lunes, 17 de enero de 2011

“Me quedé sin hijos”

Con una entereza y una lucidez admirable, Soledad Davi, con sus 88 años y una historia de vida trágica a cuestas, inauguró la audiencia de testimonios. Soledad comenzó su relato con la muerte del menor de sus dos hijos, Eduardo, quien fue asesinado durante la masacre de Trelew el 22 de agosto de 1972. A partir de entonces Jorge, el mayor de sus hijos, comenzó a participar en política. Una madrugada de agosto de 1976, una patota de quince personas se presentó en el domicilio de Soledad en busca de su hijo. “Estuvieron treinta horas”, relató, y describió las humillaciones a las que fueron sometidos. Ella logró contactar por teléfono a su hijo Jorge para avisarle que no fuera y de ese modo frustró el operativo. En consecuencia, Soledad comenzó a participar de las rondas de las Madres de Plaza de Mayo y también empezaron las amenazas de muerte.

Finalmente, el 12 de mayo de 1977 una patota encontró la casa en la que Jorge vivía con su compañera Irma Sayago y el hijo mayor de ella, Pablo Miguez – Pablito-. Ese día fue secuestrado el hijo de Soledad, Jorge Capello, junto a su familia. Desde ese momento “me quedé sin hijos”, reveló Soledad y su voz se quebró. Jorge, su compañera Irma y Pablito continúan desaparecidos.

Soledad contó que el hijo menor de la pareja, Eduardo, se salvó del secuestro porque ella lo estaba cuidando en su casa. Eduardo tenía 2 años y su nombre se lo debe a su tío muerto en Trelew. Él fue criado por su abuela Soledad y hoy estuvo presente en la sala para acompañarla.

Víctor De Gennaro, histórico dirigente de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), fue el otro testigo del día. Relató cómo se enteró del secuestro de Jorge Watts y graficó el plan sistemático de persecución del que fueron objeto los trabajadores. A pesar de ello, “durante todos esos años los trabajadores resistieron”, explicó De Gennaro. También resaltó la importancia de la lucha y los testimonios de los sobrevivientes en el proceso de memoria, verdad y justicia. Además remarcó la ofensa a la que fueron sometidos durante tantos años por el sólo hecho de estar vivos: “cuando se los llevaron ‘por algo será’, cuando volvieron ‘por algo será’”.

Las audiencias testimoniales continuarán el 2 de febrero a las 10 con Gabriela Fernanda Taranto y Diana Montequín.

viernes, 14 de enero de 2011

Se reanudará en febrero el juicio oral por crímenes en "El Vesubio"

El TOF 4 de la Capital Federal había retomado el proceso durante la feria y ahora dispuso su continuidad para después del receso. El debate se encuentra en etapa de testimoniales. Son juzgados ocho ex militares por violaciones a los derechos humanos

El Tribunal Oral Federal Nº 4 de la Capital Federal retomará el próximo 2 de ferbero las audiencias de declaraciones testimoniales en el juicio oral en donde se juzga a ocho ex militares por crímenes de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino “El Vesubio”.

En el juicio se investiga la participación en esos delitos de Pedro Alberto Durán Sáenz, Héctor Humberto Gamen, Hugo Idelbrando Pascarelli, Ramón Antonio Erlán, José Néstor Maidana, Roberto Carlos Zeolitti, Diego Salvador Chemes y Ricardo Néstor Martínez.

jueves, 6 de enero de 2011

Declaró Clarisa Martínez, secuestrada junto a su madre Francoise Dauthier

Se reanudó el juicio oral por crímenes en "El Vesubio"
El Tribunal Oral Federal Nº 4 de la Capital retomó el 3 de enero  las declaraciones testimoniales. Es en el marco del debate en el que son juzgados ocho ex militares por violaciones a los derechos humanos cometdias en ese centro clandestino de detención

Durante la audiencia, declaró como testigo Clarisa Martínez.

Francoise era francesa. Era divorciada y tenía tres hijitas, María Magdalena, Natalia y Clarisa, de 18 meses, 3 y 9 años de edad. Francoise y sus dos hijas menores fueron secuestradas de su domicilio en Ezpeleta y fueron llevadas al C.C.D. El Vesubio. Allí fueron vistas por Elena Alfaro, quien cuidó a las niñas mientras torturaban a Francoise, y por Ana María DiSalvo.

Natalia y Clarisa fueron entregadas a sus abuelos. Francoise permanece desaparecida.
En el juicio, que se encuentra en etapa de testimoniales, se investiga la participación en esos delitos de Pedro Alberto Durán Sáenz, Héctor Humberto Gamen, Hugo Idelbrando Pascarelli, Ramón Antonio Erlán, José Néstor Maidana, Roberto Carlos Zeolitti, Diego Salvador Chemes y Ricardo Néstor Martínez.

domingo, 2 de enero de 2011

Ricardo Cabello, sobreviviente de El Vesubio, rescató la militancia

“Demostré que los destruidos son ellos”

A Ricardo “Yilio” Cabello lo secuestraron en Bernal el 25 de agosto de 1977, cuando tenía 15 años. Empezó a militar en la Juventud Peronista, luego en Montoneros y finalmente en el ERP. Su historia fue crucial para condenar a un penitenciario.

Por Alejandra Dandan

Dice que hay una imagen que lo persiguió en los sueños durante años. Veía a sus compañeros sentados alrededor de una mesa larga, rodeada de árboles, los platos de un asado, las caras radiantes. Las primeras siempre eran más visibles. En cada uno de los sueños aparecían las caras de los compañeros secuestrados en el Vesubio. Con el paso del tiempo, las caras se iban diluyendo pero el sueño continuó hasta que volvió a pisar las ruinas del viejo centro clandestino rodeado por aquellos árboles de los sueños. El siempre se preguntó por qué habiendo tantos árboles soñaba esa mesa anclada abajo del sol. Y todavía se pregunta lo mismo, ahora muchos años más tarde.

Ricardo Cabello perdió las pistas de muchos de esos compañeros apenas dejó El Vesubio, y entre ellos perdió a varios compañeros de su barrio. En Las Cañadas, ese espacio de tierra todavía arrasada de Bernal, no quedan más que las marcas de un territorio esquirlado por los golpes de la dictadura militar. Yilio, como le dicen a Cabello en su barrio, construyó su casa arriba de la de sus padres, el lugar donde lo secuestraron la noche del operativo del 25 de agosto del ‘77, cuando tenía quince años; el lugar hoy es una casa llena de muebles viejos pero cerrada, donde baja a trabajar con soldaduras cada tanto: cuando la superficie no queda abajo de las crecidas de las napas de agua. A unas cuadras, los sobrevivientes de las esquirlas levantaron una plazoleta en memoria de las decenas de militantes de la Juventud Peronista, de Montoneros y del ERP que vivían en el barrio y trabajaban en las fábricas vecinas. Ahora los nombres son agujeros, pero de alguna manera potencian las entrañas de las casas.

Yilio se sienta a una mesa que balconea sobre ese barrio adonde ahora hay agua y luz pero todavía no llegaron las cloacas. Todo está casi como entonces, su casa era tan pobre como ahora, los secuestradores entraron por atrás porque el dinero les había alcanzado sólo para cerrar la parte de adelante, pero no había paredes por atrás.

Su declaración de testigo en el juicio oral por los crímenes del Vesubio reforzó la acumulación de pruebas en contra del jefe penitenciario de una de las guardias. Su caso no forma parte de esta etapa del juicio, pero buscó la forma de declarar: “Tenía una promesa que cumplir –dice–: y nadie tiene la vida comprada, eso me parece fundamental y después, el deseo de poder sacarme todo esto de encima que en realidad es a medias, porque uno no se lo saca de encima”. Esa promesa era una deuda que contrajo dentro del campo con Walter Hugo Manuel Prieto –un compañero desaparecido– por una golpiza de Sapo o Saporiti: le dijo que si en algún momento lo llegaba a tener adelante, le iba a romper los huesos. El juicio lo puso adelante. Yilio no le rompió los huesos a Roberto Zeolitti, pero lo hundió.

Las Cañadas de los pobres

Yilio empezó a militar en la Juventud Peronista de contrabando porque como era chico no lo dejaban. En la casa eran cinco hermanos, el padre, la madre y una abuela. “Pasamos una infancia bastante dura, mi papá se enfermó de la cabeza, no había ningún tipo de cobertura social, sí atención en los hospitales o colegios gratis pero había que parar la olla y los remedios de mi viejo llevaban más de lo que se ganaba con toda la familia trabajando.” A los siete años empezó lavando copas en los bares hasta que se dio cuenta de que no le servía de mucho y se hizo un carrito para juntar botellas, huesos y vidrios: “Lo que viniera y zafaba mucho mejor sobre todo el fin de semana: parece mentira, serían chirolas, pero para esa época nos permitía parar un día la olla”.

El padre se había roto la cabeza de tanto encorvar la cabeza sobre el calzado. “Fue duro, pero como fue duro en este barrio que era muy humilde, por eso el trabajo social que empezó a hacer Montoneros para hablar claro, con la JP fue muy importante: le empezó a abrir los ojos a la gente que se podía organizar, que se podía mejorar su vida colaborando o trabajando con el de al lado y eso nos abrió las expectativas y cambiar la realidad que era bastante triste.”

Los padres eran chilenos pero no militaban. El que empezó a militar fue Nelson Valentín Cabello, uno de sus hermanos, hoy desaparecido: “En una familia donde hay tantas necesidades y el padre está enfermo, es muy probable que cada cual agarre para su lado, sin embargo mi hermano nos enseñó a ver la vida diferente: no vivía acá, era un plato menos, trabajaba 13 o 14 horas por día en un taller de costura de calzado, y llegaba un día sábado y se ponía el delantal de mi vieja, y para aquella época cualquiera pensaría que era trolo porque acá los tipos era unos machos bárbaros: se emborrachaban, y era normal ver correr a una mujer y el tipo atrás mamado totalmente”.

Nelson Valentín había empezado a militar en el ERP, ese espacio político al que Yilio se sumó cuando dejó Montoneros. A su hermano lo secuestraron el 9 de abril de 1976 y Yilio fue el único que fue quedando y se quedó en el barrio cuando sus compañeros empezaron a desaparecer. En 1977, la casa estaba “limpia” y era un refugio para los que volvían clandestinos a visitar a los padres.

“Su hijo es montonero, señora”

“Yo estaba durmiendo acá abajo, siento golpes en la puerta: cuando intento levantarme ya tenía dos tipos apuntándome con armas.” Serían unos diez, unos por adelante otros por atrás. Yilio tenía un reloj, le dijeron que si quería podía llevarlo: “Teníamos una sola cama, yo tenía sofá cama, y una sola pieza para dormir, y yo dormía afuera, y bueno, me puse el reloj contento, sabía lo que me esperaba, pero no que me iban a chorear ni bien pasara la puerta”.

Le pegaron culatazos afuera. Los que comandaban el operativo le dijeron a su madre: “Su hijo es montonero, señora”. Yilio pensó que se habían confundido porque él a esa altura era del PRT, pero no dijo nada. Lo pusieron en el baúl, hicieron unas paradas y en la ruta observó que estaba amaneciendo por los agujeros del baúl preparado para secuestrar. Notó unos palitos de los árboles en el suelo cuando ya estaba en lo que años después supo que era El Vesubio.

“Un lugar bastante desagradable –dice–. Llegué justo para la comida, asco daba: era arroz crudo, tenía pimentón porque era algo colorado el caldito que en realidad era agua tibia que le enchufaron al arroz, y tenía unos pedacitos de achuras: cuando me lo pusieron cerca casi me volteó, era maloliente, un asco... Yo no podía tomar líquido ni nada porque estaba muy torturado... Ahí pasé 45 días.”

No se acuerda ni del ruido de los perros, sí de vacas o que había una pileta a la que nunca vio: “Sí pájaros. Mientras yo estuve, una sola vez desinfectaron con acaroína, pero no nos sacaron afuera para nada: pasaron un trapo y otra vez la colchoneta”.

En la tortura le preguntaron por tres compañeros: Lalo Garzón, hoy desaparecido; Paulino Acosta, que hacía un par de años se había ido, y el Flaco Palito, un militante del que no sabía el apellido y nunca lograron agarrar. “Pero era un trabajo piscológico y tenían muy buena información –dice–; cuando terminaron de torturarme, habrán pasado tres o tres horas y media, como vieron que a golpes no me iban a sacar nada, no sé si no tenían un psicólogo, comienzan a hacer una tortura más bien psicológica.”

Alguien que todavía no está identificado, llamado El Vasco, sacó una pistola. Le dijo que era como Dios, que hacía lo que quería, que mataba a cualquiera.

–Yo te voy a demostrar que nosotros somos mucho más vivos que ustedes –le dijo–. ¿Vos viste que en tu barrio andan diciendo que Chaelo está muerto?

–Sí, está muerto –dijo él como para decir algo, para que no le pegaran más.

–¿Viste que sos un boludo? ¡A Chaelo lo tenemos nosotros!

–No, mentira –respondió–. Chaelo está muerto.

–¡Son unos tarados ustedes! ¡Nosotros nos reímos de ustedes! Los agarramos cuando queremos.

–Mentira: Chaelo está muerto, todo el mundo lo sabe –repitió.

–Bueno –le dijo el represor–, ahora te voy a demostrar que no está muerto.

Chaelo estaba secuestrado en El Vesubio. Cuando lo pusieron adelante de Yilio, le dijo que no tenía nada que ver. Lo abrazó fuerte y, en cuanto pudo, le dijo algo al oído: “Que no te conecten con el ERP, deciles que sos de la JP”. Yilio no sabía por dónde venía la mano: “Después entraron, me siguieron torturando un poco más y les dije que había sido de la Juventud Peronista, y pararon”. Se fueron todos menos El Vasco: “Volvió a prender la picana y me siguió torturando un poco más de diez o quince minutos sin preguntas ni nada, solamente torturándome: me habían quemado las piernas, estaba hecho hilachas, los testículos eran dos pelotas de fútbol y me dice: `Esto es para demostrarte que acá torturamos todos`”.

El final

El presidente del Tribunal Oral Federal 4 le preguntó si quería decir algo más. Y él lo dijo: “Les dije que yo era un tipo feliz, que continuaba mi militancia, que siempre había seguido militando; que formo parte de una agrupación que lleva el nombre del responsable mío en el ERP, Enrique Rolón, y que esa agrupación integra el Frente para la Victoria. Que ellos están ahí, que a mí nadie me perseguía, que eran presos, que eran reos... más o menos esas palabras porque yo considero que lo que pretendieron fue destruirme. Quise demostrarles que a mí no me habían destruido, que los destruidos eran ellos”.

martes, 14 de diciembre de 2010

“El mismo destino que los 30 mil”

Por Alejandra Dandan

Alejandro Parejo bajó de un avión primero postergado y después retrasado de Brasil y atravesó la ciudad para lograr sentarse a tiempo a declarar por primera vez sobre el secuestro y la desaparición de su mujer, Silvia de Raffaelli. Ella estuvo detenida en El Vesubio, pero él recién lo supo el año pasado, después de haber reanudado la búsqueda de la mano del Equipo Argentino de Antropología Forense. Bien, dijo Alejandro cuando le preguntaron cuál creía que era el destino de su mujer: “El destino de mi esposa no creo que sea distinto que el de unas 30 mil personas, creo que ese es el número que se maneja como desaparecidos: por eso estamos aquí, para intentar averiguarlo”.

Para 1976, Alejandro tenía unos 27 años, se había casado con Silvia, tenían dos hijos, eran maestros, habían empezado veterinaria y agronomía, pasaron a sociología, militaban en Montoneros –él en la después devastada Columna Oeste– y vivían en una casa de Villa Tesei. El 28 de diciembre a la hora de la siesta, Alejandro volvía a su casa en bicicleta y presenció el secuestro de Silvia. “Yo llegaba a casa y me pasaron dos autos: vi a una Chevy roja y creo que el otro era un Falcon oscuro, adentro había cuatro personas, y en la Chevy iban cinco: en el asiento de atrás, iba una mujer entre dos hombres que señala la casa”, contó. A él lo persiguieron. Pudo huir a la casa de sus suegros.

Después de algún tiempo, Alejandro pudo irse como refugiado del Acnur a Brasil y luego a Francia. Trabajó de camionero, de asistente en un geriátrico y terminó armado como vendedor de pieles de caballos, de conejo y de vacas con otro exiliado, un francés de las Ligas Agrarias.

El verano pasado, Alejandro se encontró a Ana María di Salvo, sobreviviente de El Vesubio. Recién entonces supo que su mujer había estado en el centro clandestino. Supo, por ejemplo, que para la Pascua del ’77 llevaron a El Vesubio un dorado a la parrilla para celebrarla.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

“Nunca más supe de mi compañera”

Por Alejandra Dandan

En el juicio por los crímenes cometidos en el centro clandestino El Vesubio, Juan Enrique Velázquez Rosano iba a declarar desde España, con su hija más grande. Pero ella nunca pudo llegar al Consulado, desde donde se hacía la conexión con Buenos Aires, porque en alguna de las fronteras internas del país tuvo problemas con sus papeles de residencia. Velázquez se sentó entonces solo a contar sobre su secuestro y el de su mujer, durante la dictadura.

A Juan Enrique Velázquez lo secuestraron el 18 de febrero de 1977 de la casa que se habían logrado comprar en Florencio Varela. En la audiencia realizada anteayer, una de las querellas le preguntó si, durante el operativo, los hombres de civil habían maltratado a sus hijos. “¿Golpeado? –dijo–. ¡No! Sólo jugaban con el de dos meses: se lo tiraban de un lado a otro.”

A él se lo llevaron unos días a un lugar que todavía llama El Infierno, y luego pasó a El Vesubio, donde pudo despedirse de Elba Lucía Gándara, su mujer, con una charla de diez minutos en el baño. El se iba y a ella, probablemente, iban a matarla, porque estaba “muy comprometida”. “Estuve dos meses hasta que me largaron –dijo–. A mis hijos no los pude ver por seis meses.” Juan Enrique es uruguayo, también lo era Lucía. “A mi compañera se la llevaron y hasta el día de hoy nunca más supe nada: me gustaría saber si se sabe algo de mi compañera –dijo al final–, me gustaría saber si está viva o está muerta.”

Tras su liberación, una vez fue a la casa de Florencio Varela, sólo para observar el estado de ruinas, el robo del televisor y de la radio, pero se fue, por el miedo. Hace años volvió con un abogado para ver qué había pasado. El nuevo dueño, un sodero, se sorprendió cuando le contó quién era, le dijo que pensó que estaba muerto y que compró la casa a la misma inmobiliaria de Florencio Varela que se la había vendido a él. La fiscalía de Félix Crous le pidió al Tribunal Oral Federal Nº 4 abrir una causa paralela: “Las derivaciones de los casos de lesa humanidad –dijo– también pueden ser delitos imprescriptibles”.

martes, 7 de diciembre de 2010

Testimonio de Noemí Fernández

“Una cosa tan brutal me rompió la vida”

Por Alejandra Dandan

Cuando la fiscalía le preguntó cuáles eran las secuelas que le había dejado el secuestro, Noemí Fernández Alvarez explicó que el cautiverio le rompió la vida: “Yo tenía veinte años, estaba estudiando y una cosa tan brutal me rompió la vida: me costó mucho superarlo. La primera vez que salí quedé muy mal psíquicamente, y físicamente tenía un estado lamentable. Durante las primeras semanas no me atrevía a salir a la calle. Mi deseo era ponerme en posición fetal, de donde deduzco que tenía una depresión brutal”.

Pasaron unos meses y volvieron a secuestrarla por unos días. Y luego, el mismo hombre que la primera vez la había liberado le dijo: o te vas del país o te matamos. Noemí se fue a vivir a España desde donde ayer declaró en la causa por los crímenes de El Vesubio: “Me tuve que venir con lo puesto y empezar de menos diez, porque el exilio no es empezar de cero: es menos que eso, uno llega a un país donde no conoce nada, viene muy mal. Y en Madrid, de hecho, estuve enferma: tuve que recibir tratamiento médico y psicológico y creo que ahora estoy increíblemente bien para lo que viví”.

Desde el consulado argentino en Madrid, esa mujer que ahora es abogada volvió a hablar de su secuestro y el de su compañero Horacio Ramiro Vivas, como lo había hecho ante la Conadep. Cuando los integrantes del Tribunal Oral Federal 4 le preguntaron si había tenido actividad política, social o cultural antes del secuestro, Noemí confirmó que no. Que finalmente la largaron porque consideraron que había caído de “garrón”.

A las 21 del 2 de junio de 1976, ella llegaba con su pareja a la casa de la calle Echeverría, en Belgrano. Irrumpieron unos hombres sin uniformes, armados, y luego de destrozar buena parte de la casa, golpearon a Horacio mientras le hacían preguntas. Al cabo de una hora se lo llevaron, ella se quedó con los tres hijos: “No me preguntaron nada, me quedé unas dos horas tratando de calmar a los niños y viendo con quién los podía dejar”. Cuando consiguió calmarlos y salió, en el zaguán se encontró a una patota. Le taparon los ojos y la subieron a un coche. Calculó que eran más de cinco personas las que se movían con ella, con otros dos autos. Ese fue el comienzo del primero de los dos cautiverios. “La marcha se hizo muy rápida, al cabo de una hora el coche se paró ante lo que supongo una verja o tranquera, y se oyó que se abría el portón.”

El Vesubio estaba a metros del cruce del Camino de Cintura y la Autopista Riccheri. Apenas llegó, la desnudaron y la sumergieron en agua helada. “Me metían la cabeza y me preguntaban el nombre de guerra. Yo resistí todo lo que pude. No sé cuánto tiempo habrá pasado cuando me ahogué y no tuve más conciencia, hasta que me doy cuenta de que estoy cerca de una chimenea, porque oía trepidar el fuego, estaba atada y me estaban reanimando.” Unas voces decían que se les estaba yendo o se les había ido. Y ella todavía siente que no sabe si estaba viva o muerta. Pasó de un sábado a un miércoles en esa inconsciencia, hasta que despertó. “Estaba aterrada, con los ojos vendados, desesperada: hablaba y preguntaba dónde estoy, qué pasa. Me dieron una paliza brutal porque ahí no se podía hablar: aprendí rápidamente que no se podía.”

En el espacio donde estaba había unas diez o veinte personas. Los ojos vendados, las colchonetas inmundas. “Había guardias, cinco o seis personas organizadas en turnos de 24 por 48 horas.” Se ocupaban de mantener vivos a los secuestrados, y de ponerlos a disposición de los torturadores, que entraban y salían del centro clandestino, llegaban en autos, despertando a los perros. “Se oía ladrar perros, recuerdo esos detalles porque estaba aterrada, creía que venían a torturarme a mí, como efectivamente me tocó en más de una ocasión.”

Noemí Fernández Alvarez mencionó la picana eléctrica, pero antes de seguir le preguntó al Tribunal si quería detalles sobre la tortura. En línea con lo que están intentando hacer algunas querellas, para las que la tortura ya está probada, el presidente del tribunal, Leopoldo Bruglia, la alentó a hacer lo que quisiera. “Tenían como un elástico –contó ella–, nos ataban los manos y pies a cada extremo, estaba totalmente desnuda, nos aplicaban picana al tiempo que nos interrogaban con golpes intercalados, amenazas, gritos, en fin, una situación espantosa. Fueron al menos dos ocasiones y luego nos dejaban tirados y maltrechos, y otra vez nos llevaban a aquella habitación donde nos tenían depositados. Pasábamos frío y hambre.”

En ese mismo lugar estaba Haroldo Conti: “Estaba muy herido, anímica y físicamente muy mal. Recuerdo el día que se lo llevaron”. Ese día, un guardia anunció el traslado de ocho personas a Neuquén: entre ellos estaban Conti y también Noemí. Pero, al día siguiente, sólo siete de los ocho se fueron: todos excepto ella. “Cuando yo desesperada pregunté por qué no me llevaban, una de las guardias menos inhumanas me dijo que me tranquilizara, que los que se habían llevado iban a ser boleta.” Noemí está segura de que Conti estaba en ese grupo. Dijo que fue el 20 de junio, se acordaba de la fecha porque era el tercer domingo de junio, Día del Padre: “Y yo sabía que Conti tenía un niño muy pequeño y pensaba en la ironía del destino, que justamente se lo llevan el 20 de junio”.

También está convencida de que, en el mismo lugar, estuvo con ella Raymundo Gleyser. Los guardias hablaban del cineasta. En el sótano había otras tres mujeres a las que llamó “las veteranas”, porque parecían llevar meses ahí: Analía Magliaro, Alicia Carriquiriborde, Alicia Delatorre.

Entre los acusados de El Vesubio, hay cinco hombres del Servicio Penitenciario, eran los guardias y están detenidos, y tres militares, que están fuera de prisión. Noemí habló de dos de ellos para dar cuenta de lo que llamó como su “rocambolesca” liberación: “Una de las guardias me dice que el Coronel me quería dar la libertad, pero el Alemán no. Me sacaron para entrevistarme, una vez con el Alemán y otra con el Coronel, que al parecer era el que más mandaba. Al final me interrogaron los dos y al tiempo me sacaron en un coche. Yo estaba aterrada, pero me decían: ‘tranquila’. Me dejaron en la calle, dijeron que me soltaron por orden del Coronel”. El Coronel es, aparentemente, el capitán Asiglia, alias el Francés, ese hombre perfumado del que hablan una y otra vez las víctimas. La bestial imagen del Alemán corresponde al penitenciario Alberto Neuendorf, alias Neuman o Hitler, que fue jefe del centro clandestino y está muerto.

En noviembre del ’76 volvieron a secuestrarla durante una semana. Y el 18 de ese mes viajó a España.