miércoles, 17 de noviembre de 2010

El trabajo de nombrar a los desaparecidos

Luis Fonderbrider y Patricia Berardi, del EAAF, declararon en el juicio de El Vesubio

Los miembros del Equipo de Antropología hablaron de su intervención en la identificación de cuerpos de la masacre de Monte Grande y el triple homicidio de Del Viso, dos episodios en los que había víctimas que estuvieron secuestradas en El Vesubio.

Por Alejandra Dandan

Esta vez el ingreso al infierno se hizo desde los cementerios. Los cementerios del conurbano bonaerense aparecieron como los territorios a los que se destinaba parte de los secuestrados de los centros clandestinos de la provincia. Y uno de los engranajes desde donde se operó el trabajo estructural de la desaparición. Dos integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) reconstruyeron en la sala de audiencias de los tribunales de Comodoro Py cómo dieron cuerpo y nombres a muchos de quienes permanecieron alojados en El Vesubio. Entre otros, los fusilados de la masacre de Monte Grande. Y de Laura Feldman, la estudiante del Carlos Pellegrini cuyo cuerpo fue identificado junto con otras cuatro personas tras la apertura del juicio.

Luis Fonderbrider juró decir la verdad antes de sentarse, frente a la platea vacía de los acusados: ninguno de los represores de El Vesubio estuvo en la sala. Sólo permanecieron dos de los múltiples abogados defensores, uno de ellos dedicado durante buena parte de la audiencia a leer concentradamente una novela.

Fonderbrider explicó lo que hace el EAAF, el equipo dedicado a investigar lo que sucedió con las víctimas de la violencia política en Argentina a partir del trabajo de exhumación de los cuerpos de los desaparecidos. Los destinos de las víctimas, señaló, fueron esencialmente tres: enterramientos como NN en cementerios municipales de todo el país; enterramientos clandestinos en centros de detención o áreas militares como en Santa Fe y Arana y el arrojarlos desde aviones al Río de la Plata.

En la provincia de Buenos Aires –dijo– todos los cementerios del primer cordón recibieron inhumaciones de NN. En 1987, el EAAF realizó un estudio para determinar el número aproximado de inhumaciones clandestinas en los 125 departamentos bonaerenses: quería saber si entre 1970 y 1984 había cambiado la población de personas NN en los cementerios. Para eso, pidieron información sobre el ingreso de los datos. Quince distritos no contestaron porque los libros estaban en poder de la Justicia, pero el resto de las respuestas les permitió indicar que entre ’76 y ’77 el perfil de los NN había “cambiado radicalmente”: aumentó el ingreso de NN y las edades bajaron. “Históricamente los NN eran gente mayor, que moría en vía pública o en hospitales –dijo–, eran hombres y no había causas traumáticas.” En esos dos años, en cambio, los ingresos fueron producto de muertes violentas, aumentó el número de mujeres y bajaron las edades: en total encontraron un exceso de 1100 NN con patrones diferentes a los NN históricos. “Nos hizo pensar que quedaban sepulturas por recuperar y era dificultoso porque muchos cuerpos pasaron al osario.”

El EAAF intervino en varias etapas de la investigación de El Vesubio. Entre ellas, dos casos emblemáticos: la masacre de Monte Grande y el triple homicidio de Del Viso. La llamada masacre de Monte Grande sucedió el 24 de mayo de 1977, cuando fusilaron a 16 personas en una casa del centro de esa ciudad. Los cuerpos fueron enterrados como NN en el cementerio municipal y los nombres se difundieron a través de la prensa con noticias que hablaban de la muerte de “subversivos” en un falso enfrentamiento. El EAAF trabajó en el caso a partir de 1986 a pedido de la Cámara Federal porteña. Revisaron actas de defunción, compararon los libros del cementerio y la información de la prensa. El relevamiento indicó que se había enterrado a 16 personas: 11 varones y 5 mujeres. Todos tenían sepulturas individuales. Supieron que el mismo día del entierro se los exhumó para tomar las huellas dactilares y se los volvió a enterrar, tal como lo contó durante las audiencias uno de los empleados del cementerio. A lo largo del tiempo, encontraron cierta discordancia –frecuente en otros lugares– entre los certificados de defunción y las zonas de entierro. Entre otras razones, dijo Fonderbrider, porque los procedimientos se hacían fuera de hora y sin personal adecuado. Cuando llegaron, notaron que los cuerpos ya no estaban en la zona en la que supuestamente debían estar. Según los libros, nueve se habían identificado y reconocido, pero los otros habían pasado al osario general.

El presidente del Tribunal Oral Federal 4, Leopoldo Bruglia, preguntó varias veces por esos números: eran 16, 9 se reconocieron. ¿Y los otros 7?, preguntó nuevamente. “No estaban en la sepultura –dijo Fonderbrider–, fueron trasladados al osario, lo que haría la identificación imposible: para hacer más espacio dentro del osario, a los cuerpos se los va rompiendo, se van transformando en polvo, lo que vuelve más difícil que quede algo.”

La investigación por el triple homicidio de Del Viso los condujo a uno de los depósitos judiciales de La Plata. En 1984, la Justicia había ordenado exhumaciones masivas que se hicieron de forma “acientífica”, recordó: “Las hacían los sepultureros con palas mecánicas y lo que sucedió en muchos casos es que en una bolsa había más de un cuerpo, dejaron muchos restos en las sepulturas, se mezclaron y llevaron a depósitos judiciales”. Algunos permanecieron en bolsas durante 15 años, a veces volvieron a los cementerios, a los osarios, a veces se destruyeron. Cuando el EAAF se puso a trabajar en La Plata había 100 bolsas con restos de cuerpos. Seleccionaron cinco que habían venido del cementerio de Grand Bourg, donde estaban enterrados los cuerpos. Con la información “antemorten” sobre una de las tres víctimas avanzaron: tenían características generales, sus rasgos odontológicos, las particularidades del cabello. “Seleccionamos uno compatible con Leticia Akselman –dijo–, observamos las lesiones en el esqueleto, los trazos de la fractura, el tórax, los miembros superiores, inferiores, las lesiones de los proyectiles de armas de fuego que coincidían con la autopsia.” Por las lesiones de bala, entendieron que Leticia tenía fracturas compatibles con acciones de defensa, y que recibió los disparos de la muerte cuando estaba extendida en el suelo.

También del EAAF, Patricia Berardi reconstruyó el camino de los cinco cuerpos que fueron identificados en el último tiempo: Laura Isabel Feldman, Ofelia Cassano, Generosa Fratassi, Hugo Manuel Mattion y María Luisa Martínez. Habló del funcionamiento de los dos cementerios donde aparecieron: Lomas de Zamora y Avellaneda. El primero, un lugar donde los enterramientos no se hicieron en áreas marginales, sino en todo el lugar, con fosas NN intercaladas entre las de personas con sus nombres. En Avellaneda, en cambio, tuvieron que generar un yacimiento arqueológico para trabajar sobre los cuerpos: estaban alojados en el área 134, un lugar marginal, en el extremo del cementerio, ubicado frente a Villa Corina. La zona funcionó entre abril de 1976 y septiembre de 1978, y la reconocieron por la información de los sepultureros. Les indicaron que ahí había 19 vaqueras o fosas comunes y 18 fosas individuales. Durante la dictadura se tiró abajo un paredón para que los camiones pudiesen ingresar directamente. Los cuerpos se arrojaban de forma invertida para que entrara más cantidad. La vaquera más grande contenía hasta 32 cuerpos: “Pasado un año, un mes o un día, todavía no se puede saber –dijo–, se volvía a abrir para colocar otro cuerpo, por eso son lugares con más de un momento de depósito”.

martes, 16 de noviembre de 2010

Una escuela de Sarandì llevará el nombre del Negrito Avellaneda....


...cuando nadie se acuerde de los represores, cuando nadie sepa ya el nombre del General de la Nación Santiago Omar Riveros cuando ni polvo quede del hueso de tus míseros asesinos, todavía en la Argentina se acordarán de vos, el Negrito Avellaneda, y habrá plazas y habrá escuelas con tu nombre.

Existe en Sarandí, más exactamente en la calle Luis María Campos 2964, una escuela primaria que lleva un nombre de otra época, de los años del lobo cuando los hombres cazaban niños y mujeres y hombres y ancianos para golpearles y torturarlos, para asesinarlos y desaparecerlos; esa escuela se llama hasta hoy nada menos que Policía Federal Argentina.

Pero los tiempos cambian y hoy es tiempo de juicio, de justicia y de memoria, de verdad y de reivindicación y los niños y las maestras de la escuela del nombre que no nombramos fueron un día a Vicente López a la escuela de un niño asesinado por la dictadura y se conmovieron con su historia y también los niños de Sarandí escribieron poemas y mandaron cartitas a Floreal Avellaneda, el Negrito que volvió con la condena a Riveros, Verplaetsen y sus cómplices.

En diciembre del año pasado, en asamblea, los niños, los padres y los maestros de la escuela de Sarandì decidieron cambiar de nombre y por votación decidieron llamarse Foreal Negrito Avellaneda.

O sea decidieron dejar de llamarse Policía Federal Argentina para llamarse Floreal Avellaneda. Hace falta decir algo más? Si, que el acto será el 30 de noviembre a las 10 hs.en Luis María Campos 2964 de Sarandi y que en nombre de la familia Avellaneda y de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre los queremos invitar a saludar a estos niños y festejar con ellos el nuevo nombre que es todo un símbolo del país que amenaza nacer en estos días.

Y por las calles polvorientas de algún barrio pobre del Gran Buenos Aires, los niños correrán con un globo rojo en la mano y una remera que diga tu nombre..O sea, el Negrito Vive

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Liga Argentina por los Derechos del Hombre

martes, 9 de noviembre de 2010

Amplian la acusación a 8 represores de El Vesubio

La fiscalía en el juicio oral contra ocho represores que actuaron en el centro clandestino de detención de El Vesubio amplió hoy la acusación y les imputó cinco nuevos homicidios agravados.

El pedido del fiscal Félix Crous recayó sobre los acusados Robert Carlos Zeolitti, Ramón Erlán, Humberto Gamen, Pedro Durán Saenz, Hugo Pascarelli, José Maidana, Diego Chemes y Ricardo Martínez, por los homcidios agravados en perjuicio de Ofelia Cassano, Generosa Fratassi, Hugo Manuel Mattion, María Luisa Martínez y Laura Isabel Feldman.

Los cuerpos de la víctimas, asesinados fraguando enfrentamientos, habían sido enterrados clandestinamente como NN en los cementerios de Avellaneda y Lomas de Zamora y fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense con posterioridad al inicio del juicio.

Fratassi y Martínez eran partera y enfermera del hospital Iriarte de Quilmes, que fueron secuestradas porque avisaron a la familia de una secuestrada en el Pozo de Quilmes que había sido llevada a dar a su luz a su hija en ese hospital, por una comisión policial encabezada por el médico policial Héctor Vergéz.

El nacimiento de la niña fue tachado del libro de partos y nunca se expidió cédula de defunción ni se supo del cadáver de la niña, que uno de los menores reclamados por las Abuelas de Plaza de Mayo

viernes, 5 de noviembre de 2010

Una partera y una enfermera secuestradas después de atender a una desaparecida

“Le contaron a la familia”

El doctor Justo Blanco atendió el parto de la desaparecida Silvia Isabella Valenzi, que estaba secuestrada en el Pozo de Quilmes. La partera y la médica que avisaron a su familia del nacimiento de una niña fueron llevadas a El Vesubio.
   
Por Alejandra Dandan

El aún es médico especialista en obstetricia. La persona que en 1977 atendió en el Hospital Isidoro Iriarte de Quilmes a una parturienta secuestrada en el Pozo de Quilmes. El hombre que le impidió a un grupo de tareas entrar a la sala de parto, que logró saber que se llamaba Silvia Mabel Isabella Valenzi y las condiciones del secuestro. Que ayudó a nacer a una niña, que denunció lo que sucedió y luego sufrió las consecuencias con la explosión de una bomba en la puerta de su casa. Es el doctor Justo Horacio Blanco. Durante su relato en los Tribunales de Comodoro Py lloró, y les arrancó lágrimas hasta a los guardias.

El caso del hospital de Quilmes es uno de los nudos del juicio oral por los crímenes del centro clandestino de El Vesubio. El 1º de abril de 1977, una patota encabezada por el médico policial Jorge Antonio Bergés llevó a Silvia Mabel Isabella Valenzi a dar a luz por un parto prematuro. Dos empleadas del hospital avisaron clandestinamente a su familia que ella estaba en ese lugar. Eran la partera Genoveva Fratassi y la médica María Luisa Martínez de González; ambas terminaron en El Vesubio. Blanco declaró en el marco de esa causa, como lo había hecho otras veces incluso en los Juicios por la Verdad.

“Ubico el caso y ubico las circunstancias”, respondió dedicadamente al juez Leopoldo Bruglia a cargo del Tribunal Federal Oral Nº 4. “Yo era médico de guardia, obstetra –dijo–. Un lunes entra en la maternidad un grupo de policías encabezado por el médico de policía Bergés, a quien conocía de antes por mi especialidad. Traían una detenida en franco trabajo de parto.”

“Eran las once de la noche, aproximadamente. Bergés se fue de inmediato, quedaron algunos policías que quisieron entrar a la sala de partos y yo me opuse porque es un medio quirúrgico y no correspondía. Extrañamente para esos tiempos, me hicieron caso y pudimos tomarle declaraciones como corresponde para hacer la historia clínica.”

La mujer le dijo entonces quién era, le explicó que estaba “detenida”, con un embarazo de siete u ocho meses. Blanco la revisó, la encontró con ocho centímetros de dilatación. “Le pregunté si había sido torturada y me dijo que sí, y colegimos que debido a esas torturas se adelantó el parto.” Isabella dio a luz una nena de 1,800 kg, ostensiblemente prematura, dijo él, por lo cual la pusieron en Neonatología. “Después la internamos en una sala de puerperio, de inmediato fue acompañada por los policías. Ese día hubo mucho trabajo, no dormimos –explicó–, entonces vi cuando se la llevaban, a las pocas horas, en la caja de una camioneta no identificada.”

Sólo dos o tres personas lo oían desde la parte de atrás de la sala, el espacio destinado a un público que en el caso de El Vesubio suele estar ganado por el vacío. En medio de la nada con dos o tres personas, lloraba una mujer policía. “Dicho hecho sucedió en las primeras horas de la mañana –agregó–, yo mismo le informé por igual al director del hospital y al jefe del Servicio, el doctor Iriarte, ya fallecido, y el doctor Oscar García, también fallecido.”

Blanco tuvo tiempo de decir algo más. “Debido a mis declaraciones anteriores, los represores que por supuesto quedaron me pusieron una bomba que me voló el frente de mi casa; fue 1987, afortunadamente –dijo llorando– no estaban mis hijos ahí.”

Las querellas hicieron pocas preguntas. “Este hecho es el único que hubo en el hospital en el que trajeran a una parturienta, esto va por mi opinión –explicó–, pero creo que la intención era apoderarse de ese recién nacido que necesitaba atención de Neonatología para sobrevivir, porque era un caso delicado, los otros no necesitaban atención especial.”

También habló de las otras dos mujeres. Explicó que conoció a las dos. Dijo que, según sus datos, pocos días después fue detenida Genoveva, cree que en el hospital. “Y el informe que también tengo es que ella y la obstetra se encargaron de informar a la mamá de la chica que ella había tenido un parto en la maternidad.”

¿Que pasó con la beba?, le preguntaron. “La beba es un misterio para mí”, dijo él. “Sé que desapareció, sé también que no hubo certificado de defunción y sé que no hubo cuerpo al que velar. Qué pasó, no lo sé. En algún momento he preguntado a alguna de la gente de Neo de ese tiempo, me dijeron que había fallecido por su misma prematurez, pero no tengo ningún conocimiento que me avale esa afirmación.”

martes, 12 de octubre de 2010

Un bombero recogió dieciseis cuerpos


Era común ir a buscar cadáveres”

 Por A. D.

Daniel Aníbal Cassimelli casi no habla. Tiene un tatuaje del Che Guevara estampado bajo un remerón, pero nadie lo advierte. Los integrantes del Tribunal Oral Federal 4, que juzgan los crímenes cometidos en el centro clandestino El Vesubio, lo ametrallan a preguntas. Intentan pedirle detalles sobre qué pasó ese amanecer de mayo de 1977 cuando alguien llamó al Cuartel de Bomberos de Monte Grande, donde él permanecía como bombero voluntario, para ordenarles que fueran a levantar dieciséis cadáveres de una casa en el centro de la ciudad.

“Era la época de la subversión –dijo–, lo común era ir a buscar cadáveres a las casas o Ezeiza.” Hasta ahora nunca había declarado. Durante la última dictadura era bombero voluntario del cuartel de Monte Grande y trabajaba durante el día en el Centro Atómico de Ezeiza. Le tocó cargar el cuerpo de Silvio Frondizi cuando lo llamaron para decirle que lo retire de los bosques de Ezeiza, y caer en el interior de una casa del Camino de Cintura a buscar otros tres muertos de la represión. “Yo vivía en el cuartel, estaba en Monte Grande y esa mañana nos llaman para ir a levantar los cadáveres”, indicó. Estaba a unas quince cuadras de la casa del bulevar Buenos Aires, donde se había producido la masacre.

Cuando los llamaron estaba amaneciendo. En el lugar se estaba yendo una patrulla militar con hombres con ropa de fajina y armas. De pocas palabras, Cassimelli habló frente al pelotón de penitenciarios acusados por el juicio. En la parte trasera, en cambio, la sala estaba casi vacía habitada por un minúsculo grupo de visitantes.

“Lo que vimos eran cadáveres adelante, en la parte del jardín, en la casa y en el fondo”, indicó. Los cuerpos que estaban en el jardín eran dos o tres, señaló, ubicados adentro de un Ford Falcon, abajo de un árbol al que recordó como un gran pino. Adentro de la casa había un living y algunas habitaciones. En el living había dos o tres cuerpos y en las habitaciones otros. Los primeros cuerpos estaban entre un sillón y una mesa ratona donde todavía había una botella de ginebra. “Adentro no veo armas –dijo–, en las paredes había impactos de bala y pequeños pedazos de vidrio en el piso, sí me acuerdo de que el hall principal era rojo de sangre.”

En total, explicó, eran dieciséis cuerpos: diez hombres y seis mujeres. Los cuerpos tenían heridas de bala. Incluso los del fondo tenían disparos en el frente y en la espalda. Los militares difundieron en aquel momento el episodio como producto de un enfrentamiento. Pero Cassimelli señaló que no hubo muertos de parte de los militares, ni nadie que se retirara en ambulancia.

Cassimelli salió del salón de audiencia. Hablaba de que también él tenía parientes que habían desaparecido. De los muertos en Ezeiza. Y de una idea que habían tramado con uno de sus compañeros: “Tuvimos ganas de poner un cartel que dijera prohibido tirar cadáveres”.

domingo, 10 de octubre de 2010

Testimonio por la desaparición de Pablo Miguez, secuestrado a los 15 años



“No se sabe nada de lo que pasó con Pablo”

En la causa que investiga los crímenes cometidos en El Vesubio, Lila Pastoriza relató su encuentro con Míguez en la ESMA: “Me contó que lo habían torturado delante de su madre para que ella diera los datos de una hipoteca o una casa que tenían”, dijo.

 Por Alejandra Dandan

“No es que haga diferencias pero es un caso especial”, dijo Lila Pastoriza. “A 33 años no se sabe nada de lo que pasó con Pablo, nunca nadie dijo nada. No sé por qué razón lo llevaron por distintos campos, si es que estaba tomada una decisión, si la estaban retardando. Lo sometieron a un deambular por los centros clandestinos, hay puntas para investigar qué pasó con él, hay gente que lo decidió y gente que lo ejecutó, que eran los dueños de la vida. Que hablen, no porque eso vaya a resolverlo, sino que permitiría avanzar con el conocimiento de la verdad. Si la conciencia les pesa, decirlo los va a aliviar.”

Lila Pastoriza es una de las sobrevivientes de la ESMA. Ya había declarado en el juicio por los crímenes en el centro clandestino de los marinos, pero el miércoles pasado la convocaron como testigo en la sala donde se investigan los crímenes del Vesubio. Pablo Míguez es el adolescente de 15 años secuestrado el 12 de mayo de 1977, a la madrugada, de una casa de Avellaneda. Lo secuestraron con su madre Irma Beatriz Sayago o Violeta como la llamaban en el centro, y Jorge Antonio Capello, su compañero. Pablo pasó varios meses en El Vesubio, y seguramente después del 10 de agosto, tras un traslado masivo, lo llevaron a la ESMA, dijo Lila. Ahí estuvo aproximadamente un mes y medio en Capuchita, al lado de Lila, y frente a los gritos de la sala de torturas.

Capuchita era el espacio de los secuestrados del GT3 de la ESMA y de los grupos operativos que estaban vinculados con ellos. Lila era una secuestrada de la Marina y había sido detenida por el SIN, estaba ahí con otros compañeros. En un lugar bastante precario, dijo, con veinte cuchetas, tabiques con colchonetas y dos cuartos de interrogatorios o torturas. Cuando no estaba en funcionamiento, es decir, cuando, como ellos decían, “no estaban trabajando”, los cuartos se usaban para que los detenidos sometidos como mano de obra esclava hicieran trabajos de archivo con los diarios. Lila era una de ellos. El 10 de agosto, contó, hubo un gran traslado que por diversas razones no va a olvidar. Llegaron otros grupos con detenidos de la Aeronáutica, en un escenario “terrible con situación de constantes picanas”, picanas móviles y el guardia que trajo a Pablo se paró delante de Lila, frente al cuartito, y le dijo algo así como: “Mirá a lo que hemos llegado”. Le levantó la capucha a Pablo. “Era flaco, alto, esmirriado, y estaba con ropa un poco rosa, por eso al principio pensé que era una chica.”

En ese mes y medio Pablo habló mucho. En general lo dejaban hablar, explicó, le pusieron un tabique blanco, y decían que eso era de la gente que iba a ser liberada. No lo torturaron, no lo interrogaron. En verdad nadie habló con él en todo el tiempo que estuvo, señaló. “No tenía interrogador, aunque siempre era mejor tener a alguien, aunque más no sea para hablar. Bah, teníamos dueño.”

En la ESMA, Pablo hablaba con alguno de los guardias. Entre ellos, Lila mencionó a Chispa. “Lo que pedía –dijo– era que lo lleven con su papá, que no era un militante político.”

Durante la estadía, cuando podían hablar, Pablo le contó a Lila de El Vesubio. De su secuestro, del hermano del compañero de su madre, también de apellido Capello, que había sido uno de los militantes del ERP ejecutados de Trelew. Le contó, además, que tenía otros dos hermanos. Que el día del secuestro habían levantado a la madre y su pareja, pero que luego también volvieron por él, que estaba más arriba. Apenas llegaron a El Vesubio, recordó, estaban torturando a su madre, a Capello y a Luis, otro secuestrado con ellos.

Además, le dijo, lo dejaban andar por ahí, aunque no sabía por qué. Le dijo que no se despidió de su mamá, que la madre estaba en la cocina donde se hacía el café a los represores. Sí le contó que “la tortura era constante”, que la comida era muy mala. “No sé si era flaco porque siempre fue flaco o porque estaba mal. Me habló de la enfermería, que era un lugar en el que torturaban, que había más de una casa y me dijo: ‘A la gente la matan’.” En ese momento, Lila le preguntó cómo lo sabía, y él le dijo que era porque había leído en un diario la noticia sobre los muertos en el falso enfrentamiento de Monte Grande. Y le aclaró que eran todos los que estaban con ellos.

“Era un chico muy alegre, tremendamente vivaz”, dijo. “Sabía dónde había estado y dónde estaba, a mí nunca me contó detalles de lo que había vivido ahí adentro, lo que sí me contó es que lo habían torturado delante de su madre para que ella diera los datos de una hipoteca o de una casa que tenían. Yo me puse tan mal que me dijo: ‘Calmate, no me dolió tanto...’.”

Pablo tenía pesadillas, soñaba con la madre. “No había visto yo casos de este tipo –dijo–, uno se acostumbra a muchas cosas, pero ésta era una situación de un chico que además aparecía más chico.”

Un día de finales de septiembre la levantaron para llevarla al baño. Estaba tabicada. A la vuelta vio que se abría una puerta y uno de los “Pedros”, los encargados de la seguridad, alguien que en este caso mencionó como “Pedro Willy”, se lo llevó de la mano con el tabique puesto. Fue la última vez que lo vio. “Era un día de varios traslados, pero no era un día de traslado masivo, como alguna vez creí, porque esos días no me llevaban al baño, se habían llevado a tres o cuatro, y generalmente era para llevarlos a otro centro clandestino o iban a ser liberados, pero nosotros nunca lo sabíamos.”

Lila quiso pensar que lo habían liberado, contó, pero el día antes de declarar ante la Conadep, alguien le dio un volante con la cara de Pablo que decía que no había aparecido nunca.

En la audiencia, mientras los querellantes le preguntaban, Lila, que investigó qué pasó antes y después con la vida de Pablo, señaló otros detalles de la estadía de él en El Vesubio. Entre otros casos, que a la noche lo llamaba el jefe para jugar al ajedrez. “Que los guardias eran muy bravos, después supe que había visto cuando violaban a su madre y, por comentarios del GT3, supe que había un lugar terrible que le decían La Ponderosa, por las cosas que pasaban ahí adentro, y mucho tiempo después supe que La Ponderosa era El Vesubio.”

Otro sobreviviente del centro clandestino ubicado cerca del cruce entre Camino de Cintura y la Ricchieri ubicó a Pablo más tarde en la comisaría de Valentín Alsina, en Lanús. El ex secuestrado era Juan Farías, a quien terminaron legalizando más tarde en la cárcel de La Plata. El ingreso de Pablo en Valentín Alsina coincidió con la legalización de otro detenido que estaba ahí. La comisaría aparentemente era eso, uno de los lugares que se usaban para blanquear detenidos. Juan Farías tiempo después le contó a Lila que a Pablo lo llevaron ahí, que estaba muy bien, muy entero, convencido de que iba a salir en libertad y que cuando él se fue todavía estaba adentro.

Entre las personas a las que Lila dice que todavía hay que buscar está el cabo Pino, de la comisaría de Alsina. Era una de las personas que más los maltrataban, contó; en ocasiones los hacía comer con las manos atadas en la espalda mientras él les ponía la comida en la boca.

jueves, 7 de octubre de 2010

“A éste no hay que tocarlo porque es sobrino de un obispo”

Osvaldo tenía 17 años cuando lo secuestraron de su casa en Paraguay y Laprida. Eran los primeros meses de 1978. Osvaldo regresaba del colegio el día en que le pusieron un arma en la cabeza, lo esposaron, le vendaron los ojos y lo subieron a un camión en que “había más gente”, según declaró en la audiencia de hoy, ya que según él, “iban levantando a la gente de la zona”.

En el CCDT, contó que estaban “como animales”, tirados en el piso sin bañarse y orinando en una lata con los gritos de las torturados de fondo.

También hizo referencia al ensañamiento que existía sobre las personas con apellidos judíos.

El recuerdo del Mundial de Fútbol Argentina ‘78 estuvo presente a lo largo de todo su relato: “Los argentinos estaban de fiesta”, recordó Osvaldo y agregó que, para los detenidos, la época del mundial “fue terrible”.

También hizo referencia a la noche en la que se estaba festejando la victoria en el mundial y “se decidieron los traslados”. “La famosa noche que gana la Argentina, decidieron a quién legalizarían y a quién no” indicó.

También contó sobre su salida del CCDT y el proceso de legalización: regimiento militar, comisaría, cárceles y Consejo de Guerra.

Osvaldo detalló también sobre lo doloroso que le resultó su posterior exilio y atribuyó a su tío, obispo de la ciudad correntina de Goyael, el hechos de haber sobrevivido: “A éste no hay que tocarlo porque es sobrino de un obispo”, contó que escuchó decir a miembros de la patota. De acuerdo a sus apreciaciones, la intervención de monseñor Pío Laghi y la entrevista de su tío con Videla y otros militares fueron determinantes.

Las audiencias continuarán la semana que viene, los días lunes, martes y miércoles desde las 10 de la mañana.