viernes, 5 de noviembre de 2010

Una partera y una enfermera secuestradas después de atender a una desaparecida

“Le contaron a la familia”

El doctor Justo Blanco atendió el parto de la desaparecida Silvia Isabella Valenzi, que estaba secuestrada en el Pozo de Quilmes. La partera y la médica que avisaron a su familia del nacimiento de una niña fueron llevadas a El Vesubio.
   
Por Alejandra Dandan

El aún es médico especialista en obstetricia. La persona que en 1977 atendió en el Hospital Isidoro Iriarte de Quilmes a una parturienta secuestrada en el Pozo de Quilmes. El hombre que le impidió a un grupo de tareas entrar a la sala de parto, que logró saber que se llamaba Silvia Mabel Isabella Valenzi y las condiciones del secuestro. Que ayudó a nacer a una niña, que denunció lo que sucedió y luego sufrió las consecuencias con la explosión de una bomba en la puerta de su casa. Es el doctor Justo Horacio Blanco. Durante su relato en los Tribunales de Comodoro Py lloró, y les arrancó lágrimas hasta a los guardias.

El caso del hospital de Quilmes es uno de los nudos del juicio oral por los crímenes del centro clandestino de El Vesubio. El 1º de abril de 1977, una patota encabezada por el médico policial Jorge Antonio Bergés llevó a Silvia Mabel Isabella Valenzi a dar a luz por un parto prematuro. Dos empleadas del hospital avisaron clandestinamente a su familia que ella estaba en ese lugar. Eran la partera Genoveva Fratassi y la médica María Luisa Martínez de González; ambas terminaron en El Vesubio. Blanco declaró en el marco de esa causa, como lo había hecho otras veces incluso en los Juicios por la Verdad.

“Ubico el caso y ubico las circunstancias”, respondió dedicadamente al juez Leopoldo Bruglia a cargo del Tribunal Federal Oral Nº 4. “Yo era médico de guardia, obstetra –dijo–. Un lunes entra en la maternidad un grupo de policías encabezado por el médico de policía Bergés, a quien conocía de antes por mi especialidad. Traían una detenida en franco trabajo de parto.”

“Eran las once de la noche, aproximadamente. Bergés se fue de inmediato, quedaron algunos policías que quisieron entrar a la sala de partos y yo me opuse porque es un medio quirúrgico y no correspondía. Extrañamente para esos tiempos, me hicieron caso y pudimos tomarle declaraciones como corresponde para hacer la historia clínica.”

La mujer le dijo entonces quién era, le explicó que estaba “detenida”, con un embarazo de siete u ocho meses. Blanco la revisó, la encontró con ocho centímetros de dilatación. “Le pregunté si había sido torturada y me dijo que sí, y colegimos que debido a esas torturas se adelantó el parto.” Isabella dio a luz una nena de 1,800 kg, ostensiblemente prematura, dijo él, por lo cual la pusieron en Neonatología. “Después la internamos en una sala de puerperio, de inmediato fue acompañada por los policías. Ese día hubo mucho trabajo, no dormimos –explicó–, entonces vi cuando se la llevaban, a las pocas horas, en la caja de una camioneta no identificada.”

Sólo dos o tres personas lo oían desde la parte de atrás de la sala, el espacio destinado a un público que en el caso de El Vesubio suele estar ganado por el vacío. En medio de la nada con dos o tres personas, lloraba una mujer policía. “Dicho hecho sucedió en las primeras horas de la mañana –agregó–, yo mismo le informé por igual al director del hospital y al jefe del Servicio, el doctor Iriarte, ya fallecido, y el doctor Oscar García, también fallecido.”

Blanco tuvo tiempo de decir algo más. “Debido a mis declaraciones anteriores, los represores que por supuesto quedaron me pusieron una bomba que me voló el frente de mi casa; fue 1987, afortunadamente –dijo llorando– no estaban mis hijos ahí.”

Las querellas hicieron pocas preguntas. “Este hecho es el único que hubo en el hospital en el que trajeran a una parturienta, esto va por mi opinión –explicó–, pero creo que la intención era apoderarse de ese recién nacido que necesitaba atención de Neonatología para sobrevivir, porque era un caso delicado, los otros no necesitaban atención especial.”

También habló de las otras dos mujeres. Explicó que conoció a las dos. Dijo que, según sus datos, pocos días después fue detenida Genoveva, cree que en el hospital. “Y el informe que también tengo es que ella y la obstetra se encargaron de informar a la mamá de la chica que ella había tenido un parto en la maternidad.”

¿Que pasó con la beba?, le preguntaron. “La beba es un misterio para mí”, dijo él. “Sé que desapareció, sé también que no hubo certificado de defunción y sé que no hubo cuerpo al que velar. Qué pasó, no lo sé. En algún momento he preguntado a alguna de la gente de Neo de ese tiempo, me dijeron que había fallecido por su misma prematurez, pero no tengo ningún conocimiento que me avale esa afirmación.”

martes, 12 de octubre de 2010

Un bombero recogió dieciseis cuerpos


Era común ir a buscar cadáveres”

 Por A. D.

Daniel Aníbal Cassimelli casi no habla. Tiene un tatuaje del Che Guevara estampado bajo un remerón, pero nadie lo advierte. Los integrantes del Tribunal Oral Federal 4, que juzgan los crímenes cometidos en el centro clandestino El Vesubio, lo ametrallan a preguntas. Intentan pedirle detalles sobre qué pasó ese amanecer de mayo de 1977 cuando alguien llamó al Cuartel de Bomberos de Monte Grande, donde él permanecía como bombero voluntario, para ordenarles que fueran a levantar dieciséis cadáveres de una casa en el centro de la ciudad.

“Era la época de la subversión –dijo–, lo común era ir a buscar cadáveres a las casas o Ezeiza.” Hasta ahora nunca había declarado. Durante la última dictadura era bombero voluntario del cuartel de Monte Grande y trabajaba durante el día en el Centro Atómico de Ezeiza. Le tocó cargar el cuerpo de Silvio Frondizi cuando lo llamaron para decirle que lo retire de los bosques de Ezeiza, y caer en el interior de una casa del Camino de Cintura a buscar otros tres muertos de la represión. “Yo vivía en el cuartel, estaba en Monte Grande y esa mañana nos llaman para ir a levantar los cadáveres”, indicó. Estaba a unas quince cuadras de la casa del bulevar Buenos Aires, donde se había producido la masacre.

Cuando los llamaron estaba amaneciendo. En el lugar se estaba yendo una patrulla militar con hombres con ropa de fajina y armas. De pocas palabras, Cassimelli habló frente al pelotón de penitenciarios acusados por el juicio. En la parte trasera, en cambio, la sala estaba casi vacía habitada por un minúsculo grupo de visitantes.

“Lo que vimos eran cadáveres adelante, en la parte del jardín, en la casa y en el fondo”, indicó. Los cuerpos que estaban en el jardín eran dos o tres, señaló, ubicados adentro de un Ford Falcon, abajo de un árbol al que recordó como un gran pino. Adentro de la casa había un living y algunas habitaciones. En el living había dos o tres cuerpos y en las habitaciones otros. Los primeros cuerpos estaban entre un sillón y una mesa ratona donde todavía había una botella de ginebra. “Adentro no veo armas –dijo–, en las paredes había impactos de bala y pequeños pedazos de vidrio en el piso, sí me acuerdo de que el hall principal era rojo de sangre.”

En total, explicó, eran dieciséis cuerpos: diez hombres y seis mujeres. Los cuerpos tenían heridas de bala. Incluso los del fondo tenían disparos en el frente y en la espalda. Los militares difundieron en aquel momento el episodio como producto de un enfrentamiento. Pero Cassimelli señaló que no hubo muertos de parte de los militares, ni nadie que se retirara en ambulancia.

Cassimelli salió del salón de audiencia. Hablaba de que también él tenía parientes que habían desaparecido. De los muertos en Ezeiza. Y de una idea que habían tramado con uno de sus compañeros: “Tuvimos ganas de poner un cartel que dijera prohibido tirar cadáveres”.

domingo, 10 de octubre de 2010

Testimonio por la desaparición de Pablo Miguez, secuestrado a los 15 años



“No se sabe nada de lo que pasó con Pablo”

En la causa que investiga los crímenes cometidos en El Vesubio, Lila Pastoriza relató su encuentro con Míguez en la ESMA: “Me contó que lo habían torturado delante de su madre para que ella diera los datos de una hipoteca o una casa que tenían”, dijo.

 Por Alejandra Dandan

“No es que haga diferencias pero es un caso especial”, dijo Lila Pastoriza. “A 33 años no se sabe nada de lo que pasó con Pablo, nunca nadie dijo nada. No sé por qué razón lo llevaron por distintos campos, si es que estaba tomada una decisión, si la estaban retardando. Lo sometieron a un deambular por los centros clandestinos, hay puntas para investigar qué pasó con él, hay gente que lo decidió y gente que lo ejecutó, que eran los dueños de la vida. Que hablen, no porque eso vaya a resolverlo, sino que permitiría avanzar con el conocimiento de la verdad. Si la conciencia les pesa, decirlo los va a aliviar.”

Lila Pastoriza es una de las sobrevivientes de la ESMA. Ya había declarado en el juicio por los crímenes en el centro clandestino de los marinos, pero el miércoles pasado la convocaron como testigo en la sala donde se investigan los crímenes del Vesubio. Pablo Míguez es el adolescente de 15 años secuestrado el 12 de mayo de 1977, a la madrugada, de una casa de Avellaneda. Lo secuestraron con su madre Irma Beatriz Sayago o Violeta como la llamaban en el centro, y Jorge Antonio Capello, su compañero. Pablo pasó varios meses en El Vesubio, y seguramente después del 10 de agosto, tras un traslado masivo, lo llevaron a la ESMA, dijo Lila. Ahí estuvo aproximadamente un mes y medio en Capuchita, al lado de Lila, y frente a los gritos de la sala de torturas.

Capuchita era el espacio de los secuestrados del GT3 de la ESMA y de los grupos operativos que estaban vinculados con ellos. Lila era una secuestrada de la Marina y había sido detenida por el SIN, estaba ahí con otros compañeros. En un lugar bastante precario, dijo, con veinte cuchetas, tabiques con colchonetas y dos cuartos de interrogatorios o torturas. Cuando no estaba en funcionamiento, es decir, cuando, como ellos decían, “no estaban trabajando”, los cuartos se usaban para que los detenidos sometidos como mano de obra esclava hicieran trabajos de archivo con los diarios. Lila era una de ellos. El 10 de agosto, contó, hubo un gran traslado que por diversas razones no va a olvidar. Llegaron otros grupos con detenidos de la Aeronáutica, en un escenario “terrible con situación de constantes picanas”, picanas móviles y el guardia que trajo a Pablo se paró delante de Lila, frente al cuartito, y le dijo algo así como: “Mirá a lo que hemos llegado”. Le levantó la capucha a Pablo. “Era flaco, alto, esmirriado, y estaba con ropa un poco rosa, por eso al principio pensé que era una chica.”

En ese mes y medio Pablo habló mucho. En general lo dejaban hablar, explicó, le pusieron un tabique blanco, y decían que eso era de la gente que iba a ser liberada. No lo torturaron, no lo interrogaron. En verdad nadie habló con él en todo el tiempo que estuvo, señaló. “No tenía interrogador, aunque siempre era mejor tener a alguien, aunque más no sea para hablar. Bah, teníamos dueño.”

En la ESMA, Pablo hablaba con alguno de los guardias. Entre ellos, Lila mencionó a Chispa. “Lo que pedía –dijo– era que lo lleven con su papá, que no era un militante político.”

Durante la estadía, cuando podían hablar, Pablo le contó a Lila de El Vesubio. De su secuestro, del hermano del compañero de su madre, también de apellido Capello, que había sido uno de los militantes del ERP ejecutados de Trelew. Le contó, además, que tenía otros dos hermanos. Que el día del secuestro habían levantado a la madre y su pareja, pero que luego también volvieron por él, que estaba más arriba. Apenas llegaron a El Vesubio, recordó, estaban torturando a su madre, a Capello y a Luis, otro secuestrado con ellos.

Además, le dijo, lo dejaban andar por ahí, aunque no sabía por qué. Le dijo que no se despidió de su mamá, que la madre estaba en la cocina donde se hacía el café a los represores. Sí le contó que “la tortura era constante”, que la comida era muy mala. “No sé si era flaco porque siempre fue flaco o porque estaba mal. Me habló de la enfermería, que era un lugar en el que torturaban, que había más de una casa y me dijo: ‘A la gente la matan’.” En ese momento, Lila le preguntó cómo lo sabía, y él le dijo que era porque había leído en un diario la noticia sobre los muertos en el falso enfrentamiento de Monte Grande. Y le aclaró que eran todos los que estaban con ellos.

“Era un chico muy alegre, tremendamente vivaz”, dijo. “Sabía dónde había estado y dónde estaba, a mí nunca me contó detalles de lo que había vivido ahí adentro, lo que sí me contó es que lo habían torturado delante de su madre para que ella diera los datos de una hipoteca o de una casa que tenían. Yo me puse tan mal que me dijo: ‘Calmate, no me dolió tanto...’.”

Pablo tenía pesadillas, soñaba con la madre. “No había visto yo casos de este tipo –dijo–, uno se acostumbra a muchas cosas, pero ésta era una situación de un chico que además aparecía más chico.”

Un día de finales de septiembre la levantaron para llevarla al baño. Estaba tabicada. A la vuelta vio que se abría una puerta y uno de los “Pedros”, los encargados de la seguridad, alguien que en este caso mencionó como “Pedro Willy”, se lo llevó de la mano con el tabique puesto. Fue la última vez que lo vio. “Era un día de varios traslados, pero no era un día de traslado masivo, como alguna vez creí, porque esos días no me llevaban al baño, se habían llevado a tres o cuatro, y generalmente era para llevarlos a otro centro clandestino o iban a ser liberados, pero nosotros nunca lo sabíamos.”

Lila quiso pensar que lo habían liberado, contó, pero el día antes de declarar ante la Conadep, alguien le dio un volante con la cara de Pablo que decía que no había aparecido nunca.

En la audiencia, mientras los querellantes le preguntaban, Lila, que investigó qué pasó antes y después con la vida de Pablo, señaló otros detalles de la estadía de él en El Vesubio. Entre otros casos, que a la noche lo llamaba el jefe para jugar al ajedrez. “Que los guardias eran muy bravos, después supe que había visto cuando violaban a su madre y, por comentarios del GT3, supe que había un lugar terrible que le decían La Ponderosa, por las cosas que pasaban ahí adentro, y mucho tiempo después supe que La Ponderosa era El Vesubio.”

Otro sobreviviente del centro clandestino ubicado cerca del cruce entre Camino de Cintura y la Ricchieri ubicó a Pablo más tarde en la comisaría de Valentín Alsina, en Lanús. El ex secuestrado era Juan Farías, a quien terminaron legalizando más tarde en la cárcel de La Plata. El ingreso de Pablo en Valentín Alsina coincidió con la legalización de otro detenido que estaba ahí. La comisaría aparentemente era eso, uno de los lugares que se usaban para blanquear detenidos. Juan Farías tiempo después le contó a Lila que a Pablo lo llevaron ahí, que estaba muy bien, muy entero, convencido de que iba a salir en libertad y que cuando él se fue todavía estaba adentro.

Entre las personas a las que Lila dice que todavía hay que buscar está el cabo Pino, de la comisaría de Alsina. Era una de las personas que más los maltrataban, contó; en ocasiones los hacía comer con las manos atadas en la espalda mientras él les ponía la comida en la boca.

jueves, 7 de octubre de 2010

“A éste no hay que tocarlo porque es sobrino de un obispo”

Osvaldo tenía 17 años cuando lo secuestraron de su casa en Paraguay y Laprida. Eran los primeros meses de 1978. Osvaldo regresaba del colegio el día en que le pusieron un arma en la cabeza, lo esposaron, le vendaron los ojos y lo subieron a un camión en que “había más gente”, según declaró en la audiencia de hoy, ya que según él, “iban levantando a la gente de la zona”.

En el CCDT, contó que estaban “como animales”, tirados en el piso sin bañarse y orinando en una lata con los gritos de las torturados de fondo.

También hizo referencia al ensañamiento que existía sobre las personas con apellidos judíos.

El recuerdo del Mundial de Fútbol Argentina ‘78 estuvo presente a lo largo de todo su relato: “Los argentinos estaban de fiesta”, recordó Osvaldo y agregó que, para los detenidos, la época del mundial “fue terrible”.

También hizo referencia a la noche en la que se estaba festejando la victoria en el mundial y “se decidieron los traslados”. “La famosa noche que gana la Argentina, decidieron a quién legalizarían y a quién no” indicó.

También contó sobre su salida del CCDT y el proceso de legalización: regimiento militar, comisaría, cárceles y Consejo de Guerra.

Osvaldo detalló también sobre lo doloroso que le resultó su posterior exilio y atribuyó a su tío, obispo de la ciudad correntina de Goyael, el hechos de haber sobrevivido: “A éste no hay que tocarlo porque es sobrino de un obispo”, contó que escuchó decir a miembros de la patota. De acuerdo a sus apreciaciones, la intervención de monseñor Pío Laghi y la entrevista de su tío con Videla y otros militares fueron determinantes.

Las audiencias continuarán la semana que viene, los días lunes, martes y miércoles desde las 10 de la mañana.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Los cuerpos NN

Quispe Ramos era empleado del cementerio de Monte Grande en 1977. Fue él quien anotó de puño y letra el ingreso de los cuerpos de 16 secuestrados de El Vesubio el 24 de mayo de ese año. “Yo estaba trabajando a la tarde y me llaman por teléfono de la municipalidad para decir que iban a enviar esos cuerpos, que preparara las fosas para sepultarlos, no me dijeron qué cantidad.” El llamado era de la secretaria privada del intendente de Monte Grande a quien recordó como Groppi. (Alberto Groppi fue intendente de Esteban Echeverría durante la dictadura. Cuando fue denunciado en 2007 –estaba en el mismo cargo– dijo que había asumido en 1979.) Quispe recibió los cuerpos en el depósito. “Tomamos la precaución –dijo– de marcarlos con una cruz y un número para identificar la sepultura, porque eran NN”. Según el relato, en el cementerio se enterraron todos los cuerpos, pero sólo por unas horas porque llegó una orden para desenterrarlos, ya que estaban buscando a la hija de un diplomático alemán. “Nos obligaron a sacar todos los restos que ya estaban sepultados”, dijo. Y ese día, la policía de Monte Grande sacó además las huellas digitales de todos. De acuerdo con su relato, todos los cuerpos estuvieron identificados con nombre y apellido una semana más tarde, pero en el libro del cementerio, que se exhibió, los identificados son sólo siete personas. Cuando los querellantes le preguntaron una y otra vez por las identificaciones, Quispe dijo: estos 16 sí estaban identificados, pero hay otros NN de los cuales muchos estaban sin documentación y habrán quedado así hasta el día de la fecha.

Niños en El Vesubio


TESTIMONIO DE MABEL ALONSO

Por Alejandra Dandan

Mabel Alonso estuvo secuestrada veinte días en El Vesubio. Una patota llegó a su casa buscando a su marido y a un compañero. Luego de esperarlos durante toda una noche, al mediodía decidieron secuestrarla a ella. Era 31 de agosto de 1977. Mabel tenía cuatro hijos de 16 años, 12, 5 y de 45 días. Los pusieron a todos en un cuarto, le dijeron a ella que se cambiara y poco después la cargaron en un auto en dirección a la rotonda de San Justo, la obligaron a vendarse y la entraron a lo que años después identificó como El Vesubio. Durante la estadía en el centro clandestino conoció a Marcela, una chica de 12 años, de la misma edad de una de sus hijas, secuestrada luego de un operativo en el que habían matado a sus padres. No sabe más datos de Marcela. Mabel contó que los represores la obligaban a disfrazarse con pelucas, tacos y vestidos de mujer para sacarla a la noche, a dar vueltas en los bares para identificar a otras personas.

Mabel narró: “Cuando entro, me tienen un rato, y como no hablaba me dicen que me van a hacer hablar por la fuerza, me piden que me desnude, una cosa violenta, porque eran todos hombres, pero no me queda otra, me picanean”. Estuvo tres días así, un rato con picana un rato no. Luego la llevaron a la casa tres, destinada a los alojamientos. “Me tiran en el piso porque no había colchones, con una frazada en el suelo, me tienen atada contra una pared con grilletes”.

Había una chica, dijo, rubia, de pelo ondulado, pintora y psicóloga, que se puso muy mal, y se golpeaba la cabeza contra una pared. A la chica se la llevaron, Mabel no volvió a verla, pero le dieron su celda ubicada en el sector de las mujeres. Ahí estuvo con Susana Reyes, embarazada. Con Violeta Sayago, a la que le habían dicho, contó, que se quedara tranquila, que a su hijo de 14 años que había sido secuestrada con ella lo iban a sacar para devolverlo a la casa. “Sé que está desaparecido”, dijo. Mencionó además a Norma, una hepatóloga del Hospital Fernández, y a Graciela Moreno, la madre de Juan Sebastián y de Esteban, que seguían su declaración sentados metros al fondo.

Uno de sus torturadores era el Polaco, dijo sobre Víctor Salvador Chemes, uno de los acusados. Habló del Sapo, el alias de Roberto Carlos Zeoliti, que una vez les contó que su esposa no sabía que él estaba ahí, que pensaba que era un albañil. Ella lo señaló en la audiencia. Señaló a Pancho, el Nono y el Vasco. También al Francés, el ex jefe de Inteligencia del Ejército Gustavo Cacivio. Enseguida mencionó a Marcela, una niña de 12 años que tenía la misma edad y el mismo nombre que una de sus hijas, por eso, “cuando la escuché, pensé que era ella”.

“A mi mamá se la llevaron en camisón”

JUAN SEBASTIAN RIAL TENIA SIETE AñOS CUANDO SE LLEVARON A SU MADRE Y RECIEN AYER LO CONTO ANTE LA JUSTICIA

Graciela Moreno estaba con su familia en una casa de Temperley cuando entró una patota y se los llevó a El Vesubio. A los tres chicos se los entregaron a una vecina. Secuestraron a Graciela y su compañero y a otra pareja.
   

Por Alejandra Dandan

“Mi mamá estaba en camisón, así se la llevaron, recuerdo que durante varios días pensaba cómo iba a hacer para volver en camisón, adentro de mi cabeza, me la imaginaba yendo a tomar el colectivo.” Juan Sebastián Rial nació en el ’69, tenía siete años en abril de 1977 cuando secuestraron a su madre. Graciela Moreno estaba en una casa de Temperley, la cuarta o quinta a la que había mudado a toda su familia en aquel tiempo. La llevaron al centro de exterminio de El Vesubio. Juan Sebastián nunca había declarado sobre la noche del secuestro. Habló por primera vez ayer en el marco de las audiencias por el juicio oral contra los represores del centro clandestino.

La casa de Temperley tenía un jardín adelante, explicó Juan Sebastián, con un ventanal que daba a un living, pegado al cuarto de sus otros dos hermanos más chicos. Al lado de la habitación había un pasillo de distribución al que daba el cuarto de su madre, la entrada al cuarto de los hermanos, un baño y, en la parte de atrás, había una cocina con el comedor ante otra puerta de entrada, una puerta de chapa. “El hecho ocurrió una noche tarde de abril de 1977, estábamos durmiéndonos, yo estaba en la cama”, contó. “Comenzaron a golpear la puerta trasera, golpeaban la puerta de chapa con la intención de derribarla, del ventanal rompieron todos los vidrios, ingresaron a la casa, a mi mamá la agarraron de los pelos y se la llevaron.”

Su cama estaba pegada a la pared de la pieza de la madre. En la casa, vivían su madre, su pareja Marcelo Soler; también Federico, el hermano del medio y Esteban que era el menor, hijo de la nueva pareja. Con ellos estaba otra pareja, María Teresa y Manolo con Joaquín, un bebé de meses.

“No tengo registro de Marcelo –dijo Juan Sebastián–, no sé de qué forma lo llevaron, a mi mamá sí porque la agarraron y la pasaron al lado de mi cama hacia el fondo, eran no menos de cuatro o cinco personas, pasaron al lado de mi cama, uno me preguntó mi nombre, se lo dije, me dijo que era muy valiente.”

Fue tal el ruido de las patadas en las puertas y de los vidrios, contó, que una vecina de varias casas más adelante llamada Josefa se acercó para ver qué pasaba. Cuando llegó, le dijo a uno de los integrantes del grupo de tareas que creía que era Marcelo que se había olvidado las llaves. La mujer acordó llevarse a los niños con uno de los integrantes de la patota, explicó Juan Sebastián. “Yo me asomé a la habitación de mi mamá, vi que estaba todo revuelto, como si hubiesen vaciado el placard, agarré a mis hermanos y me los llevé a la casa de esta vecina.”

Una de las personas que estaba en la casa preguntó a otra si llevaban algo de ropa. No, le respondió “porque no la iba a necesitar”. Pasaron la noche en la casa de la vecina, al otro día fue a buscarlos la abuela materna. Desde allí, su hermano Federico y él fueron recogidos por su padre, Esteban se quedó porque era hijo de Marcelo. “Y a partir de ese momento –dijo Juan Sebastián–, fue empezar de nuevo, era otra cosa, otra familia, otra escuela, fue como nacer de nuevo. A mi hermano Esteban lo habré visto dos o tres veces como mucho; mi viejo, por miedo, terror o lo que sea no propiciaba el contacto con la familia de mi mamá, mis abuelos maternos nos esperaban alguna vez a la salida del colegio y eran no sé, diez minutos y no más que eso.”

Esteban estaba sentado metros más atrás en esa misma sala de audiencias. El mismo ya había estado sentado en esa misma silla destinada a los testigos a fines de mayo. Adelante, como sucede cada día, estaban sentados los represores destinados a El Vesubio, los tres militares a cargo del centro clandestino y los hombres del Servicio Penitenciario destinados a las guardias.

Alrededor de los 20 años, Juan Sebastián decidió buscar a su hermano. Le pidió algunos números a su padre, y habló con una persona que finalmente le dio el contacto. “A partir de ahí me empecé a encontrar con cosas que no sabía que existían –explicó–, como cartas que mi mamá escribió mientras estuvo detenida, manualidades”, entre las que estaba un muñeco de trapo que Graciela le mandó a Esteban para una Navidad. En aquel momento, Juan Sebastián también hizo una copia del expediente Conadep de su madre.

“Cuando pasó esto no me extrañó ni me llamó la atención”, dijo. “Estaba esa sensación de que estábamos perseguidos, nos mudábamos mucho, creo que en la casa de Temperley fue en la que más tiempo estuvimos, había reuniones, muy pocas que se hacían en mi casa, me acuerdo que debajo de mi almohada en alguna de esas reuniones había un arma. Yo internamente al menos sabía que algo iba a pasar, y tenía 7 años.”

En las cartas que llegó a escribirles Graciela a sus hijos les contaba anécdotas de cuando estaban juntos, les explicaba qué era lo que a cada uno más les gustaba. Al padre de Juan Sebastián en cambio le decía otra cosa. “Que esa gente sabía que ella no tenía nada que ver y que estaba esperando que la soltaran en cualquier momento. Cosa que no sucedió.”

Graciela Moreno sigue desaparecida.