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domingo, 14 de septiembre de 2014

Ampliamos acusaciones por homicidios y delitos sexuales

El 4 de septiembre con la querella de Justicia Ya! formulamos la ampliación de acusación contra los  genocidas Gustavo Adolfo Cacivio, Néstor Norberto Cendón, Faustino Svenciones y Federico Minicucci que están siendo juzgados en este segundo tramo del juicio por los crímenes cometidos en el campo de concentración El Vesubio.

El objeto de la presentación es que los genocidas respondan no sólo por los delitos de tormentos y privación ilegítima de la libertad por los que llegaron a la instancia de juicio oral, sino también por los homicidios de 26 compañeros -entre ellos, el de Diego Guagnini, hijo de nuestra compañera Cata Guagnini- y por los delitos sexuales cometidos contra una veintena de compañeras cautivas en el Vesubio. Estos crímenes fueron revelados en el curso del juicio oral a través del testimonio de familiares y sobrevivientes.

La fiscalía, conducida por Alejandro Alagia, solamente amplió por tres homicidios y tres abusos sexuales por considerar que fueron los casos que se ajustan a los requisitos exigidos por el código procesal. Mientras nuestra querella pretende no quitar del universo a ser juzgado los crímenes en los que se tiene conocimiento por haberse hallado los cuerpo o bien porque algún compañero fue testigo del asesinato –porque vio el cadáver de la víctima, por ejemplo- , la fiscalía limita esta posibilidad, aún cuando de sus propios argumentos debió haber ampliado por todos los casos. El planteo de la fiscalía conduce a que el juzgamiento de esos crímenes sea diferido a otro juicio, para el cual habrá que esperar varios años, luego de casi cuatro décadas de impunidad.

La fragmentación surge desde la misma instrucción de los juicios de lesa humanidad. Rafecas, el juez a cargo de la investigación de El Vesubio, no permitió elevar a juicio homicidios que eran conocidos por haber sido recuperados los cuerpos por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Los tecnicismos empleados por los jueces redundan en una extorsión para los querellantes, familiares y organismos de derechos humanos, ya que la única manera de subsanar esta situación es pedir que no se inicien los juicios porque la instrucción  -la etapa preparatoria- no está completa, lo que dilata más aún los juicios. 

El tribunal Oral Federal N° 4 oyó los fundamentos de las partes y recibirá declaración a los cuatro genocidas. Ahora resta esperar por cuáles casos hará lugar a la ampliación de acusación.

La ampliación de las acusaciones como también evitar que los juicios sigan siendo fraccionados, con instrucciones eternas que afectan los derechos de las víctimas, convidado de piedra del sistema penal y garantiza la impunidad de los genocidas, solo ser revertirá con una decisión política de Estado de proceder a la apertura de los archivos y no solo valerse de el aporte de sobrevivientes, víctimas y organismos de derechos humanos.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Un genocida a casa y otro genocida de la casa a la cárcel

La Cámara de Casación revocó la prisión domiciliaria de Humberto Gamen

 La Sala IV de la Cámara hizo lugar al recurso presentado contra la concesión de esa pena a quien fuera segundo comandante de la Brigada de Infantería X, entre 1976 y 1977,
Humberto Gamen, condenado este año a prisión perpetua en el juicio por los crímenes del centro de detención ilegal el Vesubio.
 
Humberto Gamen, condenado a prisión perpetua por los crímenes del centro de detención ilegal el Vesubio. Apodado Toto o Beta, ocupó el cargo de segundo comandante de la Brigada de Infantería X, entre 1976 y 1977 y fue condenado el 16 de julio de este año a prisión perpetua en el juicio por los crímenes del centro de detención ilegal el Vesubio.

También, se confirmó la prisión domiciliaria de Hugo Pasacarelli, condenado por 156 crímenes de lesa humanidad, cometidos en el centro clandestino de detención con la disidencia del juez Borinsky. Contra la detención domiciliaria de Pasacarelli existe otro recurso de casación pendiente de resolución por la misma Sala, por haber violado la detención domiciliara a poco de serle concedida.

El Tribunal Oral Federal N° 4 (TOF), no hizo lugar a la solicitud de la fiscalía de que le fuera revocado el beneficio, y contra ese fallo la fiscalía recurrió en casación.

Pasacarelli, violó la detención domiciliaria por segunda vez, lo que motivó que la fiscalía exigió que se le suspendiera el privilegio. Esto, aún se encuentra pendiente de resolución por el TOF 4.

En rigor, la misma Sala tiene pendiente la resolución de los respectivos recursos de casación interpuestos contra la detención domiciliaria concedida a Hipólito Mariani Y Cesar Comes, ambos condenados en 2008 a la pena de 25 años de prisión por los crímenes cometidos en el centro de detención, Mansión Seré, de la Fuerza Aérea.

martes, 8 de febrero de 2011

“El sadismo era violar a embarazadas”

Elena Alfaro, sobreviviente de El Vesubio.

Siete meses estuvo secuestrada, embarazada, padeció el infierno. El responsable directo de su cautiverio, Pedro Durán Sáenz, goza todavía de libertad. Suárez Mason la dejó salir. Su parto estaba previsto para un día después.
Por Alejandra Dandan

De pronto, Elena Alfaro habló directamente con el presidente del Tribunal. “Ellos ya se habían dado cuenta: yo estaba embarazada de cuatro meses, señor presidente, mi embarazo era notorio, pero el sadismo era violarse a las embarazadas.” Y el sadismo llegó a más: “En los campos vimos lo que no tenía que verse, y el traidor fue fabricado adentro de los campos: eso es lo que pasó, señor, si vamos a decir la verdad, que sea esa.”

Elena Alfaro estuvo siete meses en El Vesubio. Es una de las pocas sobrevivientes de 1977. Su testimonio era uno de los más esperados en las audiencias que sigue el Tribunal Oral Federal 4, y el último posiblemente antes del comienzo de los alegatos. Los miedos con los que ella bajó en Ezeiza en 1985 para declarar ante la Conadep tal vez todavía expliquen que desde hace meses busca lugares alternativos a las embajadas o consulados argentinos en el exterior para dar su testimonio. Ayer declaró finalmente desde una organizacion no gubernamental en Francia. A las ocho treinta de la mañana argentina, se conectó a una computadora. Aquel hombre, Pedro Durán Sáenz, uno de los sujetos del sadismo, el jefe del centro clandestino, a quien ella llamó todopoderoso, el que se regodeó con las violaciones y a quien su testimonio duro y crudo terminó de hundir como pocas veces había sucedido, estaba ahí, sentado frente a la pantalla, con la cara semidormida y pesada rebotando contra una pared. Y peor: si Elena Alfaro hubiese declarado en Buenos Aires podría haberse cruzado con él en uno de los pasillos de Comodoro Py durante los intervalos: como sucede con los otros dos militares acusados, el jefe de El Vesubio está en libertad –como recordó ayer uno de los abogados–, está excarcelado por las garantías del debido proceso. El juez Daniel Rafecas puede detenerlo por las pruebas de Vesubio II, pero no lo hace. Afortunadamente, Elena Alfaro no se lo cruzó, porque se quedó en Francia.

El infierno

A ella la secuestraron en la medianoche del 19 de abril del ’77, a cuatro días de sus 25 años. Estaba en su casa con el camisón que meses después prestó a una de las secuestradas que iba a dar a luz. Descansaba por el estado de su propio embarazo y, aunque no lo sabía, a las cuatro de la tarde habían secuestrado a su compañero Luis Alberto Fabbri en una cita cantada. A Elena la llevaron a El Vesubio. “Me llevan a sala de torturas, escucho los gritos terribles de todo el mundo, porque ahí había diferentes salas”, dijo. Desnuda, atada de manos y piernas, la picana. Le hicieron ver las torturas de Luis, y a él las suyas: Luis estaba destrozado, dijo, “la cara hinchada y las encías sangrantes, lo atan a la misma cama conmigo, ahí pudimos hablar”.

Pudo ver las botas que había visto en la sala de torturas: las botas que eran de Durán Sáenz. Todavía tenía referencias. “Eran referencias que podíamos ir teniendo porque uno pierde los sentidos del tiempo, no sabe si es de día o de noche, no tengo idea de cuánto pasó, si oigo los gritos y reconozco las voces.”

Pasó por un régimen duro en las cuchas de mujeres: esas dos habitaciones contiguas, sin puertas y con las ventanas clausuradas, y con un gancho a la altura del zócalo de cada celda, desde donde ataban a las mujeres con cadenas. “El castigo más terrible era cuando alguno no cumplía las reglas –dijo–, había palizas para todos, y en un lugar donde la vida estaba totalmente desarticulada, si nos odiaban todos los días, vivíamos sumergidos en el odio.” Era el comienzo de la despersonalización, el momento en el que empezó a ser “O-8”.

“Esto quiero englobarlo en un pensamiento –dijo–: no fue por azar, tuvo que ver con una ideología bien determinada que permitió este tipo de genocidio, como por ejemplo buscar un lugar aislado donde estábamos separados del exterior: nadie podía ver de afuera ni nosotros el exterior.” En ese territorio “extrajurídico” se hacían a la idea de que la ley la hacían los “señores de la muerte”: el jefe del campo era el encargado de hacer la ley.

Durán Sáenz aseguraba formar parte de una elite de “contrainteligencia”: todos los que estaban ahí eran hombres de Inteligencia, de la Policía Federal, la bonaerense o del Ejército, pero la “contrainteligencia era la casta superior”. Y en esos primeros días en que estuvo supo que Durán Sáenz usaba a las mujeres como mano de obra esclava. “Siempre había una que iba y venía de la jefatura, y traía información.” En esos días, había traído a dos secuestradas del infierno: el jefe las seleccionó, dijo ella, él mismo decía que estaban muy flacas, en estado animal, él les daba de comer, las dejaba bañar y a Silvia la obligó a vivir con él. “Esa idea de traer mujeres a El Vesubio no fue por azar –explicó–: Durán Sáenz organizaba robos de autos en los camiones mosquito que transportan autos 0 K haciendo participar a mujeres, para decir que lo hacían los Montoneros”.

Los autos que repartió entre su gente le ocasionaron algún problema. Un día les cambiaron las ropas a las dos mujeres, las torturaron y las llevaron a las cuchas: en ese momento Elena las conoció, y esa misma noche, en pleno silencio, las trasladaron.

Su testimonio más que en escenas abundó en datos: mencionó a la médica y la enfermera del Hospital de Quilmes, a Elizabeth Kasemann, Héctor Oesterheld, con el que pasó los siete meses, y aclaró que mientras estuvo habrán pasado entre 2500 y 3000 personas. Habló del intercambio de prisioneros como el caso de un secuestrado de la ESMA que pusieron en la sala Q, donde llegó a visitarlo Adolfo Scilingo. También de listados que se escribían todos los días con el relevamiento de los detenidos y de la violencia sexual a la mujer.

El 18 de mayo despidió a su compañero: Luis se acercó a decirle que le habían tomado las medidas para cambiarlo de ropa y lo revisaron por las heridas. “Estábamos a casi un mes de estar ahí –dijo–, yo no entendía bien, pero él me estaba preparando para un traslado, claro que esto lo pude conocer después.” Ella vomitaba todo el tiempo. El 23 de mayo a la noche empezaron a llamar a uno por uno, a él y también a ella: “Estamos atados, nos decían que nos trasladaban de un momento a otro, se murmuraban cosas, nos dábamos aliento: estábamos todos, éramos 17. Fue a la noche. En un momento dado, se abre la puerta y grita uno, no sé quién: ¡O8 vuelve a las cuchas! O8 era yo. Y fue la última vez que los vi”.

Ellos formaron parte de la masacre de Monte Grande. Ella no: era la única embarazada del grupo. “Me volvieron a atar y a mí me agarraron unas ganas de llorar, de gritar, ya no me importaba nada y en ese momento Violeta (Irma Beatriz Sayago) se alcanzó a sacar la esposa y vino a mi cucha con un enorme riesgo y sacudiéndome me dijo: ‘Elena, date cuenta de que sos la única que tiene posibilidades de contar esto’, y eso fue como una paz y ésas son las palabras que tuve en cuenta para resistir y salvar la vida.”

A mediados de mayo empezaron la construcción de la Sala Q. A Elena la llevaron ahí. La hacían trabajar en la Jefatura: limpiar, hacer café, mate y también las ponían a hacer las listas: nombre, nombre de guerra, organización y el nombre en El Vesubio. Durán Sáenz era el jefe pero en ese momento dormía en el CRI (Central Reunión de Inteligencia) en La Tablada. Ella pasó a ser parte de sus propiedades. El 20 de junio era feriado, pero él no se fue como hacía todos los fines de semana a escuchar misa y ver a su familia: “Ese 20 de junio no se fue, yo estaba en la jefatura con Elsa, me dijo que preparara algunas ropas, me iban a trasladar, y me mete en un auto, me lleva al Regimiento de La Tablada, a su cuarto, me viola, me deja todo ese día atada a la cama”.

La dejó sin comer ni beber, atada a la cama. A la noche, dos de los guardias la devolvieron a El Vesubio. A fines de octubre, el embarazo estaba a término. En el centro había preparativos porque llegaba una autoridad de los campos: se hacía limpieza, había corridas y nervios. “¡Si no te salvás hoy que viene el jefe, no te salvas más!”, le dijo algún guardia. El jefe era Guillermo Suárez Mason. Ella se quedó en la Jefatura, escuchó que leían los nombres de la Sala Q, iban uno por uno: “Cuando llegaron a mí, escucho que dicen: ‘La tenemos acá’”. ¿Quiere verla?, le preguntaron. ¿La tabicamos? Suárez Mason la vio a cara descubierta. “Nunca olvidaré la cara de odio”, dijo ella. Suárez Mason le preguntó si sus padres sabían del embarazo, ella dijo que sí. Le preguntó entonces si no quería dejar a su hijo con una familia de militares.

“Para mí fue una pregunta trampa”, dijo Elena. Y recordó su mentira: “No señor, porque yo señor soy de educación católica, hice la escuela en María Auxiliadora y me han enseñado que la cruz tenemos que asumirla”.

La miró. Y le dio “inmediata libertad”.

Salió de El Vesubio alrededor del 2 o 3 de noviembre. Hacía mucho tiempo su médico le había dicho que la fecha probable del parto era un día después.

El testimonio continúa hoy. Elena pidió además que se declare delito de lesa humanidad a la violencia sexual hacia las mujeres.

lunes, 17 de enero de 2011

“Me quedé sin hijos”

Con una entereza y una lucidez admirable, Soledad Davi, con sus 88 años y una historia de vida trágica a cuestas, inauguró la audiencia de testimonios. Soledad comenzó su relato con la muerte del menor de sus dos hijos, Eduardo, quien fue asesinado durante la masacre de Trelew el 22 de agosto de 1972. A partir de entonces Jorge, el mayor de sus hijos, comenzó a participar en política. Una madrugada de agosto de 1976, una patota de quince personas se presentó en el domicilio de Soledad en busca de su hijo. “Estuvieron treinta horas”, relató, y describió las humillaciones a las que fueron sometidos. Ella logró contactar por teléfono a su hijo Jorge para avisarle que no fuera y de ese modo frustró el operativo. En consecuencia, Soledad comenzó a participar de las rondas de las Madres de Plaza de Mayo y también empezaron las amenazas de muerte.

Finalmente, el 12 de mayo de 1977 una patota encontró la casa en la que Jorge vivía con su compañera Irma Sayago y el hijo mayor de ella, Pablo Miguez – Pablito-. Ese día fue secuestrado el hijo de Soledad, Jorge Capello, junto a su familia. Desde ese momento “me quedé sin hijos”, reveló Soledad y su voz se quebró. Jorge, su compañera Irma y Pablito continúan desaparecidos.

Soledad contó que el hijo menor de la pareja, Eduardo, se salvó del secuestro porque ella lo estaba cuidando en su casa. Eduardo tenía 2 años y su nombre se lo debe a su tío muerto en Trelew. Él fue criado por su abuela Soledad y hoy estuvo presente en la sala para acompañarla.

Víctor De Gennaro, histórico dirigente de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), fue el otro testigo del día. Relató cómo se enteró del secuestro de Jorge Watts y graficó el plan sistemático de persecución del que fueron objeto los trabajadores. A pesar de ello, “durante todos esos años los trabajadores resistieron”, explicó De Gennaro. También resaltó la importancia de la lucha y los testimonios de los sobrevivientes en el proceso de memoria, verdad y justicia. Además remarcó la ofensa a la que fueron sometidos durante tantos años por el sólo hecho de estar vivos: “cuando se los llevaron ‘por algo será’, cuando volvieron ‘por algo será’”.

Las audiencias testimoniales continuarán el 2 de febrero a las 10 con Gabriela Fernanda Taranto y Diana Montequín.

martes, 14 de diciembre de 2010

“El mismo destino que los 30 mil”

Por Alejandra Dandan

Alejandro Parejo bajó de un avión primero postergado y después retrasado de Brasil y atravesó la ciudad para lograr sentarse a tiempo a declarar por primera vez sobre el secuestro y la desaparición de su mujer, Silvia de Raffaelli. Ella estuvo detenida en El Vesubio, pero él recién lo supo el año pasado, después de haber reanudado la búsqueda de la mano del Equipo Argentino de Antropología Forense. Bien, dijo Alejandro cuando le preguntaron cuál creía que era el destino de su mujer: “El destino de mi esposa no creo que sea distinto que el de unas 30 mil personas, creo que ese es el número que se maneja como desaparecidos: por eso estamos aquí, para intentar averiguarlo”.

Para 1976, Alejandro tenía unos 27 años, se había casado con Silvia, tenían dos hijos, eran maestros, habían empezado veterinaria y agronomía, pasaron a sociología, militaban en Montoneros –él en la después devastada Columna Oeste– y vivían en una casa de Villa Tesei. El 28 de diciembre a la hora de la siesta, Alejandro volvía a su casa en bicicleta y presenció el secuestro de Silvia. “Yo llegaba a casa y me pasaron dos autos: vi a una Chevy roja y creo que el otro era un Falcon oscuro, adentro había cuatro personas, y en la Chevy iban cinco: en el asiento de atrás, iba una mujer entre dos hombres que señala la casa”, contó. A él lo persiguieron. Pudo huir a la casa de sus suegros.

Después de algún tiempo, Alejandro pudo irse como refugiado del Acnur a Brasil y luego a Francia. Trabajó de camionero, de asistente en un geriátrico y terminó armado como vendedor de pieles de caballos, de conejo y de vacas con otro exiliado, un francés de las Ligas Agrarias.

El verano pasado, Alejandro se encontró a Ana María di Salvo, sobreviviente de El Vesubio. Recién entonces supo que su mujer había estado en el centro clandestino. Supo, por ejemplo, que para la Pascua del ’77 llevaron a El Vesubio un dorado a la parrilla para celebrarla.

martes, 7 de diciembre de 2010

Testimonio de Noemí Fernández

“Una cosa tan brutal me rompió la vida”

Por Alejandra Dandan

Cuando la fiscalía le preguntó cuáles eran las secuelas que le había dejado el secuestro, Noemí Fernández Alvarez explicó que el cautiverio le rompió la vida: “Yo tenía veinte años, estaba estudiando y una cosa tan brutal me rompió la vida: me costó mucho superarlo. La primera vez que salí quedé muy mal psíquicamente, y físicamente tenía un estado lamentable. Durante las primeras semanas no me atrevía a salir a la calle. Mi deseo era ponerme en posición fetal, de donde deduzco que tenía una depresión brutal”.

Pasaron unos meses y volvieron a secuestrarla por unos días. Y luego, el mismo hombre que la primera vez la había liberado le dijo: o te vas del país o te matamos. Noemí se fue a vivir a España desde donde ayer declaró en la causa por los crímenes de El Vesubio: “Me tuve que venir con lo puesto y empezar de menos diez, porque el exilio no es empezar de cero: es menos que eso, uno llega a un país donde no conoce nada, viene muy mal. Y en Madrid, de hecho, estuve enferma: tuve que recibir tratamiento médico y psicológico y creo que ahora estoy increíblemente bien para lo que viví”.

Desde el consulado argentino en Madrid, esa mujer que ahora es abogada volvió a hablar de su secuestro y el de su compañero Horacio Ramiro Vivas, como lo había hecho ante la Conadep. Cuando los integrantes del Tribunal Oral Federal 4 le preguntaron si había tenido actividad política, social o cultural antes del secuestro, Noemí confirmó que no. Que finalmente la largaron porque consideraron que había caído de “garrón”.

A las 21 del 2 de junio de 1976, ella llegaba con su pareja a la casa de la calle Echeverría, en Belgrano. Irrumpieron unos hombres sin uniformes, armados, y luego de destrozar buena parte de la casa, golpearon a Horacio mientras le hacían preguntas. Al cabo de una hora se lo llevaron, ella se quedó con los tres hijos: “No me preguntaron nada, me quedé unas dos horas tratando de calmar a los niños y viendo con quién los podía dejar”. Cuando consiguió calmarlos y salió, en el zaguán se encontró a una patota. Le taparon los ojos y la subieron a un coche. Calculó que eran más de cinco personas las que se movían con ella, con otros dos autos. Ese fue el comienzo del primero de los dos cautiverios. “La marcha se hizo muy rápida, al cabo de una hora el coche se paró ante lo que supongo una verja o tranquera, y se oyó que se abría el portón.”

El Vesubio estaba a metros del cruce del Camino de Cintura y la Autopista Riccheri. Apenas llegó, la desnudaron y la sumergieron en agua helada. “Me metían la cabeza y me preguntaban el nombre de guerra. Yo resistí todo lo que pude. No sé cuánto tiempo habrá pasado cuando me ahogué y no tuve más conciencia, hasta que me doy cuenta de que estoy cerca de una chimenea, porque oía trepidar el fuego, estaba atada y me estaban reanimando.” Unas voces decían que se les estaba yendo o se les había ido. Y ella todavía siente que no sabe si estaba viva o muerta. Pasó de un sábado a un miércoles en esa inconsciencia, hasta que despertó. “Estaba aterrada, con los ojos vendados, desesperada: hablaba y preguntaba dónde estoy, qué pasa. Me dieron una paliza brutal porque ahí no se podía hablar: aprendí rápidamente que no se podía.”

En el espacio donde estaba había unas diez o veinte personas. Los ojos vendados, las colchonetas inmundas. “Había guardias, cinco o seis personas organizadas en turnos de 24 por 48 horas.” Se ocupaban de mantener vivos a los secuestrados, y de ponerlos a disposición de los torturadores, que entraban y salían del centro clandestino, llegaban en autos, despertando a los perros. “Se oía ladrar perros, recuerdo esos detalles porque estaba aterrada, creía que venían a torturarme a mí, como efectivamente me tocó en más de una ocasión.”

Noemí Fernández Alvarez mencionó la picana eléctrica, pero antes de seguir le preguntó al Tribunal si quería detalles sobre la tortura. En línea con lo que están intentando hacer algunas querellas, para las que la tortura ya está probada, el presidente del tribunal, Leopoldo Bruglia, la alentó a hacer lo que quisiera. “Tenían como un elástico –contó ella–, nos ataban los manos y pies a cada extremo, estaba totalmente desnuda, nos aplicaban picana al tiempo que nos interrogaban con golpes intercalados, amenazas, gritos, en fin, una situación espantosa. Fueron al menos dos ocasiones y luego nos dejaban tirados y maltrechos, y otra vez nos llevaban a aquella habitación donde nos tenían depositados. Pasábamos frío y hambre.”

En ese mismo lugar estaba Haroldo Conti: “Estaba muy herido, anímica y físicamente muy mal. Recuerdo el día que se lo llevaron”. Ese día, un guardia anunció el traslado de ocho personas a Neuquén: entre ellos estaban Conti y también Noemí. Pero, al día siguiente, sólo siete de los ocho se fueron: todos excepto ella. “Cuando yo desesperada pregunté por qué no me llevaban, una de las guardias menos inhumanas me dijo que me tranquilizara, que los que se habían llevado iban a ser boleta.” Noemí está segura de que Conti estaba en ese grupo. Dijo que fue el 20 de junio, se acordaba de la fecha porque era el tercer domingo de junio, Día del Padre: “Y yo sabía que Conti tenía un niño muy pequeño y pensaba en la ironía del destino, que justamente se lo llevan el 20 de junio”.

También está convencida de que, en el mismo lugar, estuvo con ella Raymundo Gleyser. Los guardias hablaban del cineasta. En el sótano había otras tres mujeres a las que llamó “las veteranas”, porque parecían llevar meses ahí: Analía Magliaro, Alicia Carriquiriborde, Alicia Delatorre.

Entre los acusados de El Vesubio, hay cinco hombres del Servicio Penitenciario, eran los guardias y están detenidos, y tres militares, que están fuera de prisión. Noemí habló de dos de ellos para dar cuenta de lo que llamó como su “rocambolesca” liberación: “Una de las guardias me dice que el Coronel me quería dar la libertad, pero el Alemán no. Me sacaron para entrevistarme, una vez con el Alemán y otra con el Coronel, que al parecer era el que más mandaba. Al final me interrogaron los dos y al tiempo me sacaron en un coche. Yo estaba aterrada, pero me decían: ‘tranquila’. Me dejaron en la calle, dijeron que me soltaron por orden del Coronel”. El Coronel es, aparentemente, el capitán Asiglia, alias el Francés, ese hombre perfumado del que hablan una y otra vez las víctimas. La bestial imagen del Alemán corresponde al penitenciario Alberto Neuendorf, alias Neuman o Hitler, que fue jefe del centro clandestino y está muerto.

En noviembre del ’76 volvieron a secuestrarla durante una semana. Y el 18 de ese mes viajó a España.

lunes, 19 de julio de 2010

Prisión preventiva para otros cuatro represores del “Vesubio" por delitos de lesa humanidad

El juez federal Daniel Rafecas dictó el procesamiento y prisión preventiva de los cuatro represores a quienes responsabiliza por decenas de delitos de "lesa humanidad" cometido en ese campo clandestino de detención.

Fuentes allegadas a la investigación indicaron que la medida dispuesta por el magistrado alcanzó a los ex coroneles Federico Antonio Minicuci, Faustino José Svencionis y JOrge Raúl Crespi, junto al ex agente de inteligencia del Servicio Penitenciario Federal Néstor Norberto Cendón, alias "Castro".

La medida se tomó en el marco de la "megacausa" en la que Rafecas investiga gravísimas violaciones a los derechos humanos cometidas en la órbita del Primer Cuerpo de Ejército y que fuese reabierta tras la derogación y declaración de "nulidad insalvable" de las leyes de obediencia debida y punto final.

Los procesamientos y las prisiones preventivas fueron dictados por los hechos que tuvieron lugar en ese "centro de detención y tortura" que funcionó en el Partido de La Matanza, entre abril de 1976 y noviembre de 1978; y los represores se suman a los ocho juicio está llevando a cabo el Tribunal Oral en lo Criminal Federal Cuatro desde el mes de diciembre último.

Minicucci fue imputado por "su complicidad por los secuestros y torturas de 85 personas que permanecieron cautivas en `El Vesubio`, en función de su desempeño durante el año 1977 como jefe del Regimiento de Infantería III de La Tablada", indicaron los informantes.

"En dicho regimiento funcionó la Central de Reunión de Información (CRI), a cargo del Coronel de inteligencia retirado Jorge Raúl Crespi, quien fue detenido e imputado por el juez por los hechos que damnificaron a 102 personas que estuvieron en el centro de detención; en función de su calidad de integrante de la División II de Inteligencia", explicaron las fuentes.

Svencionis, por su parte, fue el sucesor de Minicucci, en 1978, en la Jefatura del Regimiento III de la Tablada, y el juez "lo responsabilizó por su intervención en el secuestro y tortura de 107 personas que pasaron por el centro de detención", en tanto a Cendón el magistrado lo imputó por "los mismos delitos de los que fueron víctimas 204 personas".

De acuerdo a las constancias del expediente la CRI, que funcionó en la sede del Regimiento III de La Tablada, "constituyó un eslabón fundamental en el plan de represión llevado a cabo en el ámbito geográfico perteneciente a la Subzona 11".

Rafecas recordó que esa central de inteligencia "tenía entre sus funciones la detención de personas, alojamiento e interrogatorio de detenidos, planificación y supervisión de operativos de detención; facilitación de los medios para tales procedimientos ilegales" y operaba "como reducto para la recepción de todo lo secuestrado en los domicilios de las víctimas: papeles, libros, documentación, ropa o incluso electrodomésticos".

Las víctimas "fueron sometidas a torturas en la medida en que padecieron un régimen de detención que implicaba: el tabicamiento, medios de sujeción e inmovilidad, la privación de agua y alimento, la frecuente prohibición de ir al baño, la exposición a desnudez", detalló el magistrado.

A esos tormentos, indicó el juez, se agregaba "la prohibición del habla, la amenaza constante con ser torturado físicamente, interrogatorios y en casi todos los casos, la aplicación de picana eléctrica, submarino, quemaduras o golpes; mecanismos que se encaminaban a obtener la despersonalización de las víctimas".

Entre quienes estuvieron ilegalmente privados de su libertad en "El Vesubio" se encontraban el escritor y periodista Haroldo Conti, el guionista de historietas Héctor Oesterheld y el director del cine Raymundo Gleyser, quienes permanecen desaparecidos.

jueves, 15 de abril de 2010

Cicatrizar Vesubios


Queridos amigos:

Como una forma más de difundir y apoyar el juicio a los represores de Vesubio mi querido compañero Jose Muchnik redacto el texto que adjunto.
La idea es que sea publicado en Página12 y en Miradas al Sur poco antes que yo declare. Voy a ser el primer testigo de los sobrevivientes del campo.
Si están de acuerdo con adherir al texto por favor envíen un mail poniendo en el asunto su nombre y apellido a: cicatrizarvesubio@gmail.com
El juicio comenzó el 26 de febrero y el 17 de marzo es la cuarta audiencia, hasta ahora se han leído las acusaciones a los ocho imputados, un general, dos coroneles y cinco guardias del Servicio Penitenciario Federal y todavía quedan algunas audiencias más de lectura. Luego viene la indagatoria a cada uno y después los testigos. Estimo que declararé en abril y que el juicio durará casi hasta fin de año.
Pretendemos que adhieran todos los organismos de derechos humanos, sindicatos, centros de estudiantes, entidades profesionales, artistas e intelectuales en general, profesionales y todos aquellos que apoyen esta lucha por la justicia y la memoria contra la impunidad.
Estoy a su disposición por cualquier consulta y desde ya muchas gracias.
Por supuesto se agradece la difusión entre sus amigos y conocidos.
Atentamente, Jorge Federico Watts


Cicatrizar Vesubios

La lava brotó arrasando humanidad, éticas, juventudes. Se agrietaron tierras, himnos, gargantas. Heridas a flor de historia en un país que duele bajo la piel. Cicatrices estremecidas a la menor llovizna, caricia, recuerdo. ¿Quién podía profetizarlo? Ni Discepolín en su tango más triste hubiera imaginado un genocidio argentino, palabra terrible, palabra machete, palabra picana, palabra crematorio, palabra difícil de integrar, de pronunciar, de figurar en nuestra historia: “aquí hubo un genocidio”. En este país tan bello, tan generoso, en este país de asados fraternales en el que juramos con gloria vivir, en este país en nombre de la gloria, bebés arrancados a sus madres al nacer, desapariciones y torturas, vuelos de la muerte arrojando vidas al mar. Pero ... la memoria no se hunde, no se diluye a golpes, no se esfuma en falsas cédulas de identidad, la memoria es torrente, no se detiene hasta encontrar sus propios labios, hasta pronunciar, esta mi madre, este mi padre, éste mi hermano, éstos los asesinos.

Y ahora cuesta mirarse, palparse el dolor ya maduro, mirar los juicios en primeras planas, jueces, dictámenes,banquillos de acusados, cuesta ver más allá de caras abultadas, arrugadas, inculpadas con treinta años a cuestas, y a fuerza de noticias y noticiosos las miradas se saturan, patinan sobre reflejos del horror para huir de los espejos implacables que nos dicen, este tu país, aquí sucedió lo innombrable, aquí .... Espejos que dicen a todos los humanos, en un país llamado Argentina, entre 1976 y 1983 existió una dictadura cívico militar que cometió un genocidio, que se propuso exterminar a la parte “impura” de la población, a los “zurdos de mierda”, fueran peronistas, marxistas, sindicalistas ... poco importaban sus orígenes o confesiones religiosas, cristianos, judíos o musulmanes, gallegos, japoneses, italianos, franceses ... había que extirpar del cuerpo social esas impurezas ... “negación del derecho de existencia a un grupo humano” ... ese es el mecanismo de base de los genocidios, grandes o pequeños, y así fue aquí, en esos años, en estas costas del Río de La Plata.

Nuestro Vesubio no es gloria ni orgullo, no es majestad volcánica velando ruinas de Pompeya, nuestro Vesubio una casona ya derrumbada en el camino de cintura, entre estampidas de coches y aviones amortiguando el eco de torturados alaridos. Nuestro Vesubio, chupadero, pozo, centro clandestino de detención ... eufemismos para no pronunciar lo impronunciable. ESMA, Olimpo, La Perla, Campito, Chalecito, Mansión Seré ... cientos de Vesubios en este país, cientos de cráteres eructando exterminio. ¿Para qué tantos juicios? exclaman algunos ¿Porqué no borrón y cuenta nueva? Ni esta ni ninguna sociedad podrían vivir mucho tiempo con heridas infectadas, hay que abrirlas y desinfectarlas para que Vesubios cicatricen.

Cicatrizar Vesubios, juzgar culpables, no por venganza, sí por justicia, no sólo por las víctimas, también por los culpables, para que las penas se cumplan y que las culpas se paguen
Cicatrizar Vesubios, para que la concordia nacional pueda germinar, no sobre heridas ocultas, sí sobre memorias abiertas.
Cicatrizar Vesubios, para los argentinos y para todos los humanos, para las víctimas de todas las masacres, armenios, judíos, camboyanos, rwandeses .... para decir que es posible algún día frenar la noria descargando odio ciego.

Por eso los adherentes a esta nota agradecen a todos los que han bregado a lo largo de estos años para que estos juicios sean posibles. A las asociaciones de madres, abuelas o hijos de desaparecidos, a los innumerables testigos y querellantes, algunos han pagado con su vida el testimonio, a los jueces que han consagrado su labor a desinfectar viejas heridas. Les agradecemos simplemente por ayudar a cicatrizar este país, para que se ponga de pie y camine nuevamente.

marzo 2010