martes, 21 de septiembre de 2010

Recuerdos de El Vesubio

ROBERTO GUALDI RELATO SU CAUTIVERIO

Por Alejandra Dandan

La declaración ya estaba terminando. De pronto, una abogada de la querella volvió a preguntarle por el momento del secuestro, en la casa de La Matanza donde también estaban su mujer y su hija. ¿Sabe si alguno de los secuestradores volvió?, indagó Liliana Mazzea. “Sí, un hombre volvió a hablar con mi señora”, dijo Roberto Gualdi. “En realidad, habría que preguntarle a ella porque es un tema del que no hablamos casi nunca.” Gualdi tampoco solía hablar del secuestro y nunca había declarado oralmente ante la Justicia. Ayer se sentó a dar su testimonio a viva voz ante el Tribunal Oral Federal 4.

Gualdi estuvo secuestrado unos 23 días en El Vesubio, luego pasó blanqueado a distintas cárceles comunes y permaneció preso durante nueve meses más. “Era un trasformador, sé lo que era porque soy soldador –dijo–; es básicamente lo mismo: un soldador que trabaja con dos polos”, relató ayer para explicar cómo, durante su cautiverio, fue capaz de darse cuenta cuando en el cuarto de al lado empezaba a oírse el zumbido de la picana.

Después de dos años de trabajo en Fargo, donde se convirtió en delegado, Gualdi consiguió empleo en el taller mecánico La Rueda Sola de La Matanza, adonde llegó cuando recién empezaba a militar en el Partido Comunista Marxista Leninista.

–¿Vanguardia Comunista? –quiso saber Leopoldo Bruglia, presidente del Tribunal.

–Sí, le cambiaron el nombre.

Uno de los grupos de secuestrados más importantes de El Vesubio provenía de Vanguardia Comunista. A Gualdi lo secuestraron el 18 de agosto de 1978.

En el interrogatorio en El Vesubio le preguntaron por su nombre de guerra, que no lo tenía, por el nombre de su responsable, por su militancia gremial. “Me dan picana un rato en las axilas –contó–, me golpean, les dije lo poco que sabía, me sacan de ahí, me vuelven a tirar en el mismo lugar.”

Poco tiempo después compartió la celda, la mismas esposas y una única frazada con Guillermo Lorusso, otro secuestrado. “En todo el tiempo que estuve ahí me paré una sola vez para ir al baño, en veinte días, porque para orinar nos pasaban un tacho.”

Gualdi bajó diez kilos en veinte días. La comida era bastante precaria, recordó: “En los últimos días mejor, porque fueron sacando gente y había más para repartir”.

Adentro del centro identificó a alguno de sus represores. Nombró a “El paraguayo”, que podría ser José Néstor Maidana, agente de inteligencia del Servicio Penitenciario Federal imputado en la causa. También recordó al “Correntino” y a “Fierro” o “Fierrito”.

Una vez blanqueado, Gualdi fue llevado primero a la cárcel de Devoto y luego a La Plata. Mientras estaba preso, lo juzgaron ante un Consejo de Guerra. “Nos preguntaron si éramos subversivos –explicó–, pero lo que recuerdo bien es que yo les dije que yo había sido secuestrado y que no tenía nada que decir.”

–¿Tenía un defensor? –preguntó un querellante.

–Bueno eran todos militares, había uno que decía que era defensor.

Después de su detención, Gualdi volvió a su casa porque no tenía adónde ir. Y para mantener a su familia volvió al taller donde trabajaba.

El legajo del general Héctor Gamen demuestra su participación en crímenes contra la humanidad


Un trepador identificado con el “proceso”

En ocasión de una evaluación, el represor fue calificado como un “trepador” y se destacó “su participación en todas las decisiones en que hubo que decidir el destino de los delincuentes subversivos”. Está siendo juzgado, pero sigue en libertad.
    
     
 Por Alejandra Dandan

El documento es un hallazgo, pero sobre todo una prueba fundamental. Se trata de una parte del legajo del general retirado Héctor Humberto Gamen, segundo comandante de la Brigada de Infantería X entre 1976 y 1977 y jefe de la CRI, la Central de Reunión de Información de La Tablada, el lugar desde donde operaba el corazón de la represión en la medialuna del Gran Buenos Aires, dentro de la cual se encontraba el centro clandestino El Vesubio. El extracto del legajo es del 30 de octubre de 1977, la evaluación por la que buscaban ascenderlo a general. Allí aparecen características negativas y positivas del represor ahora imputado en El Vesubio. Entre las negativas, se indica que “es un profesional que se podría llamar ‘trepador’”. Y entre las positivas, su superior inmediato, es decir el general Juan Bautista Sasiaíñ, ponderó “su participación de hecho o de asesoramiento en todas las decisiones en que hubo que decidir el destino de los delincuentes subversivos. En esto siempre estuvo en primera línea. No hay General de Brigada –continuó el informe– que no lo haya visto apretar la cola del disparador”.

Para quienes trabajan en la causa de El Vesubio, se trata de un documento clave. Pese a que son características de los represores que se conocen, explicó el fiscal Félix Crous, se accede así a revelaciones que ellos dejaron por escrito. Entre otras cosas, el informe indicó que tenía poder de decisión sobre matar o preservar la vida de un secuestrado. El material es un aporte del Ministerio de Defensa de la Nación.

Gamen era conocido por los apodos de “Toto” o “Beta”. Hoy está en libertad, y en ese estado llega cada jornada a la audiencia de los tribunales de Comodoro Py, donde se sustenta el juicio por los crímenes en El Vesubio. El informe que acaba de ser girado al Tribunal Oral Federal Nº 4 está fechado el 30 de octubre de 1977. Gamen había sido agregado militar en Bolivia, por lo que en 1975 había recibido el reconocimiento del “Castillo de Oro” de parte del Colegio Militar de las Fuerzas Armadas bolivianas. En 1976 aspiró al grado de general, pero se lo rechazaron. En 1977 se hacía un nuevo intento. La evaluación comienza indicando que tiene un promedio en el grado de 100 puntos, y en el legajo, de 98,338.

Entre los conceptos favorables, el informe resalta su “gran decisión y valor reiteradamente demostrado en la conducción de las operaciones antisubversivas. Durante dos años puso en evidencia su gran capacidad y ha sobrellevado las pruebas máximas que esta lucha plantea”. Y luego, “es actor principal en una lucha sin parangón en el siglo en el país”.

Entre los conceptos desfavorables, el informe señala: “Descuida ciertos aspectos de la conducción, por lo que los resultados no son verdaderamente positivos como aparecen. Su capacidad y eficacia se ha puesto en evidencia este año y no ha sido permanente en su carrera. Sus procedimientos y actitudes con el superior no son precisamente las que reflejan un carácter definido”. Líneas abajo, avanza sobre las razones por las que lo llaman “trepador”: “Muy amigo del superior, siempre ha estado en destinos que hacen pensar en que explotó esta situación”. Y allí, “es un profesional que se podría llamar trepador. De poco prestigio entre sus camaradas. Proclive a acercarse al superior. Su designación como agregado militar fue digitada por él mismo desde la Presidencia de la Nación, lo que después indujo a modificar su destino”. Su modalidad y forma de proceder para con los subordinados, “más que conformar la figura de un líder o caudillo, dan sensación de demagogia y poca formalidad”.

Entre rasgos negativos y otros positivos, quien tomó su defensa es Sasiaíñ, jefe de la Brigada de Infantería X, luego jefe de la Policía Federal, que le dio el espaldarazo. “Convencido de que debió ascender a general el año pasado y de la responsabilidad que me cabe en la presente circunstancia, a lo largo de todo el año he tratado de reunir antecedentes que contribuyan a redimir, si fuera necesario.” En ese contexto, solicitó a la Junta que tenga en cuenta su opinión.

“Ha prestado servicios durante dos años en la zona que por hoy es la más caliente, ello por sí solo no tendría valor, si no fuera que su desempeño es además brillante. Tiene mando, es enérgico, conduce y se juega, esto lo he evaluado no sólo a través de su trabajo de EM sino por tener a su cargo en forma directa dos unidades de Icia (Inteligencia) que ha creado en la subzona”. Y continuó: “Lo he visto actuar personalmente frente a las balas, tiene carácter y está bien identificado con el Proceso, lo que presupone incorporar al nivel superior un elemento que se integrará con el conjunto. Su responsabilidad está evidenciada a través de la eficacia que ha ejercido en su función de 2º Cte. y Jem sin delegar funciones, y la responsabilidad en la seriedad y trascendencia de sus asesoramientos. También dentro de la responsabilidad, y esto sólo ante Dios, cabe señalar su participación de hecho o de asesoramiento en todas las decisiones en que hubo que decidir el destino de los delincuentes subversivos”, un modo eufemístico de hablar de los traslados, los asesinatos y la desaparición de las víctimas.

Entusiasmado, Sasiaíñ continuó: “El cnel. Gamen no es un ‘boom’ en estos dos últimos años, su carrera es una constante”. Antes había escrito: “Su espíritu de justicia y ecuanimidad es quizá la virtud que más ha podido evidenciar ante los ojos de su cte., ello a través de la circunstancia de tener que definir la vida o la muerte de semejantes sin afectar el cumplimiento de la misión”.

martes, 14 de septiembre de 2010

Vuelve a declarar Osvaldo Bayer por el asesinato de la ciudadana alemana Elizabeth Käsemann

Una vida por la libertad y la justicia

El escritor y periodista dio detalles del caso Kasemann. Se exhibió, durante la audiencia del juicio sobre El Vesubio, un documental realizado por Bayer sobre la vida de la joven alemana secuestrada durante la última dictadura.
    
Por Alejandra Dandan

Elizabeth Kasemann nació en mayo de 1947 en un refugio antiaéreo donde funcionaba una maternidad en los tiempos del nazismo. Su padre, uno de los teólogos más importantes del país, era miembro de la resistencia antinazi. En el `68, y en medio de una relación amorosa pero tensa con su familia, Elizabeth viajó a Latinoamérica y terminó instalándose en Buenos Aires, donde su compromiso personal la llevó a involucrarse políticamente en una de las agrupaciones trotskistas y, al decir de sus padres, tiempo después, a dar la vida por la libertad y más justicia en un país amado. La mataron el 24 de mayo de 1977 en Monte Grande, en un fusilamiento fraguado como enfrentamiento con otros 15 secuestrados.

Osvaldo Bayer, sentado en la sala de audiencias de los tribunales de Comodoro Py, donde se lleva a cabo el juicio oral por los crímenes del centro clandestino de El Vesubio, asistió a la proyección del documental de la vida de Elizabeth, un material que él mismo investigó acá y en Alemania, guionó, dirigió y que se emitió en 1992 para la televisión alemana. Bayer ya había declarado en el juicio, pero ayer volvió con la película en las manos. Kasemann es una causa que impulsa el gobierno alemán a través de Pablo Jacoby, dato curioso, socio de Gabriel Cavallo, a cargo de la defensa de la dueña de Clarín en el expediente Noble. Bayer acudió como testigo a pedido de ellos.

El documental, explicó, “da importancia a cómo se trató a los detenidos y dejó al descubierto la crítica al gobierno alemán, que tardó mucho en reaccionar y estaba haciendo muy buenos negocios con la Argentina”.

En la audiencia, Bayer habló potenciado por el peso de las imágenes, amparado en el cúmulo de pruebas que demuestran la brutalidad del gobierno militar, pero además del gobierno alemán, ministros y representantes locales. Dijo Bayer que en aquel momento le parecieron “ridículas” las explicaciones que dio la socialdemocracia alemana, que aseguró que había enviado dos cartas a la dictadura argentina pidiendo información sobre Elizabeth. Como otros testigos, mencionó la relación de “complicidad” de la representación alemana local con la dictadura. Bayer mencionó uno de sus libros, donde dio cuenta hace muchos años de los préstamos de los bancos alemanes a la dictadura para la construcción de cuatro fragatas y submarinos. En Alemania alegaban que aquellos barcos habían dado “ocupación plena” en el lugar donde se hicieron. “Vender armas a una dictadura –replicó en la sala– me parece que es muy poco ético.”

En 1968, Elizabeth inició el viaje a Latinoamérica que la terminó dejando en Buenos Aires. Primero estaba “asombrada con el colorido” de Bolivia, su primera parada, donde trabajó con un pastor metodista y una monja católica y donde su curiosidad europea se fue transformando en indignación. En Buenos Aires se instaló en Barracas. Conoció a Raymond Molinier, el secretario de Trotsky, dirigente de la IV Internacional y parte de la red de organizaciones que se ocupaban de prestar ayuda a los perseguidos políticos. Elizabeth generó una relación de amistad y política con él y comenzó a militar en el Poder Obrero. Sus padres viajaron a visitarla. Con la dictadura, ella les escribió una carta en la que les dijo que a pesar del dolor y del sufrimiento que sabía que iba a provocarles, por su condición de ser humano debía permanecer en Buenos Aires.

Elizabeth trabajaba en villas, organizaba las citas, se ocupaba de conseguir documentos para los que tenían que irse al exterior. “El trabajo en los barrios pobres fue una experiencia increíble tanto para ella como para mí”, explicó a través de la pantalla Diana Houston, una amiga inglesa, que cayó detenida pocas horas después de Elizabeth y a quien el gobierno británico logró poner en un avión 72 horas después.

Sergio Bufano es otra de las voces de la película. Conoció a Elizabeth en una reunión a la que llegaron vendados. “Era para planificar la muerte de un torturador”, dijo. El operativo preveía matar al militar, que solía almorzar todos los domingos al mediodía en un restaurante con su mujer y sus hijos. Elizabeth y Sergio lo siguieron. Iban al restaurante y en esas vigilancias decidieron “boicotear” la idea de la muerte con apoyo de un tercer compañero. El día de la operación, ese compañero faltó a la cita y ante la idea de un posible secuestro la organización suspendió el operativo. “Si bien muchos de nosotros habíamos elegido la lucha armada –explicó Sergio–, no estábamos de acuerdo con la muerte.”

Sergio y Elizabeth se pusieron de novios. Cuando él decidió irse del país, ella dejó de hablarle durante una semana. Estaba decidida a quedarse. Creía que el país tenía una clase obrera poderosa –explicó su compañero–, luchadora, creía que era el país donde estaba el eje de la revolución latinoamericana y por eso se quedó. De todos modos, lo ayudó a salir del país.

A Elizabeth la llevaron secuestrada primero a la sede del I Cuerpo de Infantería donde funcionaba un centro clandestino. Ahí la torturaron. Luego llegó a El Vesubio. Diana oyó los gritos de Elizabeth en el primer destino. “Sentí olor a carne quemada y los gritos. Y un ser humano –dijo– puede olvidarse de muchas cosas, pero el olor y los ruidos permanecen.” Y luego: “Oía los gritos de Elizabeth que era sometida a la tortura, es decir corriente eléctrica, y la golpeaban y otros tormentos que no podría explicar”.

Elena Alfaro la situó en El Vesubio siete días antes del asesinato. “Venía del Infierno –dijo–, que era un lugar muy violento y terrible en cuanto a las formas de vida, con celdas en las que los compañeros respiraban por turnos por las hendijas que había por abajo de la puerta.”

Pedro Durán Sáenz, responsable del centro clandestino durante 1977, era un ferviente católico, violador de muchas de las detenidas. Alemania pidió su extradición por esta causa varias veces, desde la época del gobierno de Fernando de la Rúa. Durán Sáenz decidió someterse al juicio en Argentina. Y Alemania decidió intervenir en la causa en forma directa como querellante.

Bayer contó que durante la investigación fue al barrio a hablar con los vecinos, que muchos recordaban lo que había pasado pero no quisieron hablar. También intentó entrevistar a Durán Sáenz, “no aceptó de ninguna manera”. Bayer contó cómo fue que la familia finalmente dio con el cuerpo de Elizabeth, porque no quedó incluido en su documental. Un emisario del Ejército Argentino indicó que sabía dónde estaba el cuerpo de Elizabeth, pidió 22 mil dólares para entregarlo, un dinero que pagó la Iglesia Metodista alemana. El fiscal Félix Crous pidió incorporar el crudo de la entrevista con Elena Alfaro. Cuando terminó la audiencia, quienes estaban en la sala se pararon a saludar a Bayer. Hablaron de justicia. El comentó: “¡Tanto tiempo después!”.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Testimonio de sobreviviente de El Vesubio

“Hacíamos listados de los que entraban”

Contó que los obligaban a confeccionar listas con todos los secuestrados y que hacían cinco copias. Ubicó a la estudiante Laura Feldman, cuyos restos se identificaron el año pasado, en El Vesubio. Habló mientras el represor Durán Sáenz dormitaba abrazado a un rosario.    

 Por Alejandra Dandan

Pedro Durán Sáenz escuchaba sentado frente a la pantalla gigante de la sala de audiencias, con un rosario de color madera enredado a la mano. El jefe en 1977 del centro clandestino de El Vesubio estaba solo, sin la compañía habitual de los otros siete imputados de la causa. Se dormía. Cada tanto levantaba la vista. Frente a él, Mercedes Joloidovsky hablaba desde España, sobre la inmensa pantalla, acordándose de uno de sus guardias. Era uno que cantaba muy bien, dijo. Que tenía una voz maravillosa, que cada tanto les preguntaba a las detenidas si no se acordaban de ese tema de Víctor Heredia, entonces se ponía a cantar. “Era muy llamativo –explicó Mercedes–: escuchar ahí canciones nuestras, nos provocaba mucha angustia, encontrar ahí todo eso no era grato, él lo sabía.”

La imagen de la declaración se emitía desde el Consulado argentino en Madrid, como en los últimos dos días. Frente a ella, en esa antesala imaginaria estaba la sala de audiencias de los tribunales de Comodoro Py, las querellas, sólo dos defensores oficiales y en medio de la nada el represor. Detrás todo parecía mas vacío todavía. En el lugar reservado para el público había una persona: la hermana de Laura Feldman, desaparecida en El Vesubio.

Mercedes es la única sobreviviente del centro clandestino que podía ubicar a Laura con vida en el lugar. Por eso, la querella pidió su declaración. Laura tenía 18 años cuando la secuestraron, estaba con un grupo de estudiantes secundarios. “Cae un grupo de chicos muy jóvenes, aunque vamos –aclaró Mercedes–, más jóvenes que nosotros, entre ellos estaba Feldman, que estaba muy asustada, decía que su papá la iba a sacar, que era un cineasta, que ella no tenía nada que ver con nada. Las otras chicas estaban más tranquilas si se quiere, pero esa noche fue un gran lío, una cosa desproporcionada de gritos, de locura, de golpes, patadas.”

Laura estaba con jean, una camisa de flores, muy rubita, dijo Mercedes. La pasearon al menos por dos casas: la casa dos destinada a las torturas y la tres al alojamiento. “No la vi en el lugar de la tortura porque no podíamos”, indicó Mercedes. Sí la vio en cambio en las “cuchas”, las celdas divididas por aglomerados, donde con la llegada de las estudiantes empezaron a estar de a dos a la vez. “El primer día le habían destrozado la cara, que era lo que les encantaba destrozar de las mujeres, a los golpes, a las piñas.” También la vio en una sala donde estaba el grupo de secundarias. Mercedes se acordó porque estaba desesperada por agua, pero no las dejaban tomar nada, una de las medidas posteriores a la tortura.

Ninguno de los represores del juicio está imputado por homicidio. El año pasado, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó el cuerpo de Laura Feldman, que había sido enterrado como NN en el cementerio de Lomas de Zamora. Las querellas están pidiendo incorporar este hecho a la causa, junto con otras cuatro identificaciones como parte de las pruebas.

Mercedes era militante de Montoneros. Estuvo diez o doce días secuestrada en El Vesubio; luego pasó al “Sheraton”, en la provincia de Buenos Aires, a una comisaría de Ramos Mejía, fue juzgada por el Consejo de Guerra y quedó detenida durante tres años y cuatro meses en la Unidad 21 de Ezeiza.

La secuestraron el 23 de febrero de 1978. Primero intentaron encontrarla en la casa de los padres, como no estaba, presionaron a su padre. El terminó llevándolos a la casa de una abuela, a dos cuadras de ahí. Los militares también buscaban a Luis María Vidal, su compañero, también de Montoneros. El operativo se demoró, explicó, porque Luis María no aparecía. Finalmente lo ubicaron abajo de una cama, acababa de tragarse la pastilla de cianuro. Preguntaron por el hospital más cercano. Lo llevaron al Centro Gallego, pero al otro día ella supo durante una sesión de tortura que él había muerto.

“Me decían qué cómo nosotros que éramos cristianos habíamos hecho eso. ¿Qué cómo lo habíamos hecho si respetábamos la vida? Ipso facto –aclaró– empezaron con los golpes, ése era el respeto que tenían por la vida.”

En El Vesubio, la llevaron a la sala Q, después al primer interrogatorio que duró poco. “Bah, no seamos eufemísticos –aclaró–: lo que había ahí no eran interrogatorios, era la tortura cruda y dura, todos estábamos muy lastimados, muy desquiciados porque no sabíamos en qué momento iban a empezar otra vez.”

Cuando se lo preguntaron, detalló: “Me parece que con los hombres se ensañaron muchísimo, eran condiciones mucho más duras”. En la sala de interrogatorios ubicó al Francés, el coronel Gustavo Adolfo Cascivio, que después de muchos años de intentar descubrir quién era quedó detenido hace dos meses. “Un tipo que iba de fajina verde, con pistola, siempre muy perfumado, muy señor, muy macho él, alto, de bigotes, fornido, con el pelo muy para atrás, con anteojos de sol, sus botas muy lustradas.” Duro, dijo, malo y perverso. Detrás había otro, de más edad, con los dedos enormes. “Me decía que las piñas que había sentido eran de esas manos, que iban a hacer falta muchas manos más para ablandarme.”

Como sucede en cada audiencia, le preguntaron por la violencia sexual. “Sí”, dijo. “Cuando quedábamos desnudas en los lugares de tortura siempre había un hijo de puta que te metía una mano, que te decía: qué buenas tetas, qué buen culo. Yo no puedo hablar exactamente de violación, pero de manoseo por supuesto, no de todas, puedo hacerlo de mí y nada más.”

Mercedes declaró en 1984 ante la Conadep, y años después en el juzgado de Daniel Rafecas. En ambos casos habló de unos listados que se confeccionaron en El Vesubio. Ella fue una de la que los escribieron. “Nos hacían hacer copias mecanografiadas con todos los que entraban detenidos, eran listados, cinco copias con su carbónico adentro y ellos después les ponían a mano Cuerpo 1, Cuerpo 2, Cuerpo 3... A la quinta copia no le ponían nada, la dejaban como si fuera para el archivo.” Las listas se hacían diariamente, explicó, por la mañana, con los nombres de todas las personas que iban llegando. Se ponía nombre y apellido, zona de militancia y lugar de donde se lo llevaron. Había identificaciones del ERP, de Montoneros y también creyó que de Vanguardia Comunista, cuando llegaron los estudiantes. En alguna de sus viejas declaraciones, habló de otras identificaciones como de una letra y un número. Ayer no lo recordó.

“Lamentablemente la Justicia en este país tarda muchísimos años –dijo–: han pasado cuántos años desde que yo declaré por primera vez, ¡y ahora tanta minucia por saber si hay un numero o una letra! Si ustedes pretenden que yo me acuerde, pues no me acuerdo.”

Desde la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación le preguntaron si creía que la saña había sido más grande porque era judía: “Yo no soy judía”, explicó. “Sí, mi apellido es de origen judío, en todo caso ucraniano, pero es una confusión que también ellos tuvieron porque al principio sobre todo me lastimaban bastante mal por portación de apellido”.

Al final, Durán Sáenz volvía a estar medio dormido. “Quiero saber dónde está Luis –dijo ella, probablemente sin saberlo–, dónde está Marta, dónde está Pepe: ¡por qué no tienen los huevos suficientes para decirlo!”

martes, 31 de agosto de 2010

JUANA SAPIRE, VIUDA DE RAYMUNDO GLEYZER, DECLARO EN EL JUICIO POR EL VESUBIO

“Como eran incultos, la obra no la tocaron”

La mujer del cineasta vive en Estados Unidos y hasta ayer nunca había declarado. Contó cómo encontró el departamento sobre la calle Federico Lacroze luego del secuestro. Leyó un mensaje de Diego, el hijo de ambos. 

 Por Alejandra Dandan

Juana Sapire intentó regresar a Buenos Aires con el retorno de la democracia. Estuvo dos años, pero entonces decidió volverse a Estados Unidos. Es sonidista, ahora retirada. Era la mujer de Raymundo Gleyzer. Nunca declaró. Nunca hasta ayer, en la audiencia por los crímenes cometidos en el centro clandestino de detención El Vesubio, donde estuvo secuestrado el cineasta. Juana llegó al departamento de Raymundo poco después de la desaparición. “Se llevaron todo, arrasaron, hasta la cucharita de la azucarera se llevaron, todo se afanaron, pero como eran incultos e ignorantes se robaron el televisor, pero la obra de Raymundo no la tocaron.” Y dijo: “La obra perdura, la obra se ve y Raymundo va a seguir honrando la vida”. Y miró a los represores: “A ellos habría que preguntarles –dijo–: me gustaría mucho que ellos me digan a mí qué pasó con Raymundo, ellos lo sabrán”.

Juana entró a la audiencia vestida con la remera de Hijos, aquella con la leyenda de “Yo me pongo la camiseta por el juicio y castigo”. La había pedido unos días antes. Se sentó en el auditorio de Comodoro Py, con el pelo corto y colorado, el remerón prendido al cuerpo, en cierta forma protegido, frente a los ojos de los siete represores imputados en la causa que la seguían atentos a pocos metros de distancia.

“A Raymundo lo secuestraron el 27 de mayo de 1976 de su departamento en la calle Federico Lacroze 1935 –dijo cuando empezó–. De su casa robaron todo, pero no se llevaron las películas”, explicó. Raymundo había vuelto de Estados Unidos, días antes se la encontró para entregarle a Diego, el hijo de ambos, entonces de poco más de tres años. “No me lo llevo más a casa –le dijo entonces a Juana–. La cosa está peligrosa.”

Juana trabajó como sonidista de sus películas. Durante la audiencia, el fiscal Félix Crous le preguntó por ese trabajo. Pidió una semblanza del trabajo de cine para entender por qué la represión lo buscaba. El iba con su cámara, dijo ella, “yo con el sonido, como decía él, una idea en la cabeza, una cámara en la mano y ahí íbamos a grabar”. Retrataban y testificaban la situación de la gente, acá y en toda Latinoamérica. A los 34 años la producción de Raymundo era bastante, dijo, las películas que dejó fueron sobre los pobres de la tierra. Iban al Cerro Colorado de Córdoba, donde la gente tenía otras historias. “Lo que molestaba era la verdad, saber que uno no hizo nada malo, peligrosas eran las ideas, por eso la represión.”

Pasaban cine en las villas. “Para que vea la gente –dijo–, era cine de la base, porque la gente no iba al cine. Teníamos un proyector de 16 milímetros que era un armatoste, a veces nos iba bien, se discutía con la gente, se hacía charlas debates y a veces venía la policía y nos teníamos que ir escapados.” Como el proyector era tan pesado, solían acudir a algún compañero con auto para los traslados, que solía pasarla mal cuando llegaba la hora de las corridas. “Pero nunca dejábamos el equipo”, agregó como lo hizo durante la audiencia, como vocera de cosas que ella misma aprendió. “‘El equipo nunca se deja’, decía Raymundo.”

Metros atrás, un vidrio dividía la sala en dos partes. De un lado los abogados defensores, abogados de la querella y represores; del otro, quienes se acercan a presenciar las audiencias. Greta Gleyzer se quedó sentada en la primera fila. La hermana de Raymundo escuchaba a Juana, sentada en el mismo lugar donde ella misma había declarado semanas atrás. Estuvieron juntas cuando desapareció Raymundo. Greta contó que antes de entrar al departamento decidieron ir a la comisaría del barrio porque no querían entrar solas. El comisario le dijo entonces: “Mire, señora, tengo veinte casos de estos por día, así que mejor diríjase ante los responsables de todo esto”. Ella le preguntó: “¿A quién si no es la comisaría del barrio?”. El comisario le dijo: a las fuerzas militares, ellos son los responsables de esto. “¿Sabés qué pidieron los abogados defensores? –dice ella, ahora–. Que el tribunal averigüe si esa comisaría tuvo 20 casos por día, y el nombre del comisario.” Como si eso todavía fuese no solo necesario, sino posible.

Juana seguía sentada delante. El pelo colorado se movía una y otra vez en dirección a las sillas donde estaba ubicado Pedro Durán Sáenz, jefe de El Vesubio en 1977, y Humberto Gamen, dos de los tres militares acusados, de un grupo que incluye además a cinco penitenciarios, los únicos que cumplen prisión efectiva. “¿No me mira? –dijo en un momento a uno de ellos–. ¿Qué le pasa? ¿Está dormido?”

Hasta poco antes del secuestro, Gleyzer estuvo en Estados Unidos, le dijeron que no vuelva, pero lo hizo. El día del secuestro almorzó con su madre, contento porque había conseguido un contrato de Unesco para grabar documentales en Africa durante dos años. Pasó por Sica, el Sindicato de la Industria Cinematográfica, sus compañeros lo vieron. Luego no lo volvieron a ver.

“Raymundo era muy simpático con los vecinos”, explicó Juana. El día del secuestro, a su vecina de al lado le llamó la atención el movimiento de la casa. “Dice que había como quince de estas basuras adelante”, dijo Juana. La vecina les preguntó si había una mudanza y los represores le respondieron que sí: “Acá hay mudanza para rato”.

Gleyzer estuvo secuestrado con Haroldo Conti, gente de lo mejor, dijo su mujer, en manos de gente de lo peor. “Una vez logró entrar un sacerdote muy viejito –dijo en alusión al padre Castellani–. Conti estaba tan destruido que no pudo hacer nada por él, pero en ese momento, me contó después Greta, escuchó una voz encadenada a una pared: ‘Padre’, le dijo, ‘soy Raymundo Gleyzer, dígale a mi familia que estoy bien’.”

Diego, su hijo, no estuvo en la audiencia, pero su madre leyó una carta en su nombre. “Por culpa de ustedes me tuve que ir del país”, decía mientras mencionaba a los represores como ratas o hablaba del alma, de reencarnaciones y de posibles perdones. “El los perdonó –dijo Juana poco después–, pero yo no los perdono ni nada; él cree que en otra vida Dios los va a juzgar, yo quiero lo peor para ustedes. Tendrían que matarse solos, yo no soportaría una vida con tanta indignidad.”

Después del secuestro de Raymundo, Juana intentó alguna vez volver al departamento para buscar alguna muda, alguna cosa de su hijo. Frente al departamento solía haber algún Ford Falcon estacionado. En esos momentos, si estaba en taxi seguía de largo. “Ese mes fue como una neblina para mí”, dijo, sólo trataba de cuidar a Diego hasta que tomó un avión a Perú, el exilio más cerca, donde pasó nueve meses de “angustia total”, cada vez que le preguntaban por Raymundo.

Explicó por qué no volvió al país. “En aquella época, la de Alfonsín, era imposible estar acá. Los jueces de entonces no eran tan amables como ustedes, no nos miraban a los ojos, por eso nos fuimos”, sostuvo.

La audiencia fue breve. Juana habló de pedazos demasiados rotos de su historia. Cargó varias veces contra los represores. El TOF 4 la dejó hablar. El abogado de un represor pidió que la testigo no se burle de la defensa. “Yo no me burlé de la defensa, señores –explicó Juana en lo que por momentos tuvo una fuerza potente para lo que son las protocolares imágenes del juicio–. Lo que yo digo es que no sé cómo tenés cara para defender a esta basura.” Y siguió. Los defensores volvieron a pedir la intervención del TOF 4. El público la aplaudió del otro lado del vidrio. Juana insistió. La defensa habló de desorden. “¡Desorden vas a tener si querés esperarme afuera!”, respondió Juana. Y entonces la defensa pidió que todo conste en actas. Juana pidió la palabra.

–Todavía me falta decir algo –dijo, y se paró.

–Adelante –le respondieron.

–Compañero Raymundo Gleyzer –declaró–: ¡Presente!

En el fondo respondieron: “¡Presente! Ahora y siempre”.

lunes, 19 de julio de 2010

Prisión preventiva para otros cuatro represores del “Vesubio" por delitos de lesa humanidad

El juez federal Daniel Rafecas dictó el procesamiento y prisión preventiva de los cuatro represores a quienes responsabiliza por decenas de delitos de "lesa humanidad" cometido en ese campo clandestino de detención.

Fuentes allegadas a la investigación indicaron que la medida dispuesta por el magistrado alcanzó a los ex coroneles Federico Antonio Minicuci, Faustino José Svencionis y JOrge Raúl Crespi, junto al ex agente de inteligencia del Servicio Penitenciario Federal Néstor Norberto Cendón, alias "Castro".

La medida se tomó en el marco de la "megacausa" en la que Rafecas investiga gravísimas violaciones a los derechos humanos cometidas en la órbita del Primer Cuerpo de Ejército y que fuese reabierta tras la derogación y declaración de "nulidad insalvable" de las leyes de obediencia debida y punto final.

Los procesamientos y las prisiones preventivas fueron dictados por los hechos que tuvieron lugar en ese "centro de detención y tortura" que funcionó en el Partido de La Matanza, entre abril de 1976 y noviembre de 1978; y los represores se suman a los ocho juicio está llevando a cabo el Tribunal Oral en lo Criminal Federal Cuatro desde el mes de diciembre último.

Minicucci fue imputado por "su complicidad por los secuestros y torturas de 85 personas que permanecieron cautivas en `El Vesubio`, en función de su desempeño durante el año 1977 como jefe del Regimiento de Infantería III de La Tablada", indicaron los informantes.

"En dicho regimiento funcionó la Central de Reunión de Información (CRI), a cargo del Coronel de inteligencia retirado Jorge Raúl Crespi, quien fue detenido e imputado por el juez por los hechos que damnificaron a 102 personas que estuvieron en el centro de detención; en función de su calidad de integrante de la División II de Inteligencia", explicaron las fuentes.

Svencionis, por su parte, fue el sucesor de Minicucci, en 1978, en la Jefatura del Regimiento III de la Tablada, y el juez "lo responsabilizó por su intervención en el secuestro y tortura de 107 personas que pasaron por el centro de detención", en tanto a Cendón el magistrado lo imputó por "los mismos delitos de los que fueron víctimas 204 personas".

De acuerdo a las constancias del expediente la CRI, que funcionó en la sede del Regimiento III de La Tablada, "constituyó un eslabón fundamental en el plan de represión llevado a cabo en el ámbito geográfico perteneciente a la Subzona 11".

Rafecas recordó que esa central de inteligencia "tenía entre sus funciones la detención de personas, alojamiento e interrogatorio de detenidos, planificación y supervisión de operativos de detención; facilitación de los medios para tales procedimientos ilegales" y operaba "como reducto para la recepción de todo lo secuestrado en los domicilios de las víctimas: papeles, libros, documentación, ropa o incluso electrodomésticos".

Las víctimas "fueron sometidas a torturas en la medida en que padecieron un régimen de detención que implicaba: el tabicamiento, medios de sujeción e inmovilidad, la privación de agua y alimento, la frecuente prohibición de ir al baño, la exposición a desnudez", detalló el magistrado.

A esos tormentos, indicó el juez, se agregaba "la prohibición del habla, la amenaza constante con ser torturado físicamente, interrogatorios y en casi todos los casos, la aplicación de picana eléctrica, submarino, quemaduras o golpes; mecanismos que se encaminaban a obtener la despersonalización de las víctimas".

Entre quienes estuvieron ilegalmente privados de su libertad en "El Vesubio" se encontraban el escritor y periodista Haroldo Conti, el guionista de historietas Héctor Oesterheld y el director del cine Raymundo Gleyser, quienes permanecen desaparecidos.

martes, 29 de junio de 2010

Osvaldo Bayer declaró por elcaso de ELISABETH KäSEMANN

“Pidieron plata por el cuerpo”

El escritor y periodista se presentó como testigo en el juicio por los crímenes de El Vesubio. Habló sobre el secuestro y asesinato de la joven alemana y señaló que, durante la dictadura, ese país privilegió los negocios.
Por Victoria Ginzberg

Elisabeth Käsemann nació en Alemania. Era hija del teólogo más importante de la Iglesia Evangélica de ese país. Vino a estudiar a Buenos Aires en 1968 y trabajó en las villas miseria de Wilde, Lomas de Zamora y Retiro. El 9 de marzo de 1977 fue detenida y llevada al cuartel militar de Palermo y después al centro clandestino de detención El Vesubio. Su cuerpo apareció luego de que los militares informaran de un falso enfrentamiento. Su padre fue a buscarlo a la embajada alemana. “¿Cómo puede vivir en un país en el que hasta le cobran para retirar el cadáver de alguien que ellos mismos asesinaron?”, le preguntó Ernst Heinrich Friederich Käsemann a Osvaldo Bayer, luego de contarle que un oficial le había pedido 20 mil dólares para devolverle los restos de su hija. El escritor, periodista y columnista de Página/12 lo recordó ayer al declarar como testigo en el juicio oral por los crímenes cometidos en El Vesubio.

Bayer fue citado por la investigación que realizó sobre el caso Käsemann. Contó que durante la última dictadura se exilió en Alemania y allí recibía y difundía denuncias sobre los secuestros y desapariciones en la Argentina. Hay 72 alemanes víctimas del terrorismo de Estado, pero el asesinato de Elisabeth Käsemann tuvo fuertes repercusiones porque su padre era una persona muy conocida. Bayer hizo un documental sobre la joven que ofreció como prueba al tribunal: “Tiene valor histórico porque permite entrar en el clima de la época. Hay testimonios de gente que ya no está, como el padre de Elisabeth; hay testimonios de mujeres que estuvieron presas en El Vesubio que describen cómo se comportaba el jefe, (Pedro) Duran Sáenz. Cuentan cómo las mujeres fueron manoseadas y abusadas por los guardias y por el propio Duran Sáenz, que no sé si está acá...”.

Estaba. Y escuchaba desde su asiento. El jefe de El Vesubio está siendo juzgado junto a los represores Héctor Gamen, Hugo Pascarelli, José Maidana, Diego Chemes, Roberto Zeolitti, Ramón Erlan y Ricardo Martínez.

“Mi mejor testimonio está acá –dijo Bayer al mostrar una cajita con un CD que contenía su documental–; en historia no se puede mentir, si se miente, viene alguien con un documento y lo desmiente.” El escritor pidió que los jueces miraran la película y los abogados querellantes solicitaron que se proyectara en el momento, pero el tribunal dispuso analizar el reclamo y eventualmente pasarla en otra audiencia.

Bayer habló de la relación entre el gobierno alemán y la dictadura argentina. “Alemania tuvo un comportamiento nada democrático: venta de armas, dos submarinos...La respuesta del gobierno era que Alemania tenía que cuidar sus intereses económicos”, señaló. El columnista de Página/12 relató que fue invitado a un simposio para hablar sobre este tema, pero luego de que enviara su ponencia fue “desinvitado”. También se refirió al oficial del Ejército que atendía a los familiares de desaparecidos que iban a pedir ayuda a la embajada argentina en Buenos Aires. A principios de 1999, el Ministerio de Relaciones Exteriores alemán reconoció la presencia de este agente, que se hacía llamar “mayor Peirano”, dentro de la sede diplomática. El 7 de marzo de ese año, Página/12 reveló que Peirano era en realidad Antonio Carlos Españadero, miembro del Batallón de Inteligencia 601. Fue el propio Españadero quien confirmó su identidad en diálogo con este diario.

Bayer dio nombres de personas que habían hablado en el documental sobre Elisabeth, como Elena Alfaro, sobreviviente de El Vesubio, y la pastora inglesa Diana Houston, que era compañera de casa de Käsemann y fue secuestrada unos días después y luego liberada. “La embajada inglesa la sacó en tres días. Ella escuchó cómo torturaban a Elisabeth en el primero de Infantería”, contó el escritor.

El 26 de mayo de 1977, dos meses y medio después del secuestro de Käsemann, el entonces general, Guillermo Suárez Mason informó públicamente de un “enfrentamiento” en el que murieron 16 personas, entre ellas cuatro mujeres. Una de ellas, “Isabella Kasermann”. “Llevaron su cadáver a la embajada alemana mucho después del secuestro. Excavaron en la tumba para quedar bien con la embajada alemana”, señalo Bayer. Un médico de la embajada alemana constató que el cuerpo era de Elisabeth. Una posterior autopsia estableció que fue asesinada con disparos por la espalda a muy corta distancia. “El pastor no podía comprender tanta ferocidad”, dijo Bayer, que pidió investigar el reclamo, de parte de un miembro del Ejército (podría ser Españadero, pero no está confirmado), de dinero para entregar el cuerpo. Al referirse a este hecho, uno de los abogados de la defensa lo definió como “el impuesto”.