 10 de agosto, tras un traslado masivo, lo llevaron a la ESMA, dijo Lila. Ahí estuvo aproximadamente un mes y medio en Capuchita, al lado de Lila, y frente a los gritos de la sala de torturas.

Capuchita era el espacio de los secuestrados del GT3 de la ESMA y de los grupos operativos que estaban vinculados con ellos. Lila era una secuestrada de la Marina y había sido detenida por el SIN, estaba ahí con otros compañeros. En un lugar bastante precario, dijo, con veinte cuchetas, tabiques con colchonetas y dos cuartos de interrogatorios o torturas. Cuando no estaba en funcionamiento, es decir, cuando, como ellos decían, “no estaban trabajando”, los cuartos se usaban para que los detenidos sometidos como mano de obra esclava hicieran trabajos de archivo con los diarios. Lila era una de ellos. El 10 de agosto, contó, hubo un gran traslado que por diversas razones no va a olvidar. Llegaron otros grupos con detenidos de la Aeronáutica, en un escenario “terrible con situación de constantes picanas”, picanas móviles y el guardia que trajo a Pablo se paró delante de Lila, frente al cuartito, y le dijo algo así como: “Mirá a lo que hemos llegado”. Le levantó la capucha a Pablo. “Era flaco, alto, esmirriado, y estaba con ropa un poco rosa, por eso al principio pensé que era una chica.”

En ese mes y medio Pablo habló mucho. En general lo dejaban hablar, explicó, le pusieron un tabique blanco, y decían que eso era de la gente que iba a ser liberada. No lo torturaron, no lo interrogaron. En verdad nadie habló con él en todo el tiempo que estuvo, señaló. “No tenía interrogador, aunque siempre era mejor tener a alguien, aunque más no sea para hablar. Bah, teníamos dueño.”

En la ESMA, Pablo hablaba con alguno de los guardias. Entre ellos, Lila mencionó a Chispa. “Lo que pedía –dijo– era que lo lleven con su papá, que no era un militante político.”

Durante la estadía, cuando podían hablar, Pablo le contó a Lila de El Vesubio. De su secuestro, del hermano del compañero de su madre, también de apellido Capello, que había sido uno de los militantes del ERP ejecutados de Trelew. Le contó, además, que tenía otros dos hermanos. Que el día del secuestro habían levantado a la madre y su pareja, pero que luego también volvieron por él, que estaba más arriba. Apenas llegaron a El Vesubio, recordó, estaban torturando a su madre, a Capello y a Luis, otro secuestrado con ellos.

Además, le dijo, lo dejaban andar por ahí, aunque no sabía por qué. Le dijo que no se despidió de su mamá, que la madre estaba en la cocina donde se hacía el café a los represores. Sí le contó que “la tortura era constante”, que la comida era muy mala. “No sé si era flaco porque siempre fue flaco o porque estaba mal. Me habló de la enfermería, que era un lugar en el que torturaban, que había más de una casa y me dijo: ‘A la gente la matan’.” En ese momento, Lila le preguntó cómo lo sabía, y él le dijo que era porque había leído en un diario la noticia sobre los muertos en el falso enfrentamiento de Monte Grande. Y le aclaró que eran todos los que estaban con ellos.

“Era un chico muy alegre, tremendamente vivaz”, dijo. “Sabía dónde había estado y dónde estaba, a mí nunca me contó detalles de lo que había vivido ahí adentro, lo que sí me contó es que lo habían torturado delante de su madre para que ella diera los datos de una hipoteca o de una casa que tenían. Yo me puse tan mal que me dijo: ‘Calmate, no me dolió tanto...’.”

Pablo tenía pesadillas, soñaba con la madre. “No había visto yo casos de este tipo –dijo–, uno se acostumbra a muchas cosas, pero ésta era una situación de un chico que además aparecía más chico.”

Un día de finales de septiembre la levantaron para llevarla al baño. Estaba tabicada. A la vuelta vio que se abría una puerta y uno de los “Pedros”, los encargados de la seguridad, alguien que en este caso mencionó como “Pedro Willy”, se lo llevó de la mano con el tabique puesto. Fue la última vez que lo vio. “Era un día de varios traslados, pero no era un día de traslado masivo, como alguna vez creí, porque esos días no me llevaban al baño, se habían llevado a tres o cuatro, y generalmente era para llevarlos a otro centro clandestino o iban a ser liberados, pero nosotros nunca lo sabíamos.”

Lila quiso pensar que lo habían liberado, contó, pero el día antes de declarar ante la Conadep, alguien le dio un volante con la cara de Pablo que decía que no había aparecido nunca.

En la audiencia, mientras los querellantes le preguntaban, Lila, que investigó qué pasó antes y después con la vida de Pablo, señaló otros detalles de la estadía de él en El Vesubio. Entre otros casos, que a la noche lo llamaba el jefe para jugar al ajedrez. “Que los guardias eran muy bravos, después supe que había visto cuando violaban a su madre y, por comentarios del GT3, supe que había un lugar terrible que le decían La Ponderosa, por las cosas que pasaban ahí adentro, y mucho tiempo después supe que La Ponderosa era El Vesubio.”

Otro sobreviviente del centro clandestino ubicado cerca del cruce entre Camino de Cintura y la Ricchieri ubicó a Pablo más tarde en la comisaría de Valentín Alsina, en Lanús. El ex secuestrado era Juan Farías, a quien terminaron legalizando más tarde en la cárcel de La Plata. El ingreso de Pablo en Valentín Alsina coincidió con la legalización de otro detenido que estaba ahí. La comisaría aparentemente era eso, uno de los lugares que se usaban para blanquear detenidos. Juan Farías tiempo después le contó a Lila que a Pablo lo llevaron ahí, que estaba muy bien, muy entero, convencido de que iba a salir en libertad y que cuando él se fue todavía estaba adentro.

Entre las personas a las que Lila dice que todavía hay que buscar está el cabo Pino, de la comisaría de Alsina. Era una de las personas que más los maltrataban, contó; en ocasiones los hacía comer con las manos atadas en la espalda mientras él les ponía la comida en la boca.

jueves, 7 de octubre de 2010

“A éste no hay que tocarlo porque es sobrino de un obispo”

Osvaldo tenía 17 años cuando lo secuestraron de su casa en Paraguay y Laprida. Eran los primeros meses de 1978. Osvaldo regresaba del colegio el día en que le pusieron un arma en la cabeza, lo esposaron, le vendaron los ojos y lo subieron a un camión en que “había más gente”, según declaró en la audiencia de hoy, ya que según él, “iban levantando a la gente de la zona”.

En el CCDT, contó que estaban “como animales”, tirados en el piso sin bañarse y orinando en una lata con los gritos de las torturados de fondo.

También hizo referencia al ensañamiento que existía sobre las personas con apellidos judíos.

El recuerdo del Mundial de Fútbol Argentina ‘78 estuvo presente a lo largo de todo su relato: “Los argentinos estaban de fiesta”, recordó Osvaldo y agregó que, para los detenidos, la época del mundial “fue terrible”.

También hizo referencia a la noche en la que se estaba festejando la victoria en el mundial y “se decidieron los traslados”. “La famosa noche que gana la Argentina, decidieron a quién legalizarían y a quién no” indicó.

También contó sobre su salida del CCDT y el proceso de legalización: regimiento militar, comisaría, cárceles y Consejo de Guerra.

Osvaldo detalló también sobre lo doloroso que le resultó su posterior exilio y atribuyó a su tío, obispo de la ciudad correntina de Goyael, el hechos de haber sobrevivido: “A éste no hay que tocarlo porque es sobrino de un obispo”, contó que escuchó decir a miembros de la patota. De acuerdo a sus apreciaciones, la intervención de monseñor Pío Laghi y la entrevista de su tío con Videla y otros militares fueron determinantes.

Las audiencias continuarán la semana que viene, los días lunes, martes y miércoles desde las 10 de la mañana.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Los cuerpos NN

Quispe Ramos era empleado del cementerio de Monte Grande en 1977. Fue él quien anotó de puño y letra el ingreso de los cuerpos de 16 secuestrados de El Vesubio el 24 de mayo de ese año. “Yo estaba trabajando a la tarde y me llaman por teléfono de la municipalidad para decir que iban a enviar esos cuerpos, que preparara las fosas para sepultarlos, no me dijeron qué cantidad.” El llamado era de la secretaria privada del intendente de Monte Grande a quien recordó como Groppi. (Alberto Groppi fue intendente de Esteban Echeverría durante la dictadura. Cuando fue denunciado en 2007 –estaba en el mismo cargo– dijo que había asumido en 1979.) Quispe recibió los cuerpos en el depósito. “Tomamos la precaución –dijo– de marcarlos con una cruz y un número para identificar la sepultura, porque eran NN”. Según el relato, en el cementerio se enterraron todos los cuerpos, pero sólo por unas horas porque llegó una orden para desenterrarlos, ya que estaban buscando a la hija de un diplomático alemán. “Nos obligaron a sacar todos los restos que ya estaban sepultados”, dijo. Y ese día, la policía de Monte Grande sacó además las huellas digitales de todos. De acuerdo con su relato, todos los cuerpos estuvieron identificados con nombre y apellido una semana más tarde, pero en el libro del cementerio, que se exhibió, los identificados son sólo siete personas. Cuando los querellantes le preguntaron una y otra vez por las identificaciones, Quispe dijo: estos 16 sí estaban identificados, pero hay otros NN de los cuales muchos estaban sin documentación y habrán quedado así hasta el día de la fecha.

Niños en El Vesubio


TESTIMONIO DE MABEL ALONSO

Por Alejandra Dandan

Mabel Alonso estuvo secuestrada veinte días en El Vesubio. Una patota llegó a su casa buscando a su marido y a un compañero. Luego de esperarlos durante toda una noche, al mediodía decidieron secuestrarla a ella. Era 31 de agosto de 1977. Mabel tenía cuatro hijos de 16 años, 12, 5 y de 45 días. Los pusieron a todos en un cuarto, le dijeron a ella que se cambiara y poco después la cargaron en un auto en dirección a la rotonda de San Justo, la obligaron a vendarse y la entraron a lo que años después identificó como El Vesubio. Durante la estadía en el centro clandestino conoció a Marcela, una chica de 12 años, de la misma edad de una de sus hijas, secuestrada luego de un operativo en el que habían matado a sus padres. No sabe más datos de Marcela. Mabel contó que los represores la obligaban a disfrazarse con pelucas, tacos y vestidos de mujer para sacarla a la noche, a dar vueltas en los bares para identificar a otras personas.

Mabel narró: “Cuando entro, me tienen un rato, y como no hablaba me dicen que me van a hacer hablar por la fuerza, me piden que me desnude, una cosa violenta, porque eran todos hombres, pero no me queda otra, me picanean”. Estuvo tres días así, un rato con picana un rato no. Luego la llevaron a la casa tres, destinada a los alojamientos. “Me tiran en el piso porque no había colchones, con una frazada en el suelo, me tienen atada contra una pared con grilletes”.

Había una chica, dijo, rubia, de pelo ondulado, pintora y psicóloga, que se puso muy mal, y se golpeaba la cabeza contra una pared. A la chica se la llevaron, Mabel no volvió a verla, pero le dieron su celda ubicada en el sector de las mujeres. Ahí estuvo con Susana Reyes, embarazada. Con Violeta Sayago, a la que le habían dicho, contó, que se quedara tranquila, que a su hijo de 14 años que había sido secuestrada con ella lo iban a sacar para devolverlo a la casa. “Sé que está desaparecido”, dijo. Mencionó además a Norma, una hepatóloga del Hospital Fernández, y a Graciela Moreno, la madre de Juan Sebastián y de Esteban, que seguían su declaración sentados metros al fondo.

Uno de sus torturadores era el Polaco, dijo sobre Víctor Salvador Chemes, uno de los acusados. Habló del Sapo, el alias de Roberto Carlos Zeoliti, que una vez les contó que su esposa no sabía que él estaba ahí, que pensaba que era un albañil. Ella lo señaló en la audiencia. Señaló a Pancho, el Nono y el Vasco. También al Francés, el ex jefe de Inteligencia del Ejército Gustavo Cacivio. Enseguida mencionó a Marcela, una niña de 12 años que tenía la misma edad y el mismo nombre que una de sus hijas, por eso, “cuando la escuché, pensé que era ella”.

“A mi mamá se la llevaron en camisón”

JUAN SEBASTIAN RIAL TENIA SIETE AñOS CUANDO SE LLEVARON A SU MADRE Y RECIEN AYER LO CONTO ANTE LA JUSTICIA

Graciela Moreno estaba con su familia en una casa de Temperley cuando entró una patota y se los llevó a El Vesubio. A los tres chicos se los entregaron a una vecina. Secuestraron a Graciela y su compañero y a otra pareja.
   

Por Alejandra Dandan

“Mi mamá estaba en camisón, así se la llevaron, recuerdo que durante varios días pensaba cómo iba a hacer para volver en camisón, adentro de mi cabeza, me la imaginaba yendo a tomar el colectivo.” Juan Sebastián Rial nació en el ’69, tenía siete años en abril de 1977 cuando secuestraron a su madre. Graciela Moreno estaba en una casa de Temperley, la cuarta o quinta a la que había mudado a toda su familia en aquel tiempo. La llevaron al centro de exterminio de El Vesubio. Juan Sebastián nunca había declarado sobre la noche del secuestro. Habló por primera vez ayer en el marco de las audiencias por el juicio oral contra los represores del centro clandestino.

La casa de Temperley tenía un jardín adelante, explicó Juan Sebastián, con un ventanal que daba a un living, pegado al cuarto de sus otros dos hermanos más chicos. Al lado de la habitación había un pasillo de distribución al que daba el cuarto de su madre, la entrada al cuarto de los hermanos, un baño y, en la parte de atrás, había una cocina con el comedor ante otra puerta de entrada, una puerta de chapa. “El hecho ocurrió una noche tarde de abril de 1977, estábamos durmiéndonos, yo estaba en la cama”, contó. “Comenzaron a golpear la puerta trasera, golpeaban la puerta de chapa con la intención de derribarla, del ventanal rompieron todos los vidrios, ingresaron a la casa, a mi mamá la agarraron de los pelos y se la llevaron.”

Su cama estaba pegada a la pared de la pieza de la madre. En la casa, vivían su madre, su pareja Marcelo Soler; también Federico, el hermano del medio y Esteban que era el menor, hijo de la nueva pareja. Con ellos estaba otra pareja, María Teresa y Manolo con Joaquín, un bebé de meses.

“No tengo registro de Marcelo –dijo Juan Sebastián–, no sé de qué forma lo llevaron, a mi mamá sí porque la agarraron y la pasaron al lado de mi cama hacia el fondo, eran no menos de cuatro o cinco personas, pasaron al lado de mi cama, uno me preguntó mi nombre, se lo dije, me dijo que era muy valiente.”

Fue tal el ruido de las patadas en las puertas y de los vidrios, contó, que una vecina de varias casas más adelante llamada Josefa se acercó para ver qué pasaba. Cuando llegó, le dijo a uno de los integrantes del grupo de tareas que creía que era Marcelo que se había olvidado las llaves. La mujer acordó llevarse a los niños con uno de los integrantes de la patota, explicó Juan Sebastián. “Yo me asomé a la habitación de mi mamá, vi que estaba todo revuelto, como si hubiesen vaciado el placard, agarré a mis hermanos y me los llevé a la casa de esta vecina.”

Una de las personas que estaba en la casa preguntó a otra si llevaban algo de ropa. No, le respondió “porque no la iba a necesitar”. Pasaron la noche en la casa de la vecina, al otro día fue a buscarlos la abuela materna. Desde allí, su hermano Federico y él fueron recogidos por su padre, Esteban se quedó porque era hijo de Marcelo. “Y a partir de ese momento –dijo Juan Sebastián–, fue empezar de nuevo, era otra cosa, otra familia, otra escuela, fue como nacer de nuevo. A mi hermano Esteban lo habré visto dos o tres veces como mucho; mi viejo, por miedo, terror o lo que sea no propiciaba el contacto con la familia de mi mamá, mis abuelos maternos nos esperaban alguna vez a la salida del colegio y eran no sé, diez minutos y no más que eso.”

Esteban estaba sentado metros más atrás en esa misma sala de audiencias. El mismo ya había estado sentado en esa misma silla destinada a los testigos a fines de mayo. Adelante, como sucede cada día, estaban sentados los represores destinados a El Vesubio, los tres militares a cargo del centro clandestino y los hombres del Servicio Penitenciario destinados a las guardias.

Alrededor de los 20 años, Juan Sebastián decidió buscar a su hermano. Le pidió algunos números a su padre, y habló con una persona que finalmente le dio el contacto. “A partir de ahí me empecé a encontrar con cosas que no sabía que existían –explicó–, como cartas que mi mamá escribió mientras estuvo detenida, manualidades”, entre las que estaba un muñeco de trapo que Graciela le mandó a Esteban para una Navidad. En aquel momento, Juan Sebastián también hizo una copia del expediente Conadep de su madre.

“Cuando pasó esto no me extrañó ni me llamó la atención”, dijo. “Estaba esa sensación de que estábamos perseguidos, nos mudábamos mucho, creo que en la casa de Temperley fue en la que más tiempo estuvimos, había reuniones, muy pocas que se hacían en mi casa, me acuerdo que debajo de mi almohada en alguna de esas reuniones había un arma. Yo internamente al menos sabía que algo iba a pasar, y tenía 7 años.”

En las cartas que llegó a escribirles Graciela a sus hijos les contaba anécdotas de cuando estaban juntos, les explicaba qué era lo que a cada uno más les gustaba. Al padre de Juan Sebastián en cambio le decía otra cosa. “Que esa gente sabía que ella no tenía nada que ver y que estaba esperando que la soltaran en cualquier momento. Cosa que no sucedió.”

Graciela Moreno sigue desaparecida.

martes, 21 de septiembre de 2010

Recuerdos de El Vesubio

ROBERTO GUALDI RELATO SU CAUTIVERIO

Por Alejandra Dandan

La declaración ya estaba terminando. De pronto, una abogada de la querella volvió a preguntarle por el momento del secuestro, en la casa de La Matanza donde también estaban su mujer y su hija. ¿Sabe si alguno de los secuestradores volvió?, indagó Liliana Mazzea. “Sí, un hombre volvió a hablar con mi señora”, dijo Roberto Gualdi. “En realidad, habría que preguntarle a ella porque es un tema del que no hablamos casi nunca.” Gualdi tampoco solía hablar del secuestro y nunca había declarado oralmente ante la Justicia. Ayer se sentó a dar su testimonio a viva voz ante el Tribunal Oral Federal 4.

Gualdi estuvo secuestrado unos 23 días en El Vesubio, luego pasó blanqueado a distintas cárceles comunes y permaneció preso durante nueve meses más. “Era un trasformador, sé lo que era porque soy soldador –dijo–; es básicamente lo mismo: un soldador que trabaja con dos polos”, relató ayer para explicar cómo, durante su cautiverio, fue capaz de darse cuenta cuando en el cuarto de al lado empezaba a oírse el zumbido de la picana.

Después de dos años de trabajo en Fargo, donde se convirtió en delegado, Gualdi consiguió empleo en el taller mecánico La Rueda Sola de La Matanza, adonde llegó cuando recién empezaba a militar en el Partido Comunista Marxista Leninista.

–¿Vanguardia Comunista? –quiso saber Leopoldo Bruglia, presidente del Tribunal.

–Sí, le cambiaron el nombre.

Uno de los grupos de secuestrados más importantes de El Vesubio provenía de Vanguardia Comunista. A Gualdi lo secuestraron el 18 de agosto de 1978.

En el interrogatorio en El Vesubio le preguntaron por su nombre de guerra, que no lo tenía, por el nombre de su responsable, por su militancia gremial. “Me dan picana un rato en las axilas –contó–, me golpean, les dije lo poco que sabía, me sacan de ahí, me vuelven a tirar en el mismo lugar.”

Poco tiempo después compartió la celda, la mismas esposas y una única frazada con Guillermo Lorusso, otro secuestrado. “En todo el tiempo que estuve ahí me paré una sola vez para ir al baño, en veinte días, porque para orinar nos pasaban un tacho.”

Gualdi bajó diez kilos en veinte días. La comida era bastante precaria, recordó: “En los últimos días mejor, porque fueron sacando gente y había más para repartir”.

Adentro del centro identificó a alguno de sus represores. Nombró a “El paraguayo”, que podría ser José Néstor Maidana, agente de inteligencia del Servicio Penitenciario Federal imputado en la causa. También recordó al “Correntino” y a “Fierro” o “Fierrito”.

Una vez blanqueado, Gualdi fue llevado primero a la cárcel de Devoto y luego a La Plata. Mientras estaba preso, lo juzgaron ante un Consejo de Guerra. “Nos preguntaron si éramos subversivos –explicó–, pero lo que recuerdo bien es que yo les dije que yo había sido secuestrado y que no tenía nada que decir.”

–¿Tenía un defensor? –preguntó un querellante.

–Bueno eran todos militares, había uno que decía que era defensor.

Después de su detención, Gualdi volvió a su casa porque no tenía adónde ir. Y para mantener a su familia volvió al taller donde trabajaba.

El legajo del general Héctor Gamen demuestra su participación en crímenes contra la humanidad


Un trepador identificado con el “proceso”

En ocasión de una evaluación, el represor fue calificado como un “trepador” y se destacó “su participación en todas las decisiones en que hubo que decidir el destino de los delincuentes subversivos”. Está siendo juzgado, pero sigue en libertad.
    
     
 Por Alejandra Dandan

El documento es un hallazgo, pero sobre todo una prueba fundamental. Se trata de una parte del legajo del general retirado Héctor Humberto Gamen, segundo comandante de la Brigada de Infantería X entre 1976 y 1977 y jefe de la CRI, la Central de Reunión de Información de La Tablada, el lugar desde donde operaba el corazón de la represión en la medialuna del Gran Buenos Aires, dentro de la cual se encontraba el centro clandestino El Vesubio. El extracto del legajo es del 30 de octubre de 1977, la evaluación por la que buscaban ascenderlo a general. Allí aparecen características negativas y positivas del represor ahora imputado en El Vesubio. Entre las negativas, se indica que “es un profesional que se podría llamar ‘trepador’”. Y entre las positivas, su superior inmediato, es decir el general Juan Bautista Sasiaíñ, ponderó “su participación de hecho o de asesoramiento en todas las decisiones en que hubo que decidir el destino de los delincuentes subversivos. En esto siempre estuvo en primera línea. No hay General de Brigada –continuó el informe– que no lo haya visto apretar la cola del disparador”.

Para quienes trabajan en la causa de El Vesubio, se trata de un documento clave. Pese a que son características de los represores que se conocen, explicó el fiscal Félix Crous, se accede así a revelaciones que ellos dejaron por escrito. Entre otras cosas, el informe indicó que tenía poder de decisión sobre matar o preservar la vida de un secuestrado. El material es un aporte del Ministerio de Defensa de la Nación.

Gamen era conocido por los apodos de “Toto” o “Beta”. Hoy está en libertad, y en ese estado llega cada jornada a la audiencia de los tribunales de Comodoro Py, donde se sustenta el juicio por los crímenes en El Vesubio. El informe que acaba de ser girado al Tribunal Oral Federal Nº 4 está fechado el 30 de octubre de 1977. Gamen había sido agregado militar en Bolivia, por lo que en 1975 había recibido el reconocimiento del “Castillo de Oro” de parte del Colegio Militar de las Fuerzas Armadas bolivianas. En 1976 aspiró al grado de general, pero se lo rechazaron. En 1977 se hacía un nuevo intento. La evaluación comienza indicando que tiene un promedio en el grado de 100 puntos, y en el legajo, de 98,338.

Entre los conceptos favorables, el informe resalta su “gran decisión y valor reiteradamente demostrado en la conducción de las operaciones antisubversivas. Durante dos años puso en evidencia su gran capacidad y ha sobrellevado las pruebas máximas que esta lucha plantea”. Y luego, “es actor principal en una lucha sin parangón en el siglo en el país”.

Entre los conceptos desfavorables, el informe señala: “Descuida ciertos aspectos de la conducción, por lo que los resultados no son verdaderamente positivos como aparecen. Su capacidad y eficacia se ha puesto en evidencia este año y no ha sido permanente en su carrera. Sus procedimientos y actitudes con el superior no son precisamente las que reflejan un carácter definido”. Líneas abajo, avanza sobre las razones por las que lo llaman “trepador”: “Muy amigo del superior, siempre ha estado en destinos que hacen pensar en que explotó esta situación”. Y allí, “es un profesional que se podría llamar trepador. De poco prestigio entre sus camaradas. Proclive a acercarse al superior. Su designación como agregado militar fue digitada por él mismo desde la Presidencia de la Nación, lo que después indujo a modificar su destino”. Su modalidad y forma de proceder para con los subordinados, “más que conformar la figura de un líder o caudillo, dan sensación de demagogia y poca formalidad”.

Entre rasgos negativos y otros positivos, quien tomó su defensa es Sasiaíñ, jefe de la Brigada de Infantería X, luego jefe de la Policía Federal, que le dio el espaldarazo. “Convencido de que debió ascender a general el año pasado y de la responsabilidad que me cabe en la presente circunstancia, a lo largo de todo el año he tratado de reunir antecedentes que contribuyan a redimir, si fuera necesario.” En ese contexto, solicitó a la Junta que tenga en cuenta su opinión.

“Ha prestado servicios durante dos años en la zona que por hoy es la más caliente, ello por sí solo no tendría valor, si no fuera que su desempeño es además brillante. Tiene mando, es enérgico, conduce y se juega, esto lo he evaluado no sólo a través de su trabajo de EM sino por tener a su cargo en forma directa dos unidades de Icia (Inteligencia) que ha creado en la subzona”. Y continuó: “Lo he visto actuar personalmente frente a las balas, tiene carácter y está bien identificado con el Proceso, lo que presupone incorporar al nivel superior un elemento que se integrará con el conjunto. Su responsabilidad está evidenciada a través de la eficacia que ha ejercido en su función de 2º Cte. y Jem sin delegar funciones, y la responsabilidad en la seriedad y trascendencia de sus asesoramientos. También dentro de la responsabilidad, y esto sólo ante Dios, cabe señalar su participación de hecho o de asesoramiento en todas las decisiones en que hubo que decidir el destino de los delincuentes subversivos”, un modo eufemístico de hablar de los traslados, los asesinatos y la desaparición de las víctimas.

Entusiasmado, Sasiaíñ continuó: “El cnel. Gamen no es un ‘boom’ en estos dos últimos años, su carrera es una constante”. Antes había escrito: “Su espíritu de justicia y ecuanimidad es quizá la virtud que más ha podido evidenciar ante los ojos de su cte., ello a través de la circunstancia de tener que definir la vida o la muerte de semejantes sin afectar el cumplimiento de la misión”.

martes, 14 de septiembre de 2010

Vuelve a declarar Osvaldo Bayer por el asesinato de la ciudadana alemana Elizabeth Käsemann

Una vida por la libertad y la justicia

El escritor y periodista dio detalles del caso Kasemann. Se exhibió, durante la audiencia del juicio sobre El Vesubio, un documental realizado por Bayer sobre la vida de la joven alemana secuestrada durante la última dictadura.
    
Por Alejandra Dandan

Elizabeth Kasemann nació en mayo de 1947 en un refugio antiaéreo donde funcionaba una maternidad en los tiempos del nazismo. Su padre, uno de los teólogos más importantes del país, era miembro de la resistencia antinazi. En el `68, y en medio de una relación amorosa pero tensa con su familia, Elizabeth viajó a Latinoamérica y terminó instalándose en Buenos Aires, donde su compromiso personal la llevó a involucrarse políticamente en una de las agrupaciones trotskistas y, al decir de sus padres, tiempo después, a dar la vida por la libertad y más justicia en un país amado. La mataron el 24 de mayo de 1977 en Monte Grande, en un fusilamiento fraguado como enfrentamiento con otros 15 secuestrados.

Osvaldo Bayer, sentado en la sala de audiencias de los tribunales de Comodoro Py, donde se lleva a cabo el juicio oral por los crímenes del centro clandestino de El Vesubio, asistió a la proyección del documental de la vida de Elizabeth, un material que él mismo investigó acá y en Alemania, guionó, dirigió y que se emitió en 1992 para la televisión alemana. Bayer ya había declarado en el juicio, pero ayer volvió con la película en las manos. Kasemann es una causa que impulsa el gobierno alemán a través de Pablo Jacoby, dato curioso, socio de Gabriel Cavallo, a cargo de la defensa de la dueña de Clarín en el expediente Noble. Bayer acudió como testigo a pedido de ellos.

El documental, explicó, “da importancia a cómo se trató a los detenidos y dejó al descubierto la crítica al gobierno alemán, que tardó mucho en reaccionar y estaba haciendo muy buenos negocios con la Argentina”.

En la audiencia, Bayer habló potenciado por el peso de las imágenes, amparado en el cúmulo de pruebas que demuestran la brutalidad del gobierno militar, pero además del gobierno alemán, ministros y representantes locales. Dijo Bayer que en aquel momento le parecieron “ridículas” las explicaciones que dio la socialdemocracia alemana, que aseguró que había enviado dos cartas a la dictadura argentina pidiendo información sobre Elizabeth. Como otros testigos, mencionó la relación de “complicidad” de la representación alemana local con la dictadura. Bayer mencionó uno de sus libros, donde dio cuenta hace muchos años de los préstamos de los bancos alemanes a la dictadura para la construcción de cuatro fragatas y submarinos. En Alemania alegaban que aquellos barcos habían dado “ocupación plena” en el lugar donde se hicieron. “Vender armas a una dictadura –replicó en la sala– me parece que es muy poco ético.”

En 1968, Elizabeth inició el viaje a Latinoamérica que la terminó dejando en Buenos Aires. Primero estaba “asombrada con el colorido” de Bolivia, su primera parada, donde trabajó con un pastor metodista y una monja católica y donde su curiosidad europea se fue transformando en indignación. En Buenos Aires se instaló en Barracas. Conoció a Raymond Molinier, el secretario de Trotsky, dirigente de la IV Internacional y parte de la red de organizaciones que se ocupaban de prestar ayuda a los perseguidos políticos. Elizabeth generó una relación de amistad y política con él y comenzó a militar en el Poder Obrero. Sus padres viajaron a visitarla. Con la dictadura, ella les escribió una carta en la que les dijo que a pesar del dolor y del sufrimiento que sabía que iba a provocarles, por su condición de ser humano debía permanecer en Buenos Aires.

Elizabeth trabajaba en villas, organizaba las citas, se ocupaba de conseguir documentos para los que tenían que irse al exterior. “El trabajo en los barrios pobres fue una experiencia increíble tanto para ella como para mí”, explicó a través de la pantalla Diana Houston, una amiga inglesa, que cayó detenida pocas horas después de Elizabeth y a quien el gobierno británico logró poner en un avión 72 horas después.

Sergio Bufano es otra de las voces de la película. Conoció a Elizabeth en una reunión a la que llegaron vendados. “Era para planificar la muerte de un torturador”, dijo. El operativo preveía matar al militar, que solía almorzar todos los domingos al mediodía en un restaurante con su mujer y sus hijos. Elizabeth y Sergio lo siguieron. Iban al restaurante y en esas vigilancias decidieron “boicotear” la idea de la muerte con apoyo de un tercer compañero. El día de la operación, ese compañero faltó a la cita y ante la idea de un posible secuestro la organización suspendió el operativo. “Si bien muchos de nosotros habíamos elegido la lucha armada –explicó Sergio–, no estábamos de acuerdo con la muerte.”

Sergio y Elizabeth se pusieron de novios. Cuando él decidió irse del país, ella dejó de hablarle durante una semana. Estaba decidida a quedarse. Creía que el país tenía una clase obrera poderosa –explicó su compañero–, luchadora, creía que era el país donde estaba el eje de la revolución latinoamericana y por eso se quedó. De todos modos, lo ayudó a salir del país.

A Elizabeth la llevaron secuestrada primero a la sede del I Cuerpo de Infantería donde funcionaba un centro clandestino. Ahí la torturaron. Luego llegó a El Vesubio. Diana oyó los gritos de Elizabeth en el primer destino. “Sentí olor a carne quemada y los gritos. Y un ser humano –dijo– puede olvidarse de muchas cosas, pero el olor y los ruidos permanecen.” Y luego: “Oía los gritos de Elizabeth que era sometida a la tortura, es decir corriente eléctrica, y la golpeaban y otros tormentos que no podría explicar”.

Elena Alfaro la situó en El Vesubio siete días antes del asesinato. “Venía del Infierno –dijo–, que era un lugar muy violento y terrible en cuanto a las formas de vida, con celdas en las que los compañeros respiraban por turnos por las hendijas que había por abajo de la puerta.”

Pedro Durán Sáenz, responsable del centro clandestino durante 1977, era un ferviente católico, violador de muchas de las detenidas. Alemania pidió su extradición por esta causa varias veces, desde la época del gobierno de Fernando de la Rúa. Durán Sáenz decidió someterse al juicio en Argentina. Y Alemania decidió intervenir en la causa en forma directa como querellante.

Bayer contó que durante la investigación fue al barrio a hablar con los vecinos, que muchos recordaban lo que había pasado pero no quisieron hablar. También intentó entrevistar a Durán Sáenz, “no aceptó de ninguna manera”. Bayer contó cómo fue que la familia finalmente dio con el cuerpo de Elizabeth, porque no quedó incluido en su documental. Un emisario del Ejército Argentino indicó que sabía dónde estaba el cuerpo de Elizabeth, pidió 22 mil dólares para entregarlo, un dinero que pagó la Iglesia Metodista alemana. El fiscal Félix Crous pidió incorporar el crudo de la entrevista con Elena Alfaro. Cuando terminó la audiencia, quienes estaban en la sala se pararon a saludar a Bayer. Hablaron de justicia. El comentó: “¡Tanto tiempo después!”.